La vida privada de James Bond

13 Oct

No pensaba escribir más posts sobre James Bond, que oigan, este es un blog concebido para temas más profundos y de mayor calado, pero visto el éxito que han tenido los dos que he colgado sobre el tema, y como uno se debe a su público… ¿Qué podemos contar sobre el agente secreto menos secreto del mundo que no se haya contado ya? Se me ocurre que, de la misma manera en que el otro día hablábamos de todas las cosas que ha hecho en sus películas, podía hacer una pequeña lista de cosas que no hace. Quiero decir, que en el cine, entre otras cosas, jamás se le ha visto:

Coger el metro.

Comprar algo en una tienda (como mucho, reservar suites o aviones privados).

Tomarse una cerveza en un pub (y eso que es inglés).

Charlar con un amigo.

Ir al cine, leer, ver la televisión.

Viajar por placer.

Ir al fútbol, o a ningún otro espectáculo deportivo.

Actividades todas que tienen en común formar parte de la vida cotidiana de muchas personas, espías o no. Pero es que el cine ha deificado a Bond hasta tal punto, que lo han encerrado en un mundo irreal sin acercamientos a nada que suene a rutina. ¿Bond no hace cosas que hacemos todos? Sí, pero el cine no nos dirá cuáles son: para saberlo, tenemos que irnos a las novelas originales de Fleming. Este es un pequeño resumen de su vida privada:

Según nos cuentan en Moonraker, Bond vive por la zona londinense de Chelsea, en la planta baja de una mansión estilo Regency reconvertida en pisos. Cuida de él un personaje que jamás ha salido en las películas: May, una respetable señora escocesa, viuda de un militar, que trabaja como su ama de llaves. Es un piso decorado según las normas tradicionales de la Inglaterra de los años cincuenta (la fecha en que se escribieron buena parte de las novelas), con papel pintado en las paredes, un escritorio estilo Imperio en el salón, vajilla de porcelana y cafetera de plata (por cierto, Bond aborrece el té).

El piso de Bond está a diez minutos en coche del cuartel general del Servicio Secreto. Su sueldo, nos recuerda Raymond Benson en su completísimo libro The James Bond Bedside Companion, era de 1.500 libras anuales en 1955, más un suplemento de mil libras libre de impuestos. Si esto es poco a mucho es difícil de calcular hoy, pero conviene recordar que el tren de vida que lleva en sus misiones le es posible gracias una cuenta de gastos ilimitada: en Goldfinger calcula que si tuviera que pagar de su sueldo el lujoso hotel donde se aloja, gastaría su salario anual en cosa de tres semanas.

En el Servicio Secreto, Bond comparte un despacho y una secretaria con los otros dos agentes que componen el grupo de Doble Cero (en las películas nunca aclaran cuántos son, pero Fleming especifica varias veces que son tres, aunque los otros apenas son mencionados en las novelas). Entre misión y misión, su trabajo consiste en leer todo tipo de informes, firmar el enterado como “007” y ponerlos en la bandeja de salida. En ocasiones, le toca turno de noche, durante el cual, al papeleo se añade contestar el teléfono de “Universal Exports”, la empresa ficticia que sirve de tapadera al Servicio Secreto. Su horario de trabajo es de diez a seis, y suele comer en la cafetería del Servicio.

Pasemos a los hobbies. Aunque una de las paredes de su piso está llena de libros, Bond lee poco. Se sabe que le gustan las novelas de Raymond Chandler (amigo personal de Fleming) y Eric Ambler, un autor de novelas de misterio tan entretenido como olvidado hoy. El resto de sus libros parecen ser manuales de golf y de cartas. Pero en sus ratos libres, 007 también escribe, y uno de sus hobbies es trabajar en un manual sobre combate sin armas, no para sacarlo a la venta, sino para incorporarlo a la formación de los agentes del Servicio Secreto.

El resto de sus aficiones es más prosaico: “por las tardes, jugando a las cartas en la compañía de algunos amigos íntimos, o en Crockford’s; o haciendo el amor con fría pasión a alguna de las tres mujeres casadas similarmente dispuestas hacia él; los fines de semana, golf con apuestas altas en alguno de los clubs cercanos a Londres”.

Esto es lo que nos cuenta Fleming sobre la vida privada de su personaje. Añadamos que nunca nos aclara quiénes son esos amigos íntimos de Bond, y que en la traducción publicada en el franquismo se omitió casualmente el adjetivo “casadas” (algo que ha recuperado el Bond de Craig). Se agradece que su creador nos permitiera atisbar la vida íntima de su personaje, pero la verdad es casi mejor ceñirse a lo que se ve en las películas. ¿O estaríamos dispuestos a pagar entrada para ver a James Bond despachando papeles? Mejor, como decía John Ford, “print the legend”.

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