Caballero Bonald, Cervantes, lecturas y una vieja amistad

29 Nov

Los escritores que nos gustan especialmente aparecen en nuestras vidas con la intermitencia que marca la publicación de sus libros. En el caso de Pepe Caballero Bonald, su presencia en mi entorno familiar ha sido un poco más habitual y cercana, rozando lo cotidiano durante algunos años, cuando compartió oficina con mi padre como parte de lo que algunos han llamado la nómina de literatos de la revista Selecciones (Rosales, Quiñones, Acquaroni, Panero, Hierro, brevemente Pepe) sobre la que quizá se podría hablar más extensamente en otra ocasión.

Quiero escribir aquí hoy sobre el Cervantes de Pepe porque mi padre ya no está aquí para hacerlo. Como herencia, tengo a mis espaldas mientras tecleo la práctica totalidad de sus libros, cada uno con su dedicatoria. Pero sólo dos de ellas son para este bloguero (“a Vicente, hijo de Vicente, siempre recordado, siempre querido, con un gran abrazo”); el resto son el feliz testimonio de una amistad entre ambos que comenzó cuando compartían juventud en un Jerez de la Frontera hoy irreconocible, y que se fue prolongando a medida que maduraban (hasta cierto punto) y envejecían (sin remedio) por diferentes épocas y escenarios.

Como otros tantos Cervantes, Caballero Bonald no es un autor excesivamente leído. Su obra poética comparte con la de otros grandes el desconocimiento del público (¡pero cuántos jóvenes no podrían aprender una o dos cosas de Manual de Infractores!). Y en narrativa, ni siquiera algunos de los premios que ha ganado –Ateneo de Sevilla, Plaza & Janés de novela- han servido para ayudarle a dar el paso a la categoría de escritores masivos, lo cual tampoco creo que le haya importado en especial. Su apabullante dominio del español, la exigencia que se adivina detrás de cada línea, hacen que sus mejores novelas no sean fáciles de leer, mientras que las más asequibles apenas son un esbozo del talento de su autor. A Dos días de setiembre los años no le han sentado muy bien, mientras que En la casa del padre fue, ya desde un principio, no un “quiero y no puedo”, sino más bien un “quería pero me aburro” –según confesión propia- que dejó a medio camino la gran novela sobre la alta burguesía jerezana que ya nadie escribirá jamás.

Aunque probablemente se siga considerando a Agata, ojo de gato su cumbre como narrador, humildemente recomiendo Campo de Agramante o Toda la noche oyeron pasar pájaros, como las dos novelas que sueldan con mayor solidez estilo y personajes, fondo y forma. Años después de haberlas leído, me asombra la nitidez con la que puedo recordar pasajes, situaciones y escenas, lo cual quizá sea uno de los testimonios más fiables de la calidad de un libro. Y, todavía por encima de estas, ya se ha convertido en un tópico recomendar su autobiografía, aparecida en dos tomos y recopilada en un inmenso volumen, La novela de la memoria.

Como todas las autobiografías, tiene pasajes polémicos –recibió críticas, y no voy a decir yo que inmerecidas, por su trato a Pepe Hierro-, y olvidos e imprecisiones menores, según me confirmaron partes implicadas. Nada que impida al lector devorar página tras página, viajando por lugares, fechas y anécdotas con un estilo irreprochable donde, queda por fin al descubierto el sentido del humor de su autor, una de sus características reservadas durante años a amigos, familia y –algunos- conocidos.

“Hola, me llamo Pepe y soy amigo de tu padre”. Así se presentó durante una fiesta hace unos treinta años el nuevo premio Cervantes a un pimpollo que andaba dando sus primeros pasos no ya en el periodismo, sino en la facultad. Poco después, tendría el detalle de enviarme por correo un ejemplar dedicado de Dos días de setiembre. Y esto es poco, Pepe, es muy poco, con todos los elogios –y otras cosas- que ya te estarán cayendo después del premio de los premios, y en todo caso, seguro que mi padre lo habría hecho mejor. Pero no quería dejar pasar la oportunidad de dejar claro en algún sitio cuánto nos alegramos tus lectores, tus amigos y los que hemos tenido la suerte de ser las dos cosas.

Y por cierto: ¡salud!

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Una respuesta to “Caballero Bonald, Cervantes, lecturas y una vieja amistad”

  1. Santiago Pérez 2012/11/29 a 5:12 pm #

    Un premio muy merecido, sin duda. Mi otro candidato era Juan Goytisolo.

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