Todo lo que le perdonamos a “Casablanca”

28 Jun

Parece que esta semana va a salir a subasta el Oscar al Mejor Director que Michael Curtiz ganó en 1942 por la película Casablanca. Parece también que la mitomanía cinéfila puede hacer que su precio final alcance los tres millones de euros. Mitomanía no hacia su director –húngaro emigrado a Estados Unidos y autor de unas cuantas películas notables, como La Carga de la Brigada Ligera, Yanky Dandy, Alma en Suplicio o La Vida Privada de Elizabeth y Essex, entre otras- sino hacia esa película en concreto, un título tópico a fuerza de mítico, que capaz de provocar reacciones tan desaforadas como esta puja más de sesenta años después de su estreno.

Incluso en el campo de las películas míticas, Casablanca es un caso aparte. Tiene razón el crítico Jose María Latorre cuando señala que la veneración a esta cinta no se produjo en el año de su estreno, sino mucho tiempo después, cuando Woody Allen la convirtió, junto con el personaje de Humphrey Bogart (porque Bogart fue un actor y también, más aún, un personaje de sí mismo), en el centro de su obra teatral Play it again, Sam. Factores extracinematográficos hicieron el resto a la hora de promocionar el culto a una cinta que, cinematográficamente, tiene menos que ofrecer de lo que se piensa. Se convirtió en la película que todo cinéfilo debía conocer y adorar. La hubiese visto o no. Aunque la verdad es que no hay nadie que no la haya visto. Todos conocemos el café de Rick, con su oficina en el piso de arriba, y podemos tararear sin esfuerzo As time goes by.

El problema surge cuando se ve esta película con un poco de espíritu crítico. Entonces es terrorífica la cantidad de tópicos en el argumento, frases gastadas en sus diálogos y personajes de opereta con que se encuentra uno. No es sólo el cartón piedra de la ciudad marroquí recreada (o inventada) en los estudios de la Warner, o detalles ridículos como el gorro de Fez que lleva siempre el personaje interpretado por Sidney Greenstreet; es que en esta película se sueltan frases como “¿eso ha sido un cañonazo o el latido de mi corazón?” sin que a nadie se le mueva un pelo, vemos a un supuesto héroe astutísimo de la resistencia vestido de inmaculado traje blanco y con andares de señorito pasmarote que parece que ni se huele lo que ha habido entre su mujer y ese tal Rick que se la come con los ojos… y padecemos un desfile de camareros, contrabandistas y prostitutas de corazón de oro que parecen sacadas –y de hecho lo fueron- del catálogo de clichés de los tópicos del Hollywood de la época, quizá los clichés más clichés jamás creados.

¿Se puede rodar un clásico con estos mimbres? Cuando se piensa en otros títulos imborrables de la historia del cine –La fiera de mi niña, Con faldas y a lo loco, La ventana indiscreta, El hombre que mató a Liberty Valance– lo primero que se le viene a uno a la cabeza es su solidez y cómo el tiempo apenas ha conseguido agrietarlas. Casablanca nació ya con grietas, y sin embargo se ha encaramado en la apreciación de millones de espectadores por encima de estos títulos y otros muchos que acabamos de mencionar.

Una mitomanía tan generosa ha dado lugar a multitud de anécdotas, algunas más ciertas que otras; es cierto que está basada en una obra de teatro –Everybody comes to Rick’s– que nunca se llegó a estrenar; que Dooley Wilson, que interpretaba a Sam, no sabía tocar el piano (en realidad era batería); que estaban previstos dos finales, pero después de rodar el que todos conocemos, se decidieron por ese y nunca se rodó el segundo; que As time goes by nofue una canción compuesta específicamente para la película, motivo por el cual estuvieron a punto de cambiarla; en cambio, es un bulo monumental que se llegara a pensar en Ronald Reagan para el papel principal. No es cierto, y existe documentación que lo prueba.

Y a pesar de todo, en esta época en que el cine se ha convertido en un artículo de usar y tirar, o de ver y olvidar, reconforta ver lo hondo que calaron los títulos míticos. El dinero que se pague por el Oscar de Curtiz es el mejor ejemplo del cariño que muchos sienten por el cine de antes de los ordenadores. Claro que algunos pensaríamos que hay otros Oscar más dignos de esos tres millones de dólares, pero a fin de cuentas ¿qué más da que Casablanca sea buena o no tan buena? Es la película a la que le perdonamos todo. Ni más, ni menos.

 

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Una respuesta to “Todo lo que le perdonamos a “Casablanca””

  1. Santiago Pérez 2012/06/29 a 10:33 am #

    Al fin y al cabo, los mitos están por encima del bien y el mal. Mira, por ejemplo, el caso de Maradona en el fútbol.

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