Mauricio González-Gordon, tranquilamente

27 Sep

articulos-45257La última vez que comí con Mauricio González-Gordon Díez, fue en la cafetería de un hospital. Ninguno de los dos estába allí como paciente; la casualidad quiso que mi madre y su mujer –las dos consuegras- fueran ingresadas, por distintos motivos, casi al mismo tiempo y en la misma planta. Y un día, el incesante trasiego de visitas y relevos de parientes de una habitación a otra se disolvió por unas horas, y nos quedamos los dos solos, enfrentados a nuestra compañía mutua para aderezar el almuerzo.

Disfruté de la comida, como sabía que haría, y no sólo porque, en atención a su edad, le dejara invitarme. Aunque he olvidado el menú del día, sigo recordando lo rápido que se me pasó aquella hora larga de conversación, donde Mauricio habló tanto y tan bien, contándome cosas de sus primeros tiempos en la bodega, cuando su padre, Don Manuel, le mandaba a hacer la ronda comercial por las ventas. Habló, pero también escuchó: yo tenía muy poco –o nada- que decirle sobre vinos, pero el accidente del Concorde estaba aún relativamente reciente, y cuando le conté que acababa de leer un artículo exhaustivo sobre la historia tecnológica, política y social de aquel avión, me pidió por favor que se lo enviara. Como hizo siempre que a lo largo de los años me solicitó un texto, mío o de otros, sobre los temas más variados, me dio puntualmente las gracias.

Los temas más variados. Ese podría ser un buen resumen de la vida de Mauricio González-Gordon. Verán, el tópico tiende a retratar a las personas hiperactivas como individuos de temperamento sanguíneo, impulsados por unos resortes internos siempre en tensión que los llevan de una actividad a otra en medio de un frenesí vital. Y sin embargo, repasando lo poco que sé de sus noventa generosos años de vida, pocas personas se me ocurren más hiperactivas que Mauricio. Y pocas que se hayan tomado más tranquilamente esa hiperactividad.

Tranquilamente, cogió de manos de su padre una de las bodegas más emblemáticas de Jerez, y la convirtió en una multinacional que ha llevado a todo el mundo el nombre de su tierra natal; tranquilamente aisló a esa bodega del envite de piratas y advenedizos que casi han destrozado lo que antes fue un orgulloso negocio del vino; tranquilamente, en unos tiempos en que la palabra ecologismo sonaba a chino, luchó con todas sus fuerzas para conseguir la creación del Parque Nacional de Doñana, que aseguraba un entorno de protección e investigación en el paraíso natural heredado de su familia; tranquilamente, fue además miembro fundador de la Sociedad Española de Ornitología y tranquilamente tuvo tiempo de traducir al español la Guía de Campo de las Aves de España y de Europa, conocida popularmente como “La Peterson” y pieza angular de la biblioteca de cualquier ornitólogo del Viejo Continente. Y, solucionadas tranquilamente todas esas cuestiones, de vez en cuando escogía algunos amigos de entre los muchos que supo ganarse para pasar unos días de navegación en su velero Cruz del Sur.

Aquella inacabable inquietud intelectual se trasladaba también a cuestiones menores, lo que hacía que los encuentros con Mauricio jamás fuesen aburridos; un día aparecía por casa de su hija con el último pan que había horneado, experimentando con una nueva combinación de cereales. Otro, te enredaba en un intercambio de opiniones –nunca una discusión- sobre el significado concreto de un término en inglés (¡Él, que era bilingüe!). Otro te mostraba su carnet recién estrenado de conductor de camión, y otro te enterabas de que había empezado a utilizar las líneas low-cost en sus frecuentes viajes a Londres, porque las incomodidades del avión las compensaba la diversión que le suponía imprimirse la tarjeta de embarque desde el ordenador de casa.

Amigos y familiares -dos hijos, siete nietos y tres bisnietos-, han visto partir a Mauricio, como vieron irse a su mujer, Milagro, en una semana de julio. Mauricio ha esperado un poco más, quizá para dejarnos en el mes más jerezano, y poder así contemplar en su marcha la Vendimia por última vez. Pero yo he querido recordar a los otros Mauricios, que no disminuyen al bodeguero, sino que lo agrandan con otras facetas, sabiendo que incluso dentro de la tristeza arrasadora que deja la pérdida, hay espacio para el recuerdo y la risa. Intentemos dejar, en lo posible, la pena a un lado. Ya otro día podemos hablar, y hablaremos mucho, del vacío que queda en Jerez cuando se ha ido uno de sus ciudadanos más excepcionales; del silencio que tanto se nota cuando se ha apagado la voz de aquel hombre tranquilo.

2 comentarios to “Mauricio González-Gordon, tranquilamente”

  1. Phil 2013/10/01 a 3:37 pm #

    Que bien escrito!
    Como Escoces pero ciudadano orgullo de Andalucia, Don Mauricio (el “Gordon” viene de sus familares en Escocia), lo veo como gran caballero. Que descanse en paz y estoy tomando una copita de Tio Pepe en su memoria.
    Phil Davison, corresponsal, Londres.

    • Vicente F. de Bobadilla 2013/10/01 a 8:56 pm #

      Muchas gracias, Phil. La verdad es que uno de mis abuelos también era escocés, y es una tierra que me gusta casi tanto como Jerez… Lo cual, viniendo de mí, es mucho decir.

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