Un método peligroso: “caras interesantes, cosas inteligentes”

14 Ene

Lo bueno de un blog es que uno no se siente obligado –no excesivamente, al menos- de ligar los temas de lo que habla a la actualidad más inmediata. Con todo, todavía algunos cine siguen proyectando Un método peligroso, de David Cronenberg. Así que no es demasiado tarde para recomendarla como un estupendo plan para el fin de semana.

Cronenberg tiene a sus espaldas ya unas cuantas obras maestras, pero las tres últimas tres cintas que ha estrenado –todas con Viggo Mortensen- sólo pueden salir de un veterano que al talento de los primeros años ha ido añadiendo la solidez de la experiencia. Siempre ha sido un cineasta más que interesante, pero ahora (por lo menos para mí) es otra cosa: es uno de los directores que te hacen esperar su próxima película con avidez. Por ver si es capaz de mantener el nivel.

No la vi donde me hubiera gustado verla, que es en un cine en versión original; en su lugar, tuve que ir a una de esas multisalas de la periferia donde el público está más predispuesto a tragarse el último blockbuster en 3D. Y sin embargo, en la sala no se oía una mosca, ni siquiera en los abundantes silencios de la cinta, donde los actores te lo están diciendo todo con un gesto o una mirada; tal es el poder de absorción de una película cuya trama carece de los enganches de cine negro de Promesas del Este o Una Historia de Violencia. La relación entre los padres de la psiquiatría moderna, Carl Jung y Sigmund Freud, con la evolución de Sabina Spielrein, primero paciente de ambos y posteriormente psiquiatra ella misma, atrapa por el inmenso trabajo del trío protagonista (Mortensen como Freud, Michael Fassbender magnífico como Jung, y Keira Knightley entregada a Sabina) y por sus honduras humanas e intelectuales, toda una rara avis en el panorama cinematográfico actual.

En el número de noviembre de Dirigido Por, Gabriel Lerman publica una magnífica entrevista con Cronenberg, de la que me ha llamado la atención este párrafo:

“Todos estos personajes son muy educados, hablan con mucha elocuencia y se nota que son muy inteligentes. No había necesidad de bajar el nivel para que pudiera llegar a una audiencia más amplia. (…) Como director, uno sabe que lo que más filma siempre es el rostro humano, particularmente mientras habla. Lo cierto es que nunca he tenido miedo a mostrar caras interesantes diciendo cosas inteligentes. En eso, para mí, consiste el cine”.

La película está basada en una obra teatral de Christopher Hampton que inicialmente la escribió como un proyecto cinematográfico para Julia Roberts (miedo da pensar lo que pudo haber salido de ahí). Una de sus fuentes principales fue la correspondencia entre los dos psiquiatras, que en la cinta tiene tanta importancia como las conversaciones: abundan los planos del papel rasgado por la pluma, en cartas escritas y enviadas sin prisa, donde se trataban temas de tanta importancia como la evolución de una paciente o la ruptura de una amistad. No he podido evitar compararlas con la comunicación de hoy, donde nos bombardeamos sin piedad con correos electrónicos escritos a toda prisa para cuestiones con frecuencia intrascendentes. El ritmo de la escritura, y el ritmo de la trama, se complementan a la perfección con el ritmo de la época que describe, y que probablemente terminó con el estallido de la Primera Guerra Mundial, en cuyos umbrales se detiene la historia.

No se la pierdan. Y una última recomendación: déjense de descargas y acérquense al cine.

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