Norma Rae: Martin Ritt, el cineasta de los trabajadores

1 May

Norma_rae Cuando se habla de cine y lucha social, conviene tener incluso más cuidado que cuando se habla de cine y política. Las películas que pueden ser encuadradas dentro de este campo suelen partir de una situación de base –los débiles contra los fuertes- que ha sido utilizada por todos los géneros del cine y, más específicamente, del cine comercial. Y el propio cine comercial no ha dudado en más de una ocasión en disfrazar según qué títulos con el suficiente repintado progresista, ecologista, reivindicativo, o los tres a la vez, para combinar verdadero espectáculo con falso compromiso, y asegurarse una vía alternativa de engrosar la recaudación.

Que conste que esto no es un alegato contra el cine como espectáculo; quedaría raro en un blog donde hemos hablado tanto de James Bond o de superhéroes. Pero hoy es Primero de Mayo, y me ha parecido conveniente escribir sobre cine y reivindicación social, concretamente sobre uno de los directores que más y mejor plasmó en sus películas la lucha de los trabajadores.

No, no miren a su alrededor, que por aquí cerca no lo van a encontrar. Les estoy hablando de Martin Ritt, cineasta americano que, por increíble que parezca hoy, con un cine de Hollywood infantilizado y mercantilizado hasta lo insoportable (hace unos años, un directivo de un estudio dijo que, con los baremos que se siguen hoy en día para aprobar una película, Billy Wilder no habría podido filmar El Apartamento) desarrolló toda su carrera en Estados Unidos. Nacido en Nueva York, tuvo algunos coqueteos juveniles con los partidos de izquierda que le garantizarían años más tarde pasar por la lupa de los juicios de McCarthy y verse metido durante una temporada en las listas negras (Años después, usaría esa experiencia en su película La Tapadera (1976), recordada hoy sobre todo por ser uno de los pocos papeles dramáticos de Woody Allen). Aunque su carrera como director incluye películas de muy distintos géneros (El espionaje en El espía que surgió del frío, la comedia en El romance de Murphy, el western en Un Hombre), nunca se alejaba demasiado tiempo de los temas que más le atraían: los mineros irlandeses en la Pensylvania de principios de siglo en Odio en las entrañas (1970) los recolectores de algodón en Sounder (1972), y la organización de un sindicato en una fábrica textil de Carolina del Norte en Norma Rae (1979), que es probablemente la mejor de todas; sin duda, la que más lejos llegó.

La Imdb nos cuenta sobre esta película algunas anécdotas dignas de mención: por ejemplo, que Jane Fonda, Faye Dunaway y Jill Clayburgh rechazaron el papel protagonista. Lo cogió en su lugar Sally Field, en aquella época conocida sobre todo por hacer de compañera de Burt Reynolds en las películas de persecuciones Los Caraduras, y hambrienta de un papel donde sudar todo su talento. Lo hizo, y se llevó el primero de sus dos Oscar a la mejor actriz. No se concibe la película sin ella, y da miedo pensar lo que habrían podido hacer con este papel las otras candidatas, mucho más instaladas por entonces en ese Olimpo de Hollywood que te permite exigir alteraciones de guión para convertir el personaje en un traje a medida.

Basada en una historia real, como suele decirse, Norma Rae es una madre soltera que trabaja en la fábrica textil de un pueblecito. No sólo soltera, sino con hijos de diferentes padres. Dos acontecimientos cambiarán su vida en poco tiempo: primero, otro trabajador del pueblo (Beau Bridges, el hermano no tan guapo de Jeff) le pedirá en matrimonio; después, un representante sindical (Ron Leibman) llegará al pueblo con la intención de organizar a los trabajadores de la fábrica para que se unan al sindicato textil, y encontrará en Norma un apoyo entusiasta y una colaboradora imprescindible.

La historia transcurre sin excesivas estridencias, dándonos tiempo de conocer bien a los personajes, de entender sus acciones y sus motivos; hay que decir que el argumento de la trama se presta a incluir escenas de amenazas, situaciones límite, o coacciones violentas por parte de los malvados patrones, pero la verdad es que hay poco de eso aquí, y sí mucho trabajo de escritorio, mucha conversación, relatos de otros seres humanos que lucharon por mejorar sus condiciones de vida.  Están, claro, las inevitables escenas donde Sally Field se luce a base de gritos y arengas, pero La escena que más estremece es, al mismo tiempo, la más tranquila: cuando Norma despierta por la noche a sus dos hijos, para advertirles de que en los próximos meses van a oír cosas muy desagradables de su madre; que los dueños de la fábrica y quienes les apoyan comenzarán a difundir los detalles de su vida privada; y que, aunque esos detalles son verdad, lo importante es que ella es su madre, y los seguirá queriendo siempre. Muchos directores habrían llenado de almíbar una escena así; con Ritt parece, sencillamente, que nos hemos colado en el dormitorio de una familia donde una madre habla con sus hijos; y nos quedamos mirándola con un nudo en la garganta, pero callados, para no interrumpir.

En una fecha donde se supone que los trabajadores reivindicamos los derechos que nos están arrancando día tras día, donde quienes los arrancan tratan a toda costa de imponer la docilidad mediante amenazas, donde la calumnia y el insulto es lo que le espera a quien intente hacer oír sus quejas y reivindicaciones, no es exagerado afirmar que revisar esta película es imprescindible. Miren por dónde, no la suelen pasar por televisión, pero hay edición en DVD y aparece en búsquedas afortunadas en bibliotecas públicas o mercadillos. No estamos hablando sólo de una buena película, de una dirección sobresaliente ni de un Oscar a la Mejor Actriz; estamos hablando de una cinta peligrosa para quienes mandan hoy por todo lo que nos puede enseñar, de una cinta que es un bien social en sí misma.

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