¿Qué hacemos con los semitrolls?

19 Ago

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Si en el post anterior hablábamos de los trolls y comentábamos cómo es un tema todavía con solución pendiente a pesar de lo mucho escrito sobre el mismo, más complicado parece el tema de los semitrolls. Para empezar, no se habla demasiado de ellos, pero están ahí, como puede comprobar cualquiera que introduzca el término en Google y rebusque entre la hojarasca de entradas sobre juegos de rol a las que pertenecen la mayoría de las respuestas.

Hay hasta alguna definición, con la que no termino de estar de acuerdo. Quizá sería más correcto decir que un semitroll es un troll light. Desde luego, no comparte las principales y peores características de éstos: no insulta, no amenaza y, en muchas ocasiones, no se esconde tras el anonimato. En principio no incumple ninguna norma de regulación para participar en foros, redes sociales o secciones de comentarios. Y sin embargo… es desagradable. No ofende, o al menos no siempre, pero sí molesta. La acritud, la superioridad o el desprecio a los demás suelen transparentarse en sus publicaciones, con lo cual acaba creando un malrollismo general, del que a veces ni siquiera él es consciente.

Aunque no hay mucho sobre ellos, está claro que el comportamiento de los semitrolls está afectando a algunos internautas. Pongámonos en plan Susanna Griso y demos paso al primer testimonio del post, que he pirateado sin vergüenza ninguna de un foro de la web Absolute Writer:

“Hay una chica que solía ser una contribución valiosa a mi blog, tenía puntos de vista interesantes y suministraba información extra sobre los temas a tratar, pero últimamente sus comentarios han ido cobrando un tono más y más mordaz. Al final, decidí borrarla porque la encontraba irrespetuosa y discriminatoria. No quiero bloquearla definitivamente (…) ya que ha sido una lectora muy valiosa y ha aportado puntos interesantes, pero al mismo tiempo se me contrae el estómago cada vez que veo que ha dejado un nuevo mensaje, ante la perspectiva de tener que gestionar un nuevo comentario vitriólico (1)”.

Si bien las maneras de manejar a los trolls pasan desde la indiferencia a la denuncia, con los semitrolls la cosa es más delicada. Para empezar, muchos ni siquiera tienen mala intención, pero su manera de plantear sus argumentos puede contaminar el estilo general de los comentarios. Sin embargo, ¿hasta qué punto no estamos censurando o bloqueando opiniones si no les dejamos expresarse? Esta es una pequeña recopilación de medidas sugeridas por internautas que se han ocupado del tema en mayor o menor grado:

Razonar. Si el autor de los comentarios es un habitual, puede enviársele un mensaje directo explicándole que, aunque se valora su interés por el blog y su participación activa, el tono de sus mensajes no es el correcto y está comenzando a ser molesto para otros lectores. Más fácil decirlo que hacerlo, porque nunca faltará quien se lo tome como un ataque personal.

Ignorar. No responder a un comentario que roza lo inadecuado puede ser una buena solución. El problema es que otros lectores sí lo hagan. Pedro Aznar en su blog señala acertadamente como el intercambio de comentarios en según qué tono acaba produciendo el efecto Bruce Banner, y convirtiendo a un comentarista normal en un semitroll de colmillo retorcido. Resultado: lo que iba a ser foro de enriquecimiento intelectual se ha convertido en un caos de insultos con la gente tirándose las lechugas a la cara. Ignorar sí, pero con un ojo abierto.

Bloquear. A nadie le gusta, pero quien no le haya cerrado nunca a nadie la puerta en Twitter –considerada una forma de microblogging- que tire la primera piedra. Un blog, aunque abierto, es un espacio personal. Nosotros decidimos a quién dejamos entrar en él, y olvidemos el tema de la censura: si hay algo que ofrece Internet es multitud de espacios y formatos donde dejar nuestras opiniones, y cerrar uno de esos espacios por incumplimiento de las normas de convivencia tiene tanto que ver con la censura como dejar de invitar a casa a alguien que eructa, pone los pies encima del sofá, se mete con otros invitados y se nos bebe el Chivas.

 “La libertad de expresión no conlleva una expresión libre de consecuencias”. Son palabras de Lawrence Lessig en su ya clásica obra El Código y otras leyes del ciberespacio, donde en el capítulo 6 trataba el tema de los trolls y semitrolls aplicado a los grupos de noticias. En estos antecesores de las redes sociales, el anonimato y los insultos ya estaban presentes, y Lessig tomó buena nota de sus efectos corrosivos en el flujo de comentarios de un ámbito digital creado por y para participantes del ámbito académico y, por lo tanto, con un mínimo nivel de civismo y cultura general: “Las conversaciones decayeron y los participantes se fueron alejando del grupo de noticias. Algunos lo dejaron, sin duda disgustados por lo que había ocurrido, otros porque no deseaban convertirse en la siguiente víctima”.

Paradójicamente, puede ser más fácil luchar en la web contra un troll que te quiere ver muerto que contra un maleducado que no sabe expresarse con respeto. El semitroll está a medio camino entre el troll y el comentarista. Y uno piensa que, cuando más hablemos de estos temas, más posibilidades tendremos de conseguir que acabe inclinándose hacia la última opción, y no hacia la primera.

(1). En este caso, según aclaró la bloguera que inició el debate, el sistema de enviarle un mensaje sobre lo inconveniente de su tono tuvo efecto, y los comentarios han vuelto a la normalidad. Claro que es para pensarse si esto no será la excepción que confirma la regla.

 

Una respuesta to “¿Qué hacemos con los semitrolls?”

  1. Francisco Reina 2013/08/19 a 12:23 pm #

    Considero que otra opción a tener en cuenta es la de incluir a los propios comentaristas en la ecuación: la higiene digital debería impelirnos a contestar con civismo a un comentario incívico, e incluso a recriminar con buenas formas cuando un comentario no sea todo lo educado que debiera. Si se produce un espiral que degrada el debate no es sólo por el ‘semi-troll’, sino también porque el resto de participantes entran en su juego o abandonan, en lugar de luchar contra la degradación.

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