Cines de antes (y cine de antes)

10 May

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Hay jornadas que parecen marcadas por predestinaciones menores. Es lo que le sucedió a este bloguero el otro día, cuando fui a hacerles una visita a los chicos de Infolibre, uno de los nuevos diarios digitales que luchan por descollar en lo que algún día, desaparecidos por consunción tantos medios tradicionales, a lo mejor hasta constituye el nuevo panorama informativo. La redacción la tienen en plena calle Fuencarral, un emplazamiento muy de envidiar cuando tantas empresas han huido, en los últimos años, al extrarradio. Lo malo es el portal. Al ladito de los cines Roxy, cerrados hace unas semanas como parte de la hecatombe de los Renoir, y al lado también del cine Paz, cerrado “por reformas”. A la vuelta de la esquina, como quien dice, puede atisbarse el esqueleto de los Luchana. Y, de nuevo en Fuencarral, de lo que en tiempos fue el cine Bilbao, no queda ni el recuerdo.

Esa misma tarde, ya en casa, una tuitamiga a la que envidio profundamente su profesión –es mezzosoprano- retuiteó en su cuenta una fotografía espectacular del patio de butacas del cine Palacio de la Música, actualmente en trámite no ya de desaparición, que eso ya se sabía, sino de mutación en centro comercial, como ya le ocurrió a su vecino el Avenida. Por ella me enteré de la existencia de una asociación –quizá fuera más adecuado decir un grupo– que lucha por conseguir que un cine tan enclavado en la historia de Madrid sea rehabilitado como sala de conciertos, y mantenga así algún rastro de su original propósito cultural.

9788498731675La verdad es que este post no debería escribirlo yo, sino más bien David Miguel Sánchez Fernández, autor del blog imprescindible ¿Dónde están los cines de Madrid?, del que Ediciones La Librería publicó en forma de libro una selección de sus mejores posts. Allí se habla largo y tendido del Palacio de la Música, y de otros cines de la Gran Vía, no todos desaparecidos. Como el autor es arquitecto, se demora muchas páginas en los detalles del diseño y construcción de cada sala, pero su minuciosidad le permite recoger anécdotas olvidadas. El derrumbe del forjado de la última planta del Palacio de la Música, que provocó la muerte de una persona y retrasó casi tres años la inauguración; el cine de verano que funcionó durante años en la terraza del cine Callao; las vidrieras de colores que daban luz a la cafetería del cine Avenida; las fuentes del cine Rialto, donde los espectadores podían servirse agua fresca en vasitos de papel. Detalles que destacan en una constante de descripciones ricas en mármol, escayola, terciopelo, maderas nobles, propia de unos tiempos donde las salas buscaban equiparar con la suya propia la elegancia de los mundos que se proyectaban en sus sesiones. Para otorgar al cine, tanto al contenido como al continente, la categoría de un mundo aparte.

Claro que tampoco hay que sacar las cosas de quicio y permitir que la nostalgia le dé a los recuerdos un fuste que en la realidad jamás tuvieron. Quienes vivimos nuestra infancia en los 70 conocimos estos cines ya lejos de sus primeras épocas de esplendor, y nos acomodábamos como mejor se podía en unas butacas duras y estrechas, con el terciopelo original rasurado por el aposentamiento sucesivo de miles de traseros. En cuanto a su programación, aunque seguían siendo salas de estreno con todos los honores, era cosa común que alternaran superproducciones dignas de ellas con verdaderas atrocidades. Recuerdo lo que disfruté de Superman y Apocalypse Now en el Capitol; pero tampoco me olvido de haber padecido en el Palacio de la Música el Flash Gordon, de Mike Hodges, y una imitación de baratillo de Tiburón llamada Tentáculos, que hoy en día no encontraría sitio ni en el servidor más apolillado de descargas ilegales; a su lado, en el Avenida, me dejé estafar por un Triángulo Diabólico de las Bermudas, del temible René Cardona Jr., que incluso para mis trece años escasos de entonces me pareció un petardo; y otros vecinos situados Gran Vía abajo cumplieron también con su cuota de celuloide de baratillo.

Pero eran otros tiempos, y todo eso importaba menos. Lejos de la oferta de ocio de hoy en día, inabarcable y no siempre legal, el cine entonces, echaran lo que echaran, siempre tenía su punto de atractivo. Las pocas salas disponibles, y la inexistencia del vídeo, ayudaban a darle un aire mítico a no pocos títulos, y no era raro que una película de éxito permaneciera en la misma sala durante más de un año. Unas salas donde incluso las películas malas parecían menos malas. La presentación de aquellas mediocridades en carteles gigantescos, en enormes salas con butacas de terciopelo, parecía revestirlas de una presencia en la cartelera que, desde luego, jamás alcanzarían en la historia del cine.

El tópico es decir que los avances en tecnología traen consigo asepsia y despersonalización. Algo de eso hay en el tema de los cines, reemplazados por multisalas que ofrecen más comodidad, y mucha más calidad de imagen y sonido. El problema es que cuando va uno al cine últimamente, incluso esas multisalas empiezan a mostrar vacío, agotamiento. Se impone el ocio doméstico, en parte, dicen, por los elevados precios de las entradas, que convierte una sesión familiar en una inversión. Así que el público disminuye. Siempre son de agradecer los intentos por recuperar, aunque sea en un blog, lo que significaron para Madrid los cines clásicos. Pero si sigue bajando la asistencia, estas salas modernas, como ha ocurrido con buena parte de los Renoir, que sólo eran relativamente modernos, también acabarán echando el cierre. Sin nadie, en este caso, que cuente la historia de su creación. Sin nadie que les escriba.

3 comentarios to “Cines de antes (y cine de antes)”

  1. Lali 2013/05/10 a 7:39 pm #

    No veas qué tristeza me dio cuando me enteré del cierre de los cines de mi infancia/adolescencia/adultez!! Los cines de la calle Fuencarral han sido mi referencia. Vivía cerca, sigo viviendo cerca e ir a cualquiera de ellos, merendar antes o tomarme una caña después ha sido habitual durante toda mi vida. Ibas a Fuencarral y ya verías en cuál entrabas. A pesar de los asientos duros y estrechos eran cines donde me sentía bien. Aunque quede el Proyecciones, voy a echarlos de menos. Me recuerda esto a una canción de Serrat, Los fantasmas del Roxi, que termina diciendo: “Son los fantasmas del Roxi/que no me dejan en paz”.

  2. David Sanchez 2013/06/23 a 10:25 pm #

    Hola, soy David Sánchez, el autor de ¿Donde están los cines de Madrid? y de “Cines de Madrid”. antes d enada tengo que agradecerte sinceramente el artículo, es muy alagador encontrar palabras positivas al trabajo de los demas. Tan solo tengo que puntualizar una cosa, un detalle insignificante que quizás aun sorprenda más a mis lectores, no soy arquitecto, ni aparejador, ni deliniante, ni nada por el estilo, soy simplemente electricista, y mi amor por estos inmuebles ha sido la que me ha dado la vitalizadad para al menos, contar sus visicitudes. He intentado hacerlo lo mejor posible, y lamento si en alguna ocasión me he equivocado, pues sinceramente lamento no ser arquitecto, que en realidad era mi verdadera vocación.

    Muchisimas gracias por todo y espero seguir sorprendiendos con mis relatos, porque hay más y llegaran pronto.

    • Vicente F. de Bobadilla 2013/06/26 a 1:48 pm #

      Hola, David. Pues es cierto, repasando la solapa del libro se te define como “apasionado de la arquitectura…”. Y eso, desde luego, lo eres. Gracias por tu comentario.

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