Muñoz Molina, entre dos mundos

5 Feb

Antonio-Muñoz-Molina

La última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, narra la historia de un arquitecto en el Madrid de la Guerra Civil que, según se ve progresivamente sumergido en la contienda, se da cuenta de que no puede convivir con ninguno de los dos bandos. Su pertenencia a la burguesía le cuesta un paseo miliciano del que escapa por los pelos, y poco después se le hace evidente que sus años de colaboración con Juan Negrín no le serán perdonados por el salvajismo vencedor.

Si es verdad que los personajes literarios son retratos más o menos camuflados de sus autores, pocos ejemplos he visto más claros que este. La imagen pública de Antonio Muñoz Molina encaja como un guante con este hombre racional atrapado entre dos muros de irracionalidad. En más de una ocasión, el escritor ha publicado artículos dando su opinión sobre diversos temas, y todos con el denominador común de exponer su punto de vista de forma tan firme como respetuosa, abogando por la presentación de argumentos en lugar del griterío de insultos. Lógicamente, le han dado las del pulpo. En esta España se perdió hace tiempo la poca costumbre de debatir que tal vez nunca tuvimos, y nos encanta buscar víctimas propiciatorias a quienes afear una opinión o un acto censurable. Ahora, con la ampliación añadida de las redes sociales, que no sólo permiten ampliar la protesta, sino injuriar desde el anonimato.

Choca de verdad que una persona en cuya obra es tan frecuente la necesidad de conocimiento, la búsqueda de un análisis imparcial del otro y sus razones, el reconocimiento de que es posible que -en ocasiones- es otro tenga su punto de razón y, y la defensa del examen detallado frente a la iluminación de un tuit se vea hoy atacado desde tantos frentes a consecuencia de haber sido galardonado por el Premio Jerusalén de Literatura, y, muy especialmente, de haber manifestado su intención de aceptarlo y recogerlo en persona.

Lo de menos es la carta que le han dirigido ocho intelectuales pidiéndole –dejémoslo en que se lo piden- que reconsidere su postura. Están tan en su derecho de hacerlo, como él de negarse. Lo más grave es lo otro, las reacciones anónimas que, por otra parte, no nos deberían sorprender a estas alturas: cómplice de asesinos, terrorista, mercenario, vendido a EE UU, escritorzuelo mediocre (esa mezquindad tan española de degradar el talento de todo aquél que no sea de nuestra cuerda) son las cosas más suaves que se comentan de él en Internet. Con el agravante de que por el otro lado tenemos al fachismo ilustrado que le defiende a capa y espada, intentando usarle como excusa para atacar a su odiada izquierda y, de paso, defender el sionismo más atroz.

Los que tenemos amigos judíos –y amigos israelíes- conocemos no ya los prejuicios, sino la enorme ignorancia que hay en España hacia un pueblo vital para entender la historia del país. Muñoz Molina ha sido uno de los pocos escritores españoles que ha ahondado en un tema que muchos otros han pasado por alto, y su fama como escritor ha servido para crear islas de interés en medio de una inundación de prejuicios. Recoger un premio no tiene nada que ver con la propaganda política. Cuando Fernando Trueba o Javier Bardem ganaron sus Oscar, la derecha más animal les quiso reprochar que aceptaran un galardón yanqui siendo (decían) antiamericanos. El mismo y rechazable mecanismo tenemos hoy aquí.

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