Elías Querejeta y Carlos Boyero, la entrevista olvidada

9 Jun

20130609_130256¿Qué vamos a decir aquí de Elías Querejeta que no se esté diciendo, o escribiendo ahora mismo, a toda máquina, en cada una de las redacciones (al menos, de las que quedan en pie) de los medios de comunicación del país? Absolutamente nada. Por eso he decidido dejar que otros hagan el trabajo de un servidor, y me he ido a mi hemeroteca particular, donde todavía guardo, enterita, la colección de Casablanca, una magnífica revista de cine editada en España a principios de los 80, con un director de excepción – Fernando Trueba– y unos colaboradores que luego no han hecho sino ir engrandeciendo su nombre como cronistas de nuestro cine (y de otras cosas): los hermanos Marinero, Miguel Marías, Savater, Juan Cueto y, la firma tan impagable y certera, ya entonces, de Carlos Boyero.

Y fue Carlos Boyero quien publicó esta entrevista con Querejeta en el número 6 de la revista (junio de 1981). Luego llegarían los tiempos (polémicos) de El Sur, que enfrentó a defensores y detractores de la decisión del productor de interferir en el trabajo de otro genio, Víctor Erice, y estrenar una película a la que, según su realizador, le faltaba el final, lo cual, paradójicamente sirvió para aumentar su magia entre muchos críticos y espectadores. Pero hablábamos de esta entrevista, seis páginas de una sentada, que desde luego no les pienso transcribir aquí. Pero como creo que es un poco inencontrable, voy a copiar algunas de sus declaraciones más interesantes:

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“A partir del 63 me dediqué a esto, con muchas dificultades al principio. En el 65 tuve suerte y empezó a funcionar mejor. Me metí en la producción con la idea clara de formar un equipo, de crear una forma de trabajo, de elevar por encima de todo la calidad media del cine español”.

 “De mí se ha dicho de todo. Durante un tiempo se comentó muy en serio que yo estaba financiado por el oro de Moscú, y en otra época decían que quienes en realidad estaban detrás de mí eran los Dominicos. Nunca entendí por qué razón querían meter a esa gente en semejante lío”.

 “No soy nada consciente de mi poder, de verdad, y espero seguir estando inconsciente. Si algún día me creyera a mi mismo todas las cosas que soy o que piensan de mí, ese día dejaría de ser Elías Querejeta, me convertiría en un imbécil redomado”.

 “Nunca le he dado una oportunidad a nadie. Cuando Carlos Saura y yo nos conocimos, él había terminado Llanto por un bandido, que era una película muy bella en algunos aspectos y que revelaba un dominio técnico poco normal en el cine español. Nos hicimos íntimos amigos y me habló del proyecto de La Caza, que luego se convirtió en un guión (…) Le conozco muy bien, y de no haber conectado conmigo, él hubiera buscado a alguien o alguna manera para que La Caza se realizara”.

 “Cuando el director empieza, él hace la película como le da la gana. Jamás he ido a un rodaje a decirle a un señor dónde tiene que colocar la cámara. Eso sería estúpido y ridículo por mi parte”.

 “No sé hasta qué punto los críticos se dan cuenta del poder que ejercen sobre la gente, y que ellos, al mismo tiempo, son manipulados desde el poder de la publicidad”.

 “Espero dirigir antes de que acabe el 82”

 “Hace falta tener imaginación para pensar que yo puedo controlar o manipular festivales. Cuando La Caza se estrenó en Chicago, la crítica se volcó con ella, en parte hablando de su lado político. Entonces, un conocido y poderosísimo personaje me llamó a su despacho y me dijo ‘estoy asombrado contigo, Elías, no sabía que tuvieras tanta influencia en la prensa norteamericana’. Yo le contesté: ‘Hombre, mis tentáculos son grandes y abarcan muchos lugares, pero todavía no he llegado a ser Al Capone’”

 “Me gusta mucho Dreyer, es una de mis eternas pasiones, un director con una capacidad de fascinación muy grande. También Stroheim. Los clásicos americanos, Fritz Lang. Hay planos y situaciones de este hombre que sobrevivirán siempre. No soy de los que piensan que Ciudadano Kane sea esa gran obra maestra del cine. De Welles me quedo con Sed de mal, que es magnífica, con ciertas cosas de Arkadin y con el tono de algunas secuencias de Otelo. Jean Renoir es otro director que me enloquece. Le conocí en el festival de Venecia del 68, en el que me dieron un premio, y me lo entregó él. Estaba muy viejo, pero profundamente cordial y absolutamente lúcido. Siempre recordaré algo que nos dijo: ‘Jóvenes, hagan cosas, pero huyan de la perfección, porque la perfección es la muerte’”.

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