Guiñoles y Canal Plus: dejemos tranquilo al Guerrero del Antifaz

9 Feb

Una de las series de televisión más divertidas que he visto en mi vida es Fawlty Towers. Son unos trece episodios creados, escritos y protagonizados por John Cleese como el inaguantable dueño del hotel del mismo título. Entre el personal del establecimiento destaca un camarero llamado Manuel. “From Barcelona”. Por lo menos, es from Barcelona si se ve la serie en versión original. Porque cuando Fawlty Towers se emitió en España a finales de los años 70, los responsables de la única televisión de entonces encontraron denigrante que una serie inglesa se cachondeara de un personaje español (hay que decir que el actor que le daba vida, y no saben cómo, era el ¡alemán! Andrew Sachs), así que en el doblaje le llamaron Mario y le convirtieron en italiano.

De barcelonés a compatriota de Berlusconi

Exactamente por las mismas fechas, aparecía en TVE con excesiva frecuencia la presunta pareja cómica formada por Juanito Navarro y Simón Cabido, el primero repitiendo su habitual rol de cateto y el segundo interpretando a Mrs. Croquet, una caricatura de señora inglesa tan llena de tópicos como carente de imaginación. Ninguno de los directivos de la casa que había encontrado ofensivo a Manuel pareció considerar que los ingleses podrían considerar igualmente ofensiva a Mrs. Croquet (incluso con más razón, porque a diferencia de Manuel, este personaje no tenía ninguna gracia).

Más. No mucho tiempo después, en una época en que las relaciones entre España y Francia no pasaban por su mejor momento, Forges (sí, ese Forges en el que todos estamos pensando ¿hay otro?) cogió la costumbre de, cada vez que dibujaba a un francés en uno de sus chistes, ponerle pestañas postizas, la mano así como tonta y una propensión a decir ¡Oig! en cada frase. Esta, llamémosla, etapa homoxenófoba, le duró algún tiempo, y tuvo momentos tan gloriosos como el dibujo de un mapa de Europa donde, en lugar de Francia, definía al país vecino como MARICONIA. Y, sobre los cientos de dibujos publicados en El Jueves en los años 80 donde los estadounidenses eran representados como un pueblo ignorante, belicoso y marcadamente subnormal, mejor ni hablamos.

Pues con todo esto a nuestras espaldas, ahora resulta que por lo visto tenemos que resucitar el Dos de Mayo y lanzarnos a la calle a degollar gabachos, sustituir el Scotex por los tebeos de Asterix, no volver a probar el mi-cuit en la vida (de eso, nada) y boicotear el comercio francés quemando nuestros Peugeot, nuestros Citroen y nuestros Renault (si es con algún francés dentro, mejor), y dejando radicalmente de usar productos de L’Oreal, por mucho que nosotros lo valgamos. Y todo por una serie de vídeos emitidos en los Guiñoles de Canal Plus (Francia), con deportistas españoles como protagonistas, que han llevado al gobierno a emitir una carta de protesta, al Ministro de Asuntos Exteriores a lucirse con sus declaraciones, a la Federación de Tenis a anunciar demandas, y a los miles de descerebrados que pululan por la web a vomitar despropósitos sin cuento, en los que se considera a los franceses –a todos- una raza maldita que odia a España desde los tiempos de la Guerra de la Independencia donde, por lo que se ve, no anduvimos lo bastante finos a la hora de exterminarlos. Mon Dieu.

De parodia sin gracia a incidente internacional. C' est la guerre!

A los gags de los guiñoles de Canal Plus Francia sólo se les puede reprochar su carencia de gracia; parten de una situación tan dramática como la sanción a Contador, y desarrollan a partir de ella unos chistes que parecen más interesados en zaherir que en divertir. Pero eso es todo. Indignarse por unos gags pasados de tono no está sólo fuera de lugar, es que nos da una imagen de país acomplejado, dispuesto a otorgarse importancia saltando en la primera ocasión en la que ve ofendido su honor nacional. Periodistas y políticos se han cubierto de gloria, perdiendo los papeles en su carrera por ver a quién se le calentaba más la boca. Y en el país vecino, las reacciones que nos llegan oscilan entre la sorpresa y, visto cómo nos hemos picado, las ganas de seguir con el cachonduá.

Un poco de calma, y un mucho de sentido común. Como me comentaba un amigo hace poco, siempre es bueno hablen de uno aunque sea bien. Dejemos al Guerrero del Antifaz en el armario, y no olvidemos la frase de Chesterton cuando un inglés indignado le preguntó su opinión sobre los franceses: “Es que no puedo contestarle; sólo conozco a diez o doce”.

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