Cámaras (y tecnología) en prisiones: La Gran Filmación

22 Sep

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Muy mal tiene que estar el periodismo en España para que la difusión de unas imágenes sobre la vida cotidiana de un preso –aunque sea, sin duda, uno de los más célebres- sea presentada como “gran exclusiva”. Los vídeos nos han permitido comprobar que Luis Bárcenas dedica su tiempo en la cárcel a más o menos lo mismo que el resto de los reclusos, según sus gustos, aficiones y creencias: fumar puros en el patio, echar la partida, escribir, rezar. De Pulitzer, vaya. Si le hubiéramos visto cavando un túnel con la cucharilla del postre o recibiendo la clásica lima en el bocata, como cantaban Los Nikis, reconocerán que esto, informativamente hablando, habría sido otra cosa.

Ahora el propio Bárcenas ha echado más leña al fuego anunciando demanda contra el Ministro del Interior y contra las Instituciones Penitenciarias por permitir que se captaran las imágenes, que constituyen una agresión a su intimidad. A un servidor lo que más le ha divertido de todo el asunto es que alguien se haga elucubraciones sobre cómo han podido introducirse en la cárcel los aparatos electrónicos con los que se grabaron las imágenes de marras. Ejem. ¿De verdad necesitan que se les diga cómo?

Les presento a Mary Roach, periodista y escritora norteamericana con una habilidad envidiable para hacer divulgación científica sobre temas que muy pocos colegas consideran dignos de atención, y que son una verdadera mina si se saben tratar. Su primer libro, Stiff: the curious lives of human cadavers hablaba de todo –y quiero decir TODO- lo que se puede hacer con un cadáver. Sus libros posteriores han hablado del sexo visto a la luz de la ciencia como nadie lo había hecho antes, o de la vida después de la muerte (la hay, pero no se parece mucho a la que nos han contado ni la Iglesia, ni los videntes, ni tanta gente como parece haber estado allí).

9781410461537_p0_v1_s260x420 Su última obra (que, según me ha confirmado por correo electrónico la propia Roach, aparecerá en España en unos meses) es Gulp. Adventures on the alimentary canal, y se adentra –literalmente- en todo lo que ocurre con los objetos, no necesariamente comestibles, que introducimos en nuestro organismo… Por una vía u otra. Precisamente el capítulo titulado Up Theirs (traducción innecesaria), está lleno de información sobre todo lo que entra en una prisión por determinado conducto. ¿La cámara de Bárcenas? Un juego de niños. Lean:

  • Se calcula que más de 400 kilos de cigarrillos y cientos de teléfonos móviles entran al año en las prisiones del estado de California ocultos en el recto de presos o visitantes.
  • Además de teléfonos móviles, el contrabando rectal en las prisiones incluye cargadores, baterías, auriculares y tarjetas SIM.
  • Un preso fue descubierto cuando llevaba en su interior dos cajas de grapas, un sacapuntas, hojas de afilador y tres clips de tamaño gigante. Nunca averiguaron qué pensaba hacer con ese material.
  • Existen escáneres específicos para rastrear los orificios del cuerpo en busca de cualquier objeto extraño que haya sido introducido en él, de forma rápida y segura, librando a los guardianes de tareas embarazosas. En esta página web tienen una completa serie de modelos y sus funciones. El problema: los recortes en el presupuesto (¿les suena?) los convierte en prohibitivos para una cárceles abarrotadas de presos y carentes de medios.
  • Sí existen detectores de metales, que podrían dispararse por el metal contenido en un teléfono móvil. Por eso, en una de las cárceles investigadas por Roach, la tarea de meter los móviles de matute corría a cargo de un preso con una prótesis metálica en la cadera. No tenía que pasar por el control de metales, y los guardias no podían examinarle por Rayos X sin una orden judicial.
  • El precio de un móvil dentro de la prisión rondaba los 1.500 dólares, y el alcaide calculaba que el recluso de la prótesis introducía dos o tres teléfonos cada vez.
  • Entrevistado por Roach a condición de no desvelar su verdadero nombre, recuerda que lo primero que introdujo en la prisión fue un paquete de 30 x5 centímetros conteniendo cuatro cuchillos, que iban a ser utilizados en un asesinato en el patio (si se negaba a hacerlo, le dijeron, uno de las cuchillos se usaría contra él). Desde entonces, siguió introduciendo material de contrabando, principalmente tabaco, cerillas y encendedores.

 Hay muchos más datos, pero vamos a dejarlo aquí, porque no quiero estropearles la lectura de un libro que desde ya les recomiendo encarecidamente. Comparando todos estos datos sobre contrabando rectal con el tamaño medio de un móvil o una pequeña cámara digital, es para temerse que episodios como el de las imágenes de Bárcenas se irán haciendo cada vez más frecuentes en prisiones de muchos países. Sólo hacen falta ganas y medios. ¿Qué será lo siguiente? ¿HD, 3D, streaming de una celebridad en la cárcel durante un vis a vis? ¿Y cuánto tiempo va a pasar hasta que este tipo de numeritos nos hagan olvidar lo que es el periodismo de verdad?

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