No necesitamos a Google para no olvidar

26 Jun

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Leyendo las noticias sobre el juicio a Google, no he podido evitar pensar dos cosas: que eso de Sin derecho al olvido suena a título de culebrón venezolano o de novela ganadora del Alfaguara, según, y que el debate no deja de ser bastante intrascendente, al menos en España. Entiéndaseme: ni cuestiono ni hago de menos los motivos del ciudadano cuyo deseo de borrar de las redes un antiguo (y resuelto) caso de impago encendió la mecha de todo este lío (para entenderlo, recomiendo el completísimo artículo de Javier Martín en El País). Lo que intento decir es que, si se considera que una persona considera que tiene derecho a limitar el libre acceso a un episodio de su pasado que podría distorsionar su vida actual, entonces este es el país menos indicado para conseguirlo.

Google podía desaparecer del mapa y en España, al menos en ese aspecto, ni nos daríamos cuenta. Aquí no somos lo que se dice muy dados al olvido. Al de lo que hagan los demás, quiero decir. Antes de la popularización de Internet ya éramos expertos recolectores de equivocaciones, documentalistas sin igual de faltas ajenas, hormiguitas que guardábamos con tesón en el archivo de la memoria situaciones de bochorno, meteduras de pata, reconvenciones públicas, multas, penas, ni hablemos ya de sentencias judiciales: todo listo para sacarlo de nuevo a la hora de destrozar al prójimo. Aunque hubieran pasado años desde el incidente, y este no se hubiera repetido jamás, se quedaba pegado a su protagonista. La flor de lis de Milady de Winter, la letra escarlata de Hawthorne, pero sustituyendo la prosa de los clásicos por una cutrez y mezquindad que, estas sí, son Marca España al cien por cien.

Las nuevas tecnologías no nos han curado de esta práctica, antes bien la han multiplicado. Con la ventaja añadida de cubrirla con la posibilidad del anonimato más cobarde. Ni les cuento ya si el atacado es un personaje público que se haya hecho acreedor de los ataques de un colectivo azuzado por ciertos medios, o de particulares cuya ojeriza sobrepase los límites de lo racional. En el afán por usar el pasado como arma arrojadiza, toda la munición tiene el mismo calibre: una falta leve como un delito, una verdad como una mentira. Periodistas que se inventaron noticias o entraron en el amarillismo más rechazable, escritores perdiendo los nervios ante las cámaras, políticos, futbolistas o cantantes atrapados en plena borrachera (no pocas veces al volante), famosos de todo pelaje que defraudan a Hacienda. Aunque sean hechos puntuales, aunque sus protagonistas pidan disculpas y paguen las penas correspondientes, aunque no reincidan jamás –e incluso, y esto es lo peor, aunque demuestren la falsedad de las acusaciones-, saben que la losa siempre la tendrán encima, porque nunca faltará quien intente abrir la herida en el momento menos pensado para echar de nuevo en ella un generoso puñado de sal.

No estoy hablando de la utilidad indudable de la hemeroteca digital a la hora de rastrear hechos y declaraciones que pueden demostrar la falsedad o la hipocresía de unos personajes públicos (no hacen falta nombres, supongo) que darían lo que fuera por borrar de las redes determinadas frases, discursos o declaraciones. Esto es otro tema. En Estados Unidos (no sé si en más países), si te han condenado por un delito, pierdes el derecho a votar, incluso después de haber cumplido la pena. Siempre me ha parecido una injusticia que un ciudadano que ha pagado sus deudas con la sociedad se vea privado de un derecho fundamental. En España, por otro lado, una equivocación te puede suponer perder el derecho a que todos los años de tu vida no se juzguen únicamente por los minutos que empleaste en cometerla.

En el país más maledicente de Europa, Google y demás buscadores, independientemente de juicios y sentencias, no son la fuente del problema: son sólo el altavoz.

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