El científico que no volaba en business

25 Nov

Esteban Domingo, presidente de la Sociedad Española de Virología, lo ha clavado: “un país no invierte en investigación porque es rico, sino que es rico porque invierte en investigación”. De todas las reacciones producidas por el anuncio de la disminución de un 7,21% en el presupuesto destinado a I+D+I para 2013, esta me parece la más precisa, y la más acertada. Es precisamente ahora, cuando el tejido productivo del país está paralizado, cuando hay que gastar más que nunca en investigación, no menos. La ciencia puede traer a un país prestigio y avances, pero muy especialmente, puede traerle dinero. Y, desde luego, armas más sólidas que el ladrillo y la especulación bancaria con las que ir alejándose de la crisis en los próximos años.

Abrir la boca para denunciar lo que ha hecho Domingo tiene sus riesgos. Los científicos, ya lo contamos aquí hace un tiempo, no son inmunes a las corrientes de intimidación que desde este gobierno y sus medios de agitación se lanzan contra cualquiera que ose protestar por sentirse perjudicado por sus medidas. Representantes sindicales, maestros y educadores, médicos que defienden la sanidad pública, periodistas que intentan informar y, ahora también, personas que han perdido su casa y sobre los que parece haber surgido una curiosa unanimidad en descargarles toda la culpa: no haberse endeudado. Un mensaje egoísta e insensible –es curioso cómo, cuanto peor es la situación, más nos impulsan algunos a dejar desamparados a los que más sufren- , que también ha hecho suyo alguna representante del gobierno anterior.

Antes de que se comience a atacar a los investigadores –vagos, mediocres, funcionarios que nunca han descubierto nada, inútiles que chupan la teta del erario público, nada nuevo, en fin- creo que este es buen momento para contar aquí una anécdota que no he conseguido olvidar.

Hace años fui a ver a un científico cuya opinión necesitaba para un reportaje que estaba preparando. No voy a escribir aquí su nombre, porque sigue en activo e igual se molesta. Quedamos citados en el centro de investigación donde tenía por entonces sus reales. Cosa rara en él, me hizo esperar un cuarto de hora. Por fin apareció, y se disculpó:

 – Perdona por el retraso. Es que el lunes que viene salgo para Japón, y resulta que me han sacado el billete en business. Y no estoy dispuesto a que se gasten trescientas mil pesetas en llevarme allí, así que he estado liado para que me cambien a turista. Bueno: ¿pasamos al despacho para charlar?

Esta historia me viene a la memoria cada vez que algún gobierno –este no es el primero- intenta disimular la gravedad de sus decisiones aduciendo que, después de todo, no afectarán a la marcha de la investigación en España. No hay que creerlos. A la ciencia en España no se le recortan gastos superfluos; esos ya los elimina ella por su cuenta. Lo que pide, lo que necesita, es el mantenimiento de unos fondos que le son vitales para que el talento de nuestros científicos no vuelva a dispersarse por centros de investigación de todo el mundo, encantados de recibirlos con sueldos y condiciones de trabajo decentes.

La ciencia española es una ciencia sin lujos, pero tampoco los quiere. Esos se los deja a los políticos. Que disfruten de sus viajes en business (y en primera, ojo), sus iPad, sus coches oficiales y sus pensiones vitalicias. A ellos, simplemente, que les den lo suficiente como para dejarles trabajar. Y si quieren, en unos pocos años echamos cuentas y vemos cuál de los dos colectivos ha terminado haciendo más por el país. Yo lo tengo claro.

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