Un unfollow no es (siempre) algo personal

17 oct

Si, he dejado de seguirte… ¡Pero tampoco es para ponerse así!

No tengo muy claro si herramientas como Justunfollow y similares se han creado para permitirnos llevar un control estricto de las estadísticas de nuestras redes sociales, o para satisfacer rencores y paranoias. Reconozco que yo lo uso, y es difícil sustraerse a la tentación de chequearlo a diario, para ver quién es el último hijo de mala madre que ha decidido dejarme sólo, fané y descangallado. No creo ser el único.

El tema de los ConnectionFriday (que poco a poco van creando afición, gracias por preguntar) es lo que me ha dado la idea de escribir sobre los unfollows. Como era de esperar, algunas de las parejas propuestas no han cuajado –al igual que no cuajan muchos Follow Fridays- y yo me he encontrado unfolloweado sin piedad por gente que, atendiendo a la recomendación de mis seguidores, habían comenzado a seguirme a su vez. Y en menos de 24 horas. Sencillamente: yo no les interesaba.

Cuando examinamos quién deja de seguirnos en Twitter y por qué, vemos que muchas veces el motivo es cualquier cosa menos personal. Por ejemplo, cuentas que tuitean sobre un tema específico –pongamos la cocina-, cuyos propietarios son profesionales o aficionados, pero tan especializados que sólo siguen a otros de su gremio, y sólo les interesa leer tuits sobre su tema. Luego, tenemos las cuentas comerciales, que te tiran el anzuelo a ver si se lo devuelves… Y por último, están las de personas reales, que pueden incluirse dentro de tu círculo de intereses social, cultural o profesional, pero que de buenas a primeras, un día deciden que has dejado de interesarles.

Estas son las que duelen de verdad cuando hay unfollow. Pero ¿nos debería doler?

Les recomiendo este post de Mark S Schaefer, artista del marketing y autor del blog Grow. Mark se gasta casi 75.000 seguidores, cifra al alcance de gurús de los de verdad y estrellas de cine. Sin embargo, una herramienta de control de seguimiento le advirtió que en unos cuantos meses más de 100.000 personas habían dejado de seguirle, lo cual descorazona lo suyo. En el post cuenta cómo preguntó a sus tuitamigos más cercanos los motivos por los que deciden apearse de un TL. Y si lo confrontamos con otras fuentes, veremos que en todas partes esos motivos son bastante similares, y similarmente impersonales. ¿Por qué dejamos a un tuitero? Pues, entre otras razones:

Por excesivo: Hay momentos del día en que parece que no sigues a quinientas personas, sino solo a una. A la misma, que te inunda el TL con sus tuits y los retuis sobre él. Pueden clasificarse en dos grupos, los que no descansan ni un momento de la jornada laboral, y los que permanecen en estado latente durante 23 horas y media, y entran en erupción en los 30 minutos restantes. ¿Se acuerdan de la estrofa de Sabina “un tal Pepe que te puede contar / siete mil de Lepe sin respirar”? Por el estilo.

Por cansino: aquí me temo que nos incluímos la mayoría de los blogueros. No es que anunciemos un nuevo post en Twitter, es que insistimos cada poco en lo mismo, intentando (inútilmente) elevar la paupérrima cifra de visitas. Que quede claro que algunos procuramos espaciarnos y poner un poco de creatividad a la hora de dar la brasa: “Nuevo post sobre los unfollows”; “¿Hay que tomarse los unfollows como algo personal?” “¿Has perdido muchos seguidores?; aquí explico por qué”. “¡QUE TE LEAS MI POST SOBRE LOS UNFOLLOWS, COHONE!”. Y hay otros que programan un único tuit para que se repita cada hora (o menos). No se sabe si buscan que les lean o que icen bandera blanca.

Por evolución. Nuestra idea de a quién seguir en Twitter puede variar de modo paralelo a nuestras circunstancias personales. Cambiamos de trabajo, o de intereses, y ello nos hace comenzar a seguir algunas nuevas cuentas y abandonar otras cuyos temas ya no tienen demasiada relación con lo que hacemos o leemos.

Por inactividad. Poco que añadir aquí. Si no has tuiteado nada en los últimos seis meses, hay pocas posibilidades de que lo hagas en los seis próximos. Si eso, cuando vuelvas a la vida, hablamos de nuevo.

Por falta de interacción. Seguir a alguien y que jamás tengamos de él una respuesta ni un RT, ni una recomendación de seguimiento, es algo que sólo le permitimos a Justin Bieber o Fernando Alonso. Para los tuiteros de a pie, acaba dando una cierta imagen de soberbia, que produce la reacción de si no me haces caso, yo a ti, menos.

Aparte de todo esto, tenemos las inevitables razones de política, religión o fútbol. A veces empezamos a seguir a alguien de cuya manera de pensar tenemos, en realidad, una idea sólo muy aproximada. Y luego llegan las desilusiones. Un amigo me contaba hace poco que habían empezado a seguirle, con escasos días de diferencia, una chica independentista catalana y un miembro de las nuevas generaciones del PP. “Tengo verdadero interés por ver cuál de los dos me hace unfollow primero”, me comentó. Eso sí, no piensa agobiarse en ninguno de los dos casos. Y es que, según me aclara: “Twitter iría bastante más suave si la gente no confundiera tan a menudo un adiós muy buenas con un vete a la mierda”.

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