Opinión personal (y probablemente obvia) sobre Público

12 Ene

Mi relación profesional con Público fue un poco ambivalente. Aunque no me cogieron en plantilla para su equipo inicial, sí comencé a colaborar con ellos casi desde el principio, y la verdad es que disfruté mucho entrevistando a científicos de primera línea que pasaban por Madrid. Al final lo dejé (reconozco que quizá algo bruscamente), porque no me sentía integrado en un equipo donde todas las relaciones con los colaboradores eran por teléfono y correo electrónico, sin presencia física en la redacción ni de visita. Y la comunicación virtual yo creo que tiene sus límites, aunque esto puede que sean manías mías.

Pero lo que quería contar aquí era cómo funcionaba la cosa: yo preparaba mi artículo o mi entrevista, y posteriormente lo escribía de acuerdo con la extensión que me daban. Como suele ocurrir siempre, y más en los diarios, el espacio era limitado. Así que solía enviar una versión un poco más larga para su publicación en la web, especialmente en las entrevistas, por aquello de no desaprovechar material que valía la pena.

El resultado era que en la web del periódico –de acceso gratuito- había incluso más información que en el diario de papel, que era de pago.

Público apostó desde un principio por Internet de forma clara y entusiasta. Frente a su maquetación de papel –que a mí, pero esto es cuestión de gustos, nunca me terminó de convencer- consiguieron un diseño web limpio, atractivo y de fácil navegación y lectura. Y obtuvieron resultados: Jesús Maraña declaró hace poco que la cuenta de Twitter @Publico_es había ganado más de dos millones de usuarios en un año, y hoy mismo el periódico publica los datos de la OJD, según los cuales su edición digital registró 4.600.479 usuarios únicos en diciembre de 2011. Recuerdo que comenté en Twitter que no entendía cómo esas cifras, por espectaculares que fueran, se podían traducir en ingresos tangibles. Sigo sin entenderlo.

Cuando Internet comenzó a popularizarse a mediados de los años 90, surgió la duda de si los diarios debían de estar en el nuevo soporte y, en ese caso, si habría que cobrar por los contenidos o permitir el acceso gratuito. Los primeros intentos de cobro por parte de diarios reputados fueron tan desastrosos que la idea quedó desechada, al parecer sin solución de continuidad. Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces. No sólo el número de internautas no ha dejado de crecer, sino que también se han multiplicado los soportes de acceso: al principio, leíamos la prensa digital únicamente en el ordenador (de sobremesa, además). Hoy podemos hacerlo en el portátil, el tablet o el smartphone, llevándola con nosotros incluso más cómodamente que un diario de papel.

Algunos periódicos ya han comenzado a adentrarse en esta nueva área de negocio, adoptando el pago y ofreciendo suscripciones digitales. Por mucho que esté creciendo la publicidad en Internet, todavía no parece ser suficiente para mantener la estructura de profesionales que necesita un gran periódico de información general. Es otro de los campos dospuntocero donde deberán cambiar las cosas en los próximos años, aunque haya que enfrentarse a obstáculos tan insalvables hoy día como la muy extendida opinión según la cual en Internet todo deberá ser gratuito, o no será.

No deja de ser paradójico que una de las campañas para salvar Público tome como referencia la necesidad de comprar el periódico (que conste, para los amigos que tengo ahí: yo lo sigo haciendo), porque creo que con ello están lanzando el mensaje subliminal de que, en efecto, ofreciendo en la web más de lo que ofrecían en papel, Público ha conseguido hacerse con un considerable número de lectores… de los cuales sólo una mínima parte pagaba un precio a cambio de lo que recibía.

(NOTA: no me he resistido a meter en este post enlaces a algunas de las entrevistas que hice en esos años. Creo que no están mal del todo, y en todo caso, hablar con científicos notables ha sido siempre uno de los mayores placeres de mi trabajo como periodista. Es cuando he sentido, como decía García Márquez, que estaba ejerciendo el mejor oficio del mundo).

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