Lectura para convalecencias reales

16 Abr

Uno de los mejores libros sobre elefantes se títula (obviamente) Los Elefantes, y fue publicado en España por primera y única vez hace dos décadas por la editorial Plaza & Janés, en la colección que compartía con la revista Muy Interesante. Fue escrito por la investigadora Cynthia Moss, que pasó veinte años conviviendo con ellos en el Parque Nacional Amboseli (Kenia), lo que le permitió obtener una torrentera de información sobre población, desplazamientos, hábitat, nacimiento y cría, hábitos de comportamiento, inteligencia, costumbres, enfermedades, celo, reproducción… Todo ello quedó aquí recogido, en una obra de 300 páginas cuyo despliegue sobre el terreno africano del conocimiento científico permite disfrutarla como pocas novelas.

A pesar de su tono cercano, y del obvio aprecio, e incluso cariño, que Moss cobró por los animales que estudiaba, en el libro hay poco Walt Disney y mucho National Geographic (mejor dicho, mucho Muy Interesante, que está perfectamente a su altura). A las abundantes páginas que dedica a la labor conjunta de las hembras por criar y proteger a los pequeños de la manada, se contrapone la ferocidad de los grandes machos solitarios, agresivos hasta el terror, sobre todo en época de celo (en este libro es donde descubrí que casi ningún zoológico del mundo, por no decir ninguno, se atreve a incluir entre sus animales a un macho africano) y el peligro que supone una mole de cinco toneladas capaz de matar a una vaca de un solo golpe de trompa. Los furtivos, y la amenaza que para la especie supone el contrabando de marfil, también están muy presentes, con gráficos de censo y evolución. Y en medio de todo, aparecen párrafos como este:

A Tamar le costó bastante tiempo morirse, pero su madre y sus hermanas no la abandonaron hasta mucho después de que dejara de respirar. Se apartaron lentamente de ella, encaminándose en la dirección que había tomado Teresia, pero se detuvieron a menudo, volviendo las cabezas ligeramente hacia atrás, barritando. No recibieron ninguna respuesta por parte de Tamar. Cuando habían cubierto poco más de un kilómetro, se detuvieron de nuevo y barritaron, y esta vez recibieron una respuesta por parte de Teresia y Tia desde la montaña. (…) alzaron las cabezas y barritaron con un sonido más elevado y resonante y, con nueva presteza en el andar, empezaron a caminar para unirse con el resto de su familia”.

Resulta imposible termina este libro sin que la idea de pegarle un tiro a uno de estos animales no aparezca como pura barbarie. Es un poco difícil de encontrar hoy, pero sugiero que podría emprenderse la búsqueda de algún ejemplar para enviarlo al Hospital San José. Por si a alguien le interesa echarle una ojeada durante su recuperación.

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