Tres compras inocentes en la Feria del Libro

11 Jun

No me lo estoy inventando, ni era algo que tuviera previsto. Lo he descubierto ahora que ha terminado la Feria del Libro y que he repasado el botín (algo exiguo) de este año. Como ocurre siempre, uno no compra todo lo que tenía previsto, y se trae a casa alguna cosa con la que no contaba. Tres libros, nada más, pero a su manera muy significativos. ¿Esto ha salido porque sí o ha sido el inconsciente?

Veamos los títulos:

Tocar los libros, de Jesús Marchamalo (Ed. Forcola). Breve pero deliciosa historia de los libros, los locos por los libros y las bibliotecas donde los amontonan. La necesidad de ir más allá del mero contenido a que los reduce el formato electrónico y conservarlos a su alrededor, tanto los leídos como los no leídos y, en no pocas ocasiones, incluso los que no se van a leer nunca. Cuántos libros –y cuánto amor a los libros- caben en tan pocas páginas. Un placer fugaz, (“too brief a pleasure”), como dijo aquél,  aderezado en este caso por una de las preciosas dedicatorias de Jesús.

Cines de Madrid, de David Miguel Sánchez Fernández (Ediciones La Librería). Irresistible nada más verlo en la caseta. Los libros sobre la historia de Madrid son uno de los puntos fuertes de esta editorial, y no es difícil encontrar alguno sobre la historia del propio barrio. Compré este, un recorrido por aquellos magníficos locales que con su lujo y sus dimensiones otorgaban una importancia añadida –y en muchas ocasiones, inmerecida- a las películas que proyectaban en ellos. Llama la atención la cantidad y calidad de cines que llegó a tener Madrid en su época, y duele seguir su rastro, convertidos hoy, en el mejor de los casos, en centros comerciales.

Poética del café, de Antoni Martí Monterde (ed. Anagrama). Si este libro fue el finalista del XXXV Premio Anagrama de Ensayo, no quiero pensar cuál sería el ganador (bueno, sí: La ceremonia del porno, de Andrés Barba y Javier Montes). Más de cuatrocientas páginas de recorrido histórico, literario, social y cultural por los locales que constituyeron el primer ámbito democrático de reunión para los ciudadanos de todos los países de Europa. Parecería que no hay libro donde se haga referencia al Café (así, con mayúscula, como decía Gómez de la Serna, para diferenciarlo de la bebida) que su autor no se haya leído, ni artículo que no hay consultado. Apenas lo he hojeado, y ya estoy deseando meterme en éstas páginas tan llenas de madera, espejos  turbios y olor a serrín y a recolado.

¿Y cuál es el problema con haber comprado estos libros?

Pues que cada uno trata sobre un objeto o costumbre en vías de desaparición: los libros de papel, amenazados por el libro electrónico, el cine, convertido en un entretenimiento de usar y tirar que millones de delincuentes descargan y olvidan. Y la conversación, que tuvo en las tertulias de café su más claro ejemplo en toda Europa, hoy en retroceso frente al sucedáneo que ofrecen la comunicación virtual y las redes sociales.

Lo que compras (y lees) puede ser el mejor indicio de que te estás haciendo viejo.

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