Condenando a Apple

1 Feb

Lo primero de todo, dejar bien claro que el trabajo publicado por The New York Times sobre las condiciones de trabajo en las fábricas chinas de los proveedores de Apple es magnífico. No es periodismo del de antes, como diría el tópico, es más bien periodismo de toda la vida, del que obtienes cuando buscas a un profesional y le das medios y tiempo para hacer su trabajo. Y lo segundo, que espero que nadie piense ni por un momento que como consecuencia de su publicación se va a vender un solo iPhone o iPad menos en el planeta. Con lo que molan. Con el diseñazo y el hype que se gastan. Y con ese logo de la manzanita que clasifica a sus poseedores como gente moderna y actualizada, plenamente conscientes de todos los avatares de la sociedad y de los problemas del Tercer Mundo.

De acuerdo, quizá he exagerado un poco. Este fenómeno de la solidaridad comercial, por el cual exigimos un comportamiento irreprochable a las empresas que nos abastecen, es relativamente nuevo. En otros tiempos, lo único que preocupaba a intermediarios y compradores sobre las mercancías era su calidad y su buen estado. Ni siquiera la aparición de las primeras marcas comerciales, que coincidió con la industrialización y la producción en masa y estuvo impulsada por la necesidad de los fabricantes de hacer sus productos reconocibles para el consumidor, planteó a nadie las preguntas de dónde estaban situadas las fábricas de cada producto, ni de la calidad de vida de sus trabajadores.

Este es un fenómeno que ha ido apareciendo en los últimos veinte años. Investigadores y filósofos (un pelín neocons en mi opinión, y sin embargo…) como Joseph Heath y Andrew Potter (pero no sólo ellos) lo sitúan a principios de los años 90, cuando la globalización comienza a despertarse no sólo en el ámbito económico sino también en el de los movimientos anticapitalistas, llevando las reglas del juego entre unos y otros contendientes a un nuevo nivel.

Hay que decir que en esa época las multinacionales comenzaron a trasladar sus centros de producción a los países asiáticos, iniciando el proceso de acusaciones de esclavismo a que se han tenido que enfrentar muchos líderes en sus respectivos campos. A mediados de los años 90, fueron las zapatillas deportivas: Nike cobraba 100 dólares por unas Air Jordan mientras pagaba 3 dólares al día a los trabajadores que las fabricaban en el otro extremo del mundo. Se denunciaron casos de abusos, de horarios extenuantes, accidentes, empleados menores de edad, y condiciones de trabajo sin seguridad que habían originado graves problemas de salud. Enterada Nike de estos casos, había dejado de trabajar con estos proveedores y establecido un código de conducta y condiciones laborales para todos sus colaboradores en Asia ¿les suena? Sustituyan el logo de Nike por una manzanita mordida y verán que las cosas tampoco han cambiado tanto en veinte años.

El auge digital ha llevado este fenómeno al mundo de los gadgets. Hace unos cuantos años, Nokia era la más atacada mientras que Apple, lejos de convertirse en el fenómeno global que es hoy, podía buscar sus proveedores donde le diera la gana sin que nadie le prestara demasiada atención. Pero el terremoto de los últimos años ha sido demasiado como para que pudieran librarse de aparecer en el punto de mira como el nuevo gran explotador del Tercer Mundo.

No se trata de que uno esté excusando estos comportamientos, aunque personalmente, me preocupan más los desperdicios producidos por el consumo digital que sus procesos de fabricación. Pero, incluso para el consumidor realmente concienciado ¿qué opciones hay? Encontrar un fabricante de tecnología que no ponga en práctica estos sistemas de producción es imposible. No hay empresas mejores ni peores en este aspecto: las hay que pasan más o menos desapercibidas por no tener una presencia relevante en el mercado… o por gastar lo bastante en publicidad como para que la prensa les perdone ciertos pecadillos.

Consumamos Apple si es la marca que más nos gusta. Optar por otra para tener la conciencia tranquila no iba a servir de mucho. Y además ¿esperábamos otra cosa? En su biografía autorizada ya se cuenta el trato despótico de Steve Jobs hacia sus colaboradores más cercanos. ¿Cómo podíamos esperar que tratara a los curritos de sus fábricas?

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