Ahora que vamos de cráneo/vamos a contar mentiras

17 Jul

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En los inicios de este blog, dediqué una entrada a hablar de Joey Skaggs, activista, provocador y bromista profesional, que tiene como principal objetivo a los periodistas descuidados. Su teoría, demostrada con numerosos éxitos, es que cualquier bulo encontrará su camino en los medios, siempre que se presente con el envoltorio correcto. Ordenadores que deciden si un acusado es culpable o inocente, cementerios convertidos en parques temáticos, prostíbulos para mascotas, son algunas de las trolas que ha conseguido colar en Estados Unidos –y a veces, más allá- como noticias verdaderas.

A lo largo de su carrera, Skaggs ha demostrado el inmenso profesional que habría sido si hubiera enfocado su talento hacia el mundo de la comunicación. Se conoce todos los trucos para llamar la atención de los medios: completísimos y lujosos dossieres de prensa, abundancia de material gráfico, datos y cifras, titulares atractivos… Pero, sobre todo, conoce la falta de tiempo o de ganas de muchos plumillas para contrastar el material que se les envía. Y eso que no lo pone tan difícil: un par de llamadas telefónicas bastarían para que cualquier periodista medianamente entrenado comenzara a oler a chamusquina. Pero es mucho más fácil y más apetecible tomar el maná que ha caído del cielo –o, en este caso, del correo físico o electrónico- y aprovecharlo para rellenar unos minutitos de programa, o un buen cacho de página de una publicación.

Si Skaggs fuera el único que hace estas cosas, esto no tendría mayor importancia. Pero por desgracia, no es el caso. La pereza, la falta de medios y las falsas prisas generadas por Internet han creado un marco donde la verificación de datos no está precisamente de moda. Mi experiencia personal es que el porcentaje de periodistas que llaman a una agencia para contrastar la veracidad o la solidez de estudios y encuestas –esas cifras que quedan tan bien después en un titular- es ridículamente escaso. Y cuando hay alguno que te llama con la pregunta obligada “oye, ¿esto de dónde ha salido?”, te dan ganas coger un taxi, ir a su redacción y plantarle dos besos. Por no haber olvidado los principios básicos de una profesión en caída libre.

Joey Skaggs no es el único que conoce estas debilidades. El pasado verano se publicó el ya clásico número del Nieman Report sobre La verdad en la era de los social media, donde numerosos expertos analizaban el nuevo marco informativo. Está enterito y gratis en la web, pero yo me quedo personalmente con la entrevista a Melanie Sloan, directora de la ONG Ciudadanos por la Responsabilidad y Ética en Washington, donde describe la minuciosidad del trabajo de lobbys y agencias a la hora de tomar por asalto las fortalezas de la prensa con información fabricada a la medida de sus clientes. Una labor que incluye desde la creación de falsas ONGs financiadas por multinacionales a la fabricación de portavoces que consiguen aparecer en los medios como expertos en temas tan delicados como el calentamiento global o la obesidad infantil.

“En la superficie, estas personas parecen expertos legítimos”, declara Sloan. “Y creo que muchos periodistas no suelen examinar las motivaciones de sus fuentes. Es obvio cuando estás hablando de una campaña política, pero aparte de eso, no creo que los periodistas presten la atención necesaria. Tienes que examinar el trasfondo. ¿Qué puedes encontrar que legitime su categoría de expertos?”

Puede que en Estados Unidos los periodistas todavía tengan tiempo de verificar sus fuentes. En España, esa práctica pasó a la historia, arrinconada por unas redacciones reducidas al mínimo, unas tarifas de colaboración que darían risa si no dieran pena, y unas plantillas agobiadas y sobrepasadas por el quehacer diario. Una prensa en ruínas, donde la mentira se cuela sin esfuerzo.

Mala noticia para los periodistas, pero magnífica para los comunicadores con pocos escrúpulos. Las murallas que en otros tiempos protegían los medios de embustes y publicaciones interesadas nunca han estado tan débiles, ni tan llenas de agujeros. Y nunca han existido tantas herramientas para propagar las noticias falsas, una vez publicadas. Para cuando alguien consiga poner un poco de orden y cuestionar la veracidad de ese informe tan citado y tan tuiteado, a nadie le interesará oírlo. Hay nuevas historias que cubrir, si por cubrir entendemos copiar y pegar la información que acaban de pasarte de la agencia –titular incluído- y, en alguna ocasión, incluso firmarla con tu nombre.

Para los que hayan conseguido llegar hasta aquí, ya digo que la solución no la tengo. No creo que sirva de mucho apelar a la responsabilidad de las agencias, cuyo principal objetivo es siempre acumular clippings (positivos, preferentemente) para quien les paga. Los responsables de contrastar la información son los periodistas, pero ya hemos visto cómo están por la labor menos que nunca. Quizá la solución esté precisamente en el público a quien están destinadas las noticias. Inculcarle a él la desconfianza previa que siempre ha sido una característica básica del periodismo. Hasta que regresen los tiempos en que los periodistas puedan volver a desconfiar por ellos.

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