Lo que pasa con Dickens (y con otros clásicos)

7 Feb

Los centenarios de escritores –o bicentenarios, como es el caso–, deberían servir por lo menos para que aumentara la lectura de los autores recordados. De poco sirve el inevitable programa de expertos y actos conmemorativos si esos mismos expertos, además de demostrarnos lo íntimamente que conocen al autor y su obra, no son capaces de atraer a un lector nuevo a alguno de esos libros de los que tanto hablan. Podría decirse que esto no es necesario cuando se habla de autores tan conocidos como Charles Dickens, pero la verdad es que es exactamente lo contrario: este tipo de escritores son los que más necesitan que se recuerde la necesidad de leerlos.

El doodle está a la altura del autor al que homenajea, sin ninguna duda

¿Por qué? Porque me temo que lo que estamos celebrando hoy es el bicentenario de un gigantesco escritor, que comparte con otros clásicos de su altura el ser más conocido por las adaptaciones de sus obras que por sus obras en sí. En el caso de mi generación, comenzamos a acercarnos a Dickens por los clásicos ilustrados de Editorial Bruguera, que resumían en veinte páginas de historieta tramas tan ricas y complejas como las de David Copperfield u Oliver Twist; la televisión también ha abundado en adaptaciones de dibujos animados de sus novelas más conocidas, con Oliver Twist otra vez a la cabeza, y retocadas con un aire más infantil (o infantiloide) y superficial. Y en el cine, la guinda la terminaron de poner los musicales: por ejemplo, Oliver (¡de nuevo!) y Muchas gracias, mister Scrooge, que llena de música y bailecillos Cuento de Navidad (posteriormente llegarían las versiones con Bill Murray o Los Teleñecos). Como resultado de esta sobreexposición, se corría el riesgo de entrar en la vida adulta con la impresión de conocer sobradamente a Dickens aunque jamás se hubiera abierto uno de sus libros. Algo muy similar a lo que ha ocurrido con Alejandro Dumas o Julio Verne, o incluso con Arthur Conan Doyle y Sherlock Holmes, del que hablábamos aquí el otro día.

El tópico dice que un clásico es alguien a quien todos conocen y que nadie lee. El otro día, un amigo que tiene un excelente blog sobre literatura, confesó que hasta muy recientemente, con los cuarenta bien cumplidos, no le había metido mano a una obra que no voy a revelar aquí, pero que se puede considerar inexcusable para cualquier lector. Pues mi experiencia con Dickens es algo por el estilo: estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta cuando cayó por fin Oliver Twist en su versión original, seguida de Historia de dos ciudades y, un poco después una de sus novelas más conmovedoras y logradas: Bleak House, que disfruté como pocos libros a lo largo de sus ochocientas páginas. Nicholas Nickleby, Los Papeles del Club Pickwick, Grandes Esperanzas, han quedado desde entonces como citas inexcusables con las que, tarde o temprano, estoy obligado gustosamente a cumplir.

Es posible que, aunque creamos que sí, no conozcamos de verdad a Dickens. Ni a Dumas ni a Verne, ni a London; son autores de juventud, que suponemos que tienen que llegar a nuestras vidas de lectores en una época determinada, y sólo en esa. Ya de adultos, ni se nos ocurre regresar a ellos, teniendo pendiente tanto Auster, tanto Bolaño, tanto Houllebecq, tanto Franzen. Una pena, porque ahí siguen esperando: para que les demos un homenaje, y nos lo demos a nosotros mismos recuperando alguna de sus obras pendientes. Si es posible, sin esperar a ninguna conmemoración.

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2 comentarios to “Lo que pasa con Dickens (y con otros clásicos)”

  1. Piamonte 2012/02/07 a 4:20 pm #

    Sólo un apunte apresurado: los clásicos quedan anulados por la bambolla de la industria editorial. No pretendo culpar a las editoriales, pero reservan sus trompeteos publicitarios para autores vivos y coleando, de esos que arman el cisco con sus firmas en las ferias del libro.

    Los clásicos se han quedado para recomendaciones de colegio e instituto, para lecturas de gentes mayores y poco imaginativas. Son eso que te regalan en los lectores electrónicos… y si te los regalan y no hay que piratearlos, es que deben de ser un pestiño insorportable.

    Soy una lectora impenitente de la novela del XIX, incluido mi maravilloso Benito el Garbancero, tan despreciado por tanto moderno de la época de “¿estudias o diseñas?” -ahora tendríamos que decir “¿trabajas, o te reúnes?”-. Aún recuerdo el pasmo de una compañera de trabajo porque yo no había leído a Umbral, pero me paseaba con Palacio Valdés debajo del brazo.

    Y a mí, lo que me pasma de veras, es que haya lectores que se pierdan la finísima ironía del Dickens de Oliver Twist, y su hermanamiento en la guasa con nuestro maravilloso Garbancero. No saben lo que están dejando de lado.

    • Vicente F. de Bobadilla 2012/02/07 a 7:39 pm #

      Estoy de acuerdo, pero con matices. Es cierto que esos “clásicos” te los meten a trece por docena en los títulos que te regalan con un ebook. Pero también es verdad que en los últimos años han ido apareciendo nuevas traducciones y ediciones mucho más cuidadas que las chapuzas a las que estábamos acostumbrados. Creo que “Casa Desolada” la ha publicado El Acantilado, en una edición magnífica, y no es el único caso. Aunque mis Dickens son esos bolsillos de Penguin completos, magníficos, manejables y, sobre todo, baratísimos.

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