Libros, CDs y la era del e-commerce

12 Oct

Que tal y como están las cosas haya algún sector de la economía que pueda presumir de un crecimiento constante no deja de sorprender: y sin embargo, abundan los informes que muestran que el comercio electrónico, más conocido –y es una pena- como e-commerce, incrementa en España su volumen de negocio año tras año.

El último ha sido el de la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, que habla de un récord en el primer trimestre de 2012, con 2.452,6 millones de facturación. Pero hay otros, que apuntan no sólo a las cifras de negocio como al cambio de costumbres: no compramos desde el ordenador, sino desde el smartphone o la tableta, con un 152% de subida en toda Europa en el consumo desde dispositivos móviles. Y productos que antes parecían circunscritos a los ámbitos físicos de venta, como la ropa y los cosméticos, están poco a poco haciéndose un hueco en el mercado virtual. Atraídos por sus bajos costes de puesta en marcha y por la posibilidad de ampliar su cartera de clientes más allá de las fronteras nacionales, cada vez más comerciantes se lanzan a exponer su mercancía en las redes.

Está claro el potencial que esta tendencia supone para los productos culturales o de entretenimiento. Nadie duda de que música, películas, series, videojuegos, libros o cómics, tendrán en la red su principal medio de distribución. Una oferta adecuada, precios razonables y una pequeña evolución tecnológica que nos permita disfrutar de esos contenidos en cualquier momento y lugar (paradójicamente, lo que sí permiten las webs ilegales, pero no las legales), es todo lo que hace falta, junto con una eficaz acción antipiratería, prometida, pero como tantas otras cosas inconclusa, por nuestro inefable ministro Wert

Si hay un terreno en el que el producto físico quedará reducido a una presencia casi testimonial, es este. La existencia de libros, discos o películas en las estanterías dejará de tener sentido. Como lo será salir de casa a buscarlos, cuando sólo tendremos que entrar en la aplicación correspondiente y beneficiarnos de la inmediatez del servicio y su amplitud de oferta. Todo, absolutamente todo, serán ventajas. ¿verdad?

No hace muchas semanas, con la nómina aún relativamente intacta, este bloguero se dio un buen paseo por uno de esos grandes almacenes culturales, sin más propósito que ver, hurgar y, posiblemente, comprar; había poca gente, probablemente por la hora, aunque también era posible que fuera por la época. Años atrás, eran muchos los que celebraban los principios de mes haciendo cola en las cajas con un buen puñado de compactos, libros y películas. Recuerdo que siempre me divertía espiar a los vecinos de cola, a ver qué habían elegido ellos, si les tiraba Mozart o Julio Iglesias, Bergman, John Ford o Schwarzenegger, Philip Roth o (virgen santa) Antonio Gala. Era pura glotonería cultural, porque todo el mundo compraba mucho más de lo que razonablemente podía consumir no ya ese día, sino a lo largo del mes hasta que llegara la siguiente inyección económica que justificara una nueva visita. Podría decirse que nos culturizábamos por encima de nuestras posibilidades.

Se podrá argüir que la falta de público tiene bastante que ver con la crisis, y es verdad. Pero es que una de los atractivos de estas visitas era la búsqueda de gangas, una costumbre que para muchos comenzó en la época de estudiante, donde había que aprovechar el poco dinero de que se disponía. El inicio de las rebajas en El Corte Inglés siempre ofrecía una buena cantidad de libros de saldo, que podían interesar o no; la zona de ofertas de los VIPS tuvo durante mucho tiempo saldos muy atractivos; y luego estaban los mercadillos callejeros y, en Madrid, el Rastro y la Cuesta de Moyano.

Fuera cual fuera el sitio, la sensación no variaba; se salía con las manos más o menos llenas, y no se podía esperar a empezar a disfrutar de lo adquirido. Nada como buscar una mesa en un bar o un café para pedir una consumición y empezar a hurgar en las compras. Comenzar allí mismo la lectura de un libro recién comprado, como quien disfruta de un pescado recién sacado del mar. O entrar en el coche y meter al momento uno de los nuevos CDs. Antes, se había pasado por el proceso de fisgar en distintos pisos y departamentos, en la sección de narrativa, historia, ensayo, en música contemporánea, jazz, clásica, ópera, en la zona de las películas de oferta. Y qué gusto encontrar de repente aquél título que llevabas años sin oír, aquél libro que te llamaba por su temática o por su autor, o aquél disco tan apetecible y tan barato.

Sin ánimo de criticar los evidentes beneficios del e-commerce, no creo que ninguna aplicación pueda igualar esta sensación. Cuando se imponga como el canal mayoritario ganaremos mucho, pero también perderemos algo muy valioso. Por eso hay que seguir saliendo a la calle, y comprando libros y (todavía) CDs mientras estén disponibles. Y confiar en que nunca lleguen a desaparecer los lugares donde encontrarlos. Por cierto, para los hipotéticos lectores madrileños ¿se han pasado por la nueva librería La Central? Dense un buen paseo y creo que entenderán lo que he intentado contar aquí hoy.

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