¿Podemos civilizar los comentarios en Internet?

6 Nov

Persona normal + anonimato + público = cabrito con pintas (traducción libre)

Una lectora de este blog me comentaba el otro día que había compartido en su Twitter la entrada sobre Javier Marías porque el tema de la grosería de los comentarios en Internet les interesaba mucho, a ella y a sus compañeras de clase. Se agradece, y se agradece más que dentro de las nuevas generaciones, en contra de lo que muchos piensan, se encuentre gente que piense que no hay que resignarse por el ruido y la furia que con tanta frecuencia enfangan cualquier cosa que se publica en la web.

Creo que a todos los que hemos colocado en nuestros blogs una política de aprobación previa nos pasa lo mismo: la página con las normas para comentar recibe muchas más visitas que comentarios llegan al final. Me temo que ello tiene que ver con mucha gente que se echa atrás cuando ve que el exabrupto  que tiene preparado no va a llegar a ninguna parte (no diré que no aparezcan insultos de vez en cuando). Los que hemos optado por la censura previa somos conscientes de que esta política nos quita comentarios y nos quita tráfico, pero también nos da tranquilidad. Aunque, bien pensado, eso de la censura previa…

Supongo que es una cuestión de edad. Antes de la popularización de Internet y los medios digitales, la principal vía que tenían los lectores de prensa de hacer llegar sus comentarios, aportaciones u objeciones a los artículos que se publicaban eran las cartas al director. En ellas encontrabas a gente que realizaba aportaciones útiles a lo publicado, y se expresaba con cortesía y firmeza. Luego, estaban los especialistas, corresponsales de sí mismos, quienes mandaban una misiva tras otra, opinando sobre los temas más diversos, y consiguiendo ser publicados en más de una ocasión. (Alguno, como Abraham Méndez Ramos, llegó a hacerse bastante conocido). Prueba de la alta calidad media de estas cartas es que algún diario –por ejemplo El País, ese que ahora se está cargando el multimillonario– publicó como libro una selección de las mejores que les habían llegado, muchas de ellas a la altura en estilo y contenidos de lo que escribían los profesionales pagados.

Por supuesto que no todo era así. A las redacciones llegaban también cartas trufadas de faltas de ortografía, y algunos anónimos insultantes, amenazadores, o las dos cosas juntas. Iban directamente a la papelera, sin que nadie pensara que con ello se estuviera menoscabando la libertad de expresión del remitente. De hecho, el contenido y el tono de muchas, de ver la luz, habría podido suponer serios problemas, incluso legales, para el medio que las publicara. Todos los medios estaban de acuerdo: el espacio reservado para los lectores no podía mancharse dando pábulo a cierto tipo de gente.

Pero Internet es otra cosa. Desde el momento en que las herramientas de la red abrieron la puerta a cualquier usuario interesado en comentar, el bando menos civilizado pareció multiplicarse, ahogando a los que pretendían mantener en la sección unas formas o una estructura mínima. Lo fundamental en cualquier debate –no perder nunca de vista el tema de discusión- desapareció ahogado por los trolls que sustituían el argumento por el ataque personal, descalificaban, exponían opiniones desquiciadas para llamar la atención y opinaban muchas veces desde la agresividad dada por una una ignorancia que, en el fondo les traía sin cuidado.

Los orígenes de este comportamiento han sido analizados por varios estudiosos de la red. En su obra The psychology of cyberspace, John Sules habló del efecto de desinhibición online, que nos lleva a mostrarnos en la web de una manera en la que nunca nos mostraríamos en el mundo real. Esta desinhibición –que no siempre es negativa- está impulsada por varios factores, uno de los cuales es el anonimato. Hay otra, que Sules apenas menciona, pero que, creo, tiene también su importancia: la recompensa de la inmediatez.

Colocar un exabrupto y verlo publicado, y luego esperar a que otros usuarios respondan –por lo general, en el mismo tono- es muy placentero. Pero no sólo resulta placentero para determinado tipo de gente, sino para algunos medios online que no ponen restricción alguna –o si las ponen, son tan fáciles de saltar que se nota que se están ahí solo para cubrir el expediente- , sabiendo que las repetidas visitas de los trolls a la cadena de comentarios aumentan los clics y su audiencia. Por eso todos tienen sus bestias negras –Para unos puede ser Aznar o Dolores de Cospedal, y para otros, Garzón o Javier Bardem- y no desaprovechan la oportunidad de sacarlas en su portada, sabiendo que sus lectores las convertirán en las noticias más vistas de ese día, lanzándose a insultarles, y a insultarse entre ellos. La expresión “carnaza para las fieras” pocas veces ha sido más adecuada que aquí.

Esto no es un fenómeno exclusivamente español. La diferencia es que en otros países, algunos medios buscan estrategias para reducir la densidad de esta capa de detritus. Aquí, salvo algunas excepciones, es todo lo contrario. Si proliferan los insultos en los artículos de opinión, en las tertulias televisivas, e incluso en los debates parlamentarios ¿cómo no iban a proliferar también en Internet?

¿Y podemos convertir la web en un lugar más civilizado? Me temo que, más allá de leyes o filtros, sólo lo conseguiremos mediante la educación y el sentido común. Y no va a ser mañana.

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