¿Desvirtualizar Twitter es buena idea?

31 May

 

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¡Desvirtualizado por fin! Eso fue lo que, refiriéndose a uno, puso en su cuenta una amiga de Twitter, después de que nos saludáramos en persona en el evento RRPPandTweets del que hablaba en el post anterior. Como pocas fotos de un perfil hacen justicia a nadie, antes de que empezara el acto nos cruzamos y quedamos unos segundos mirándonos y desmirándonos, en medio de una confusión de sí es, no es, pero me suena. Nos localizamos poco después… gracias a lo que estábamos tuiteando cada uno.

Hay muchas maneras de clasificar a los contactos que tenemos en Twitter, quizá una de las más determinantes sean: a los que conocemos en el mundo físico y a los que no. Por lo menos, es útil para los tuiteros del montón, los que no somos Pérez-Reverte o Fernando Alonso, no hablamos por la SER ni escribimos en El País, y por lo tanto tenemos cuentecitas de mesa camilla, que se ven poco y molestan menos, a las que vamos añadiendo seguidores con esfuerzo y constancia, como hormigas empujando granos de arroz. No tenemos que luchar con legiones de fans, lo cual puede ser malo para el ego, pero muy eficaz para la contabilidad.

Algunos de esos seguidores, tarde o temprano, se desvirtualizan. Sin ningún motivo para ello, uno piensa que cuando sacas de la web a un amigo o amiga de Twitter y le das la mano o un par de besos, se ha creado ya un pacto por el que nos comprometemos a no abandonarnos jamás. Es una ilusión, claro, porque luego uno se acuerda de algunas personas a las que ya conocía desde antes de empezar el seguimiento mutuo en Twitter, y con las que acabó cortando (gracias a Dios) en ambos entornos. Con mucho más motivo –o mejor dicho, con muchos más motivos, desde las discusiones al hartazgo, la desilusión o las diferencias políticas- puede ocurrir con personas cuyo contacto mantenemos principal o exclusivamente a través de las redes sociales.

Y es una pena, a veces. Porque entre las personas con las que uno se sigue las hay a las que se llega a coger bastante aprecio, y sin haberlas conocido en persona, se mete en su TL cuando llevan días sin dar señales de vida, para ver por dónde andan, como hacemos con los amigos de la vida real. Se charla con ellos, se les mandan chistes, comentarios, saludos, se les desea suerte cuando tuitean sobre algún nuevo proyecto. Me hizo mucha ilusión que, al poco tiempo de estar en Twitter, comenzara a seguirme una chica que era estudiante de arpa; un tiempo después encontré una cita de Lope de Vega sobre ese instrumento donde hablaba del “dominio de esa república de cuerdas” y se lo mandé. Lo marcó como favorito, lo que en esta red equivale a veces a la manera más efusiva de darte las gracias.

Ahí sigue, con sus estudios y sus conciertos. Pero no nos conocemos en persona, ni quiero que lo hagamos. Como la mezzosoprano, el guionista, el escritor. Desvirtualizar amigos de Twitter puede ser, en ocasiones, una equivocación. Por mucho que uno se siga y se interese en la red por determinada gente, cada cosa en su lugar. A veces se producen fenómenos que se salen un poco de la norma. A raíz de un post que publiqué hace un tiempo sobre Andrés Trapiello, su mujer me retuiteó (en cierto modo es la CM de su marido) y comenzó a seguirme. Le devolví encantado el seguimiento, pero la sensación, cada vez que devoro un nuevo diario (acaba de caer La cosa en sí) de que tengo a M. al otro lado del Twitter da algo de extrañeza, como si una pieza entre la literatura y la vida estuviera fuera de lugar. Mi familia, y algún ex jefe, son muy amigos de Arcadi Espada, y en alguna ocasión en que hemos coincidido he aprovechado para presentarme. Aunque ha estado muy cordial, nunca se me ha ocurrido empezar a seguirle (su cuenta, además, es para suscriptores) y no porque creo que no me correspondería, sino porque sospecho que en su Twitter sólo me encontraría con el Arcadi figurón y polémico, que es sólo una parte de él, y precisamente la que menos me interesa.

A la hora de distinguir entre las relaciones reales y virtuales, conviene tener cuidado si vamos a cruzar el espejo. Estoy muy contento con mi comunidad, modesta pero interesante, y cada día trabajo un poco por irla ampliando, como el que dedica un rato a regar la huerta. Pero si tuviera que concluir el post eligiendo la mayor alegría de toda mi trayectoria de tuitero, creo que esa la tengo bien clara: que me sigan los hijos de mis amigos. Cosas de la edad.

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