La estilográfica castigada

23 Ene

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Es raro el momento en que la superficie del escritorio no está ocupada por lo menos por una pluma. Como me resisto a abandonar el papel, siempre tengo a mano hojas usadas o cuadernos donde ir anotando tareas pendientes o maneras de mejorar el trabajo que voy desarrollando en la pantalla del ordenador. Está claro que nos acercamos a unas generaciones donde estas pantallas se convertirán en el único espacio necesario para leer, escribir y trabajar, pero, aunque creo que he completado con bastante éxito la traslación de los soportes analógicos a los digitales, ese no es mi caso. El papel, cualquier papel, me sigue siendo necesario, y a la hora de escribir sobre él no puedo imaginar un instrumento más adecuado que una pluma. Claro que por el escritorio se esparcen también lápices, bolígrafos y rollers, esos rotuladores de última generación que han conquistado con sus prestaciones y su suavidad al escribir el terreno de los bolis antiguos (¡Cómo llegué a odiar en mi infancia la dureza de los Bic!). Pero las plumas siempre acaban ganando a la hora de elegir un instrumento para escribir a mano.

Más que un instrumento, las plumas son un hábito, no sólo entre los que nos ganamos la vida escribiendo, sino también para muchas personas cuya labor manuscrita no va más allá de alguna firma, o de unas pocas líneas a la semana. Estas son plumas que viven bien; se les exige poco y pasan la mayor parte del tiempo sobre un escritorio, como un gato doméstico que se enrosca durante horas en su sillón favorito. Las mías no tienen tanta suerte: suelen estar condenadas a trabajos forzados, llenando página tras página, y a acompañarme en desplazamientos y viajes, multiplicando el riesgo de caídas, golpes o accidentes que puedan dañarlas de modo irreparable.

Pero incluso una pluma dañada sigue manteniendo su empaque. Antes se las solía llamar, más que plumas, estilográficas, que es una palabra que siempre me ha gustado, con su regusto a escuela antigua, a despacho de notario y a primera comunión. De una estilográfica no puede salir nada que no merezca la pena escribirse. Garantiza el flujo de una prosa brillante, un estilo vivaz, una caligrafía cristalina. Luego, claro, las cosas están muy lejos de ser así y la nobleza del objeto no se basta para impedir que su dueño abunde en tropezones y tachaduras y cometa párrafos que hubiera sido mejor no escribir, mancillando todo lo que la estilográfica hubiera podido ofrecer con una letra que es en sí una afrenta, a medio camino entre la egiptología y la receta médica. Pero la propia nobleza de la estilográfica termina perdonando a su dueño todas las carencias.

Es el caso de la estilográfica que aparece en la imagen de cabecera de este blog. Es una buena pluma, aunque no llegue a ser un modelo de lujo. Creo que es una de las más populares que ha lanzado la casa Waterman, y su precio actual debe rondar los cien euros. Llegó a mí hace ya bastantes cumpleaños; la persona que me la  regaló sigue a mi lado, y creo que todavía no se ha dado cuenta de que ése era y es el verdadero regalo, el que no envejece, ni pierde su utilidad ni se pasa de moda, y por el que uno estaría dispuesto a entregar todos los regalos de cumpleaños recibidos y por recibir. Que me la regalara esa persona me hizo mirar a la pluma con un aprecio añadido al que ya me transmitían sus formas, su comodidad en la mano o la suavidad de su trazo. Es algo que ocurre con muchas de las cosas que nos rodean, que acaban imponiendo a su belleza o su utilidad su asociación con la persona que los hizo llegar hasta nosotros. Pero es que en este caso, además, acertó plenamente con la estilográfica.

Durante mucho tiempo, la Waterman estuvo en el escritorio, aunque no como un elemento inamovible. En él dormía y pasaba los fines de semana, pero a trabajar se venía conmigo todos los días. Las más de las veces, a una oficina donde tenía a mi disposición otros instrumentos de escritura y donde, en todo caso, lo que escribía a mano no pasaba de algunas correcciones o notas tomadas deprisa y corriendo. Antes de eso, me acompañó por todo el mundo, acumulando millas y horas de vuelo en aviones que me dejaban en Europa, América o Asia (siempre la llevaba conmigo, nunca en la maleta) para visitar lugares, empresas o personas que debían ser la base de artículos o entrevistas, en cuya elaboración no me era en absoluto imprescindible la estilográfica. Ha estado a punto de perderse en más de una ocasión, y cuando un objeto que nos es querido se extravía en un país a donde quizá no volvamos jamás, la sensación de pérdida es total y devastadora, a diferencia de lo que ocurre con las cosas que desaparecen dentro de casa, donde siempre hay un resquicio de esperanza de que algún día las volvamos a encontrar.

Me gustaría decir que ha sido tanto trajín de viajes internacionales, tanta crónica redactada deprisa y corriendo en las más extremas condiciones climáticas y ambientales, desde la humedad de los calores tropicales hasta los quince grados bajo cero de un norte helado, lo que le ha causado la mayor parte de sus muescas y lesiones. Pero la realidad es que todas ellas se deben a la torpeza congénita de su dueño, quizá la última persona del mundo a quien se deberían hacer regalos tan delicados. Así está, la pobre. El plumín ya no es el original, la capucha no cierra bien, y su remate dorado se ha perdido siempre una vez más de todas las que la he llevado al servicio técnico a encargar su restitución. Queda cada vez menos en ella de la estilográfica original, con su integridad inicial sustituida poco a poco por piezas nuevas.

Pero sigue conmigo. Quiero pensar que me perdona por mis brusquedades y extravíos que tantas veces han dado con ella en el suelo o en sitios peores, pero es también posible que me maldiga por dentro. He terminado concediéndole un semiretiro; sigue funcionando pero ya nunca sale de casa, como los ancianos cuya mala salud les limita la actividad y los desplazamientos. Está en la caja de las plumas, sobre el escritorio que nunca uso, donde se turna con las demás que tengo. Cuando le toca, regresa a este escritorio y en él permanece algunos días, hasta que se le acaba el cartucho de tinta. Vuelve a ayudarme con los libros (incluso con este, y en todos los años que lleva conmigo debe ser la primera vez que corrige un texto sobre ella misma), con los artículos y con el trabajo diario. Y, aunque tengo que tener cuidado al cogerla para que no se le abra una pequeña raja que le ha salido a un lado, sigue funcionando tan bien como para hacerme pensar que aún seguirá en mi mano durante muchos kilómetros de papel.

Por otra parte, pienso también que si la decadencia, las consecuencias de los años, son evidentes en esta estilográfica, yo tampoco soy la misma persona que la recibió como regalo. El tiempo y la vida me han ido dejando mis propias mellas y abolladuras, y no puedo llevarlas a que las reparen, primero por que no sé dónde podrían hacerlo; segundo, porque muchas no se ven. Está claro que llegará un día en que mano y pluma dejen de trabajar juntos. Queda por ver cuál de los dos aguanta más, y el caso es que, del mismo modo que yo intento cuidarla en la medida en que me lo permite mi torpeza, ella también cuida de mí, transmitiéndome tranquilidad cada vez que se deja coger y comienza a deslizarse por el papel, feliz con su nuevo plumín, con la suavidad que me ha acompañado durante el emborronamiento de tantas páginas. Página tras página, cartucho tras cartucho, vamos envejeciendo los dos, en buena compañía.

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