España, el país que censuró a los superhéroes

13 Ago

Los que tenemos una cierta edad sabemos que Batman no es Bruce Wayne: su nombre verdadero es Bruno Díaz. Igual que el de su ayudante Robin no es Dick Grayson, sino Ricardo Tapia. Superman sí se llama Clark Kent, pero que quede claro que el nombre de su novia no es Lois, sino Luisa. Flash no es Barry Allen, es Bruno Alba, y Green Arrow no es Oliver Queen sino… exacto, su traducción literal, Oliverio Reina. Al igual que Clark, Lex Luthor sí se llama Lex Luthor, pero tiene la desconcertante tendencia de planificar los beneficios de sus maquiavélicos planes criminales en millones de pesos, y no en dólares, con lo que no tiene que preocuparse porque Superman los desbarate; aunque le salieran bien, con la devaluación de esos años no habría sacado ni para pipas.

Con el aluvión de superhéroes que pueblan todo el año las pantallas de los cines, cuesta creer que hubo un tiempo en que en España estuvieron prohibidos. Pero fue así, y me choca mucho ver que hay muchos aficionados, tampoco tan jóvenes, que desconocen este hecho. Las ediciones españolas del personaje durante el franquismo fueron espantosas y de vida breve, y terminaron cuando a mediados de los años 60 el Ministerio de Información y Turismo las prohibió directamente (es curioso, pero la época más dura de la censura en los tebeos españoles no se produjo en la posguerra inmediata, sino en los años del desarrollismo), con el argumento de que el propio concepto de superhéroe se acercaba a la blasfemia, al presentar a personas con poderes casi divinos.

Los nombres del principio son los que recibían los personajes de DC en las traducciones mexicanas de la editorial Novaro, que durante los años 70, cuando la censura abrió un poco la garra y autorizó su importación, fueron la única manera que tuvimos por aquí de acercarnos a Superman y compañía. Una manera, eso sí, incompleta y distorsionada con respecto a las ediciones originales: era rarísimo que hubiera un mínimo de continuidad en las historietas, y como cada colección principal publicaba también los contenidos de algunas secundarias, podían pasar meses sin que Batman protagonizara su cómic, porque Novaro usaba la cabecera para publicar también historietas de Flash o de La Liga de la Justicia (perdón: “Campeones de la Justicia”). La traducción también era fina: no sólo personajes e interjecciones estaban españolizados hasta el absurdo, sino que los bocadillos no estaban rotulados a mano; la rotulación mecánica tenía un tamaño de letra e interlineado fijos, con lo que sólo cabía el 40 por ciento del texto original. Así, los superhéroes hablaban en telegrama (“Te atrapé, pillo, te llevaré a prisión. ¡Sí!”) haciendo casi imposible a veces entender la trama de la historia. Y, sí, al igual que la moneda era siempre el peso, todos los malos eran “pillos”.

Marvel corrió mejor suerte, dentro de lo que cabe. Sus historietas comenzaron a llegar a España también por esa época, publicadas por la valenciana Ediciones Vértice. Estas ediciones son bastante recordadas por los aficionados, y todavía aparecen en mercadillos de viejo: por lo menos, la traducción era más fidedigna (aunque expuesta a los particulares giros de estilo de S.D. que se ocupaba de pasarlos al español metiendo unas literalidades espeluznantes), pero durante muchos años se publicaron en formato de libro de bolsillo, con lo cual la composición de las viñetas se sometían a alteraciones criminales… y además en blanco y negro. A mediados de los 70 comenzó a respetarse el formato original, aunque el color seguía ausente y las traducciones eran igual de criminales. Y, aunque la censura había desaparecido, por lo menos oficialmente, estos cómics seguían teniendo que aparecer con el sello en portada de REVISTA PARA ADULTOS. Estamos hablando de las primeras historietas de Spiderman, Los 4 Fantásticos o La Patrulla X, que vistas hoy producen sonrojo por lo infantiloide y blandorro de las tramas, y que entonces eran consideradas poco menos que la puerta de entrada a una corrupción sin precedentes.

De aquel mundo a las cuidadas ediciones de hoy, y a la profusión de adaptaciones en cine y televisión, hay varios abismos. A veces los aficionados de cierta edad comentamos alguna de las últimas películas, o de los últimos lanzamientos editoriales, y nos acordamos. Pero también hay mucha gente joven, y no tan joven, que no tiene ni idea de que España fue un país donde los superhéroes eran un bien escaso. Contada en perspectiva, la historia parece absurda. Y, sí, es absurdo que nos presenten a un personaje más rápido que una bala y más poderoso que una locomotora. Pero lo es más todavía que hubiera gente que considerara a estos personajes una amenaza para la juventud.

(NOTA: Este post está dedicado, sin ningún cariño, a M., el peor profesor que he tenido en mi vida, que en el cole gustaba de organizar autos de fe en los que rompía en pedazos ante los chavales todos los tebeos que lograba confiscar. No es igual que quemar libros, y a mí nunca me confiscó ninguno, pero… Todavía recuerdo como si fuera ayer esa manifestación de fanatismo).

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