Insultos en la web ¿se acabó el anonimato?

1 Nov

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El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha ocupado mucho espacio estas semanas en los medios de comunicación. Pero no ha sido siempre por el mismo motivo. La semana pasada, por ejemplo, se publicó una noticia con epicentro en Estonia, un lugar y una sociedad que suenan lo bastante lejanos como para que este bloguero no pensara en que podría tener el menor efecto en nuestra sociedad.

Tenía que haberlo leído mejor. El TEDH ha emitido una sentencia por la cual determina que los medios online son responsables de los insultos, injurias y expresiones vejatorias que sus lectores dejen en la sección de comentarios. El motivo, como pueden leer en el enlace, fue la denuncia presentada por el directivo de una empresa, que tras ser citado como fuente en un artículo publicado en una web, se vio convertido en el blanco de una andanada de comentarios vejatorios, cuyos autores –ninguna sorpresa aquí- se ocultaban tras nicks, o seudónimos, de lo más variado.

Tampoco sorprende mucho que la web de noticias intentara ampararse en la libertad de expresión. No es la primera vez que se da un caso así, pero en esta ocasión no ha funcionado. Y las repercusiones de la sentencia ya se están haciendo notar. Precisamente hoy, he encontrado que uno de los medios online españoles donde más manga ancha se ha tenido con los comentarios incontrolados ha colgado este mensaje en sus noticias:

“El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ha determinado que los medios digitales se tienen que responsabilizar de los comentarios publicados por sus lectores, restricción a la libertad de expresión que justifica en base al objetivo legítimo de protección del derecho al honor de otra persona. Por ello (…) ha decidido desarrollar una herramienta que permita monitorizar los comentarios de los lectores y hasta que esté implementada deshabilitará la opción de comentar anónimamente las noticias”.

El subrayado es mío, y la decisión de omitir el nombre del medio, también. Cuando se intentan eludir responsabilidades elementales poniendo la libertad de expresión como escudo, es señal de que los problemas del periodismo español están yendo mucho más allá de los EREs que asolan las redacciones. Un medio, cualquiera que sea su soporte, es responsable de todo lo que se publica bajo su mancheta. De todo. Incluido el material que hacen llegar los lectores, aunque en los últimos años esto se haya intentado eludir con breves avisos donde se desvía la responsabilidad de los comentarios hacia sus autores.

Si me apuran, el insulto es casi el menor de los males que aquejan a las secciones de comentarios de determinados medios digitales. En algunos no hay que buscar demasiado para encontrar calumnias, difamaciones, amenazas, llamadas a un golpe de Estado, deseos de muerte para el protagonista de la noticia, para su pareja, o para sus hijos. “Ojalá esta puta haya sufrido durante meses y su marido y sus hijos hayan asistido impotentes a su agonía”, fue un comentario publicado –y borrado unas horas después- en un medio digital tras la muerte de la periodista Sol Alameda. Justificar la presencia de estos vómitos de odio amparándose en la libertad de expresión es, sencillamente, de locos. O de hipócritas.

Aunque en buena parte estén ya jubilados, todavía pueden encontrarse periodistas que hayan vivido los tiempos en que la libertad de expresión en España era mucho más que una coartada para vejar con impunidad. Publicar según qué podía acarrear multas, procesos judiciales, cárcel, o el secuestro de la publicación, riesgos que la democracia tardó unos años en erradicar, y a los que se sumó en los años de la Transición el riesgo de atentado en los medios, que se hizo realidad en más de una ocasión. En tiempos más recientes, periodistas y políticos se han jugado literalmente la vida en el País Vasco, precisamente por no callar, por dar la cara y reivindicar su derecho a informar y denunciar.

El resto de los periodistas, los que desarrollaban su actividad en terrenos más tranquilos, estaban expuestos, como todos, al comentario de lectores, oyentes o espectadores. Este llegaba, por lo general, a través de las Cartas al Director, a las que Internet felizmente aún no ha conseguido desbancar. Pero funcionaban de otra manera: suponían para quien recurría a ellas el trabajo de encontrar y ordenar los argumentos, y expresarlos de la manera más clara posible en un papel, procurando no exceder la extensión máxima autorizada por el medio. Una vez concluida, era necesario firmarla e incluir sus datos personales –los anónimos no se publicaban- meterla en un sobre, pegarle el franqueo correspondiente y darse un paseo hasta el buzón más cercano. Un proceso que requería un cierto interés y dedicación; mucho más de los escasos segundos que se necesitan para llenar cinco líneas de exabruptos y hacer clic en “publicar comentario”.

El lector que pasaba por todo ese proceso, a menos que fuera parte implicada en una noticia y exigiera su derecho a dar a conocer su opinión, no esperaba necesariamente que su carta fuera a aparecer en el diario. De hecho, llegaba mucho material a las redacciones, y el espacio obligaba a que lo rechazado superara con mucho a lo publicado. No voy a decir ahora que todas las cartas rezumaran un alto nivel cultural; unas veces fallaba la ortografía –bastante menos que hoy-, otras el contenido era una ristra de simplezas. Y también de vez en cuando se recibían anónimos llenos de insultos, que iban a parar automáticamente a la papelera. Nadie en su sano juicio pensaba que con aquella acción se estuviera atentando contra la libertad de expresión de quien lo enviaba.

La libertad de expresión en España se ha pagado siempre muy cara. Sorprende que hayamos permitido que en los últimos años el concepto se adultere con tanta facilidad. Ahora cada vez más gente se queja de estar viviendo bajo un régimen tiránico, al que sólo pueden combatir refugiándose bajo una identidad falsa. Como la Pimpinela Escarlata, como el Zorro, como Batman. Cuando lo cierto es que nunca antes en la historia de la humanidad –ni, desde luego, en la historia de este país- hemos tenido a nuestra disposición tantas herramientas para ejercer nuestra libertad de expresión. Y nunca las hemos utilizado tan mal.

Lo cual nos lleva a un tema de discusión bastante recurrente en ámbitos periodísticos: la firma de los textos. Algunos colegas acusan –justificadamente- a otros de firmitis, es decir, de una obsesión desaforada por lucirse poniendo cuantas más veces mejor su nombre en los artículos. Otros preferimos considerarla una muestra de responsabilidad. De dejar claro quién ha escrito o dicho un determinado texto y, por tanto, a quién hay que reclamarle lo que proceda.

Una web sin insultos ni vejaciones es utópica, eso está claro, pero a lo mejor en Estonia se ha puesto la primera piedra para que mejoren un poco las cosas. Por lo menos, para que el mundo deje de estar al revés, y los que publicamos con nuestro nombre dejemos de tener miedo de todo lo que nos puede llegar por atacantes demasiado cobardes para dar la cara.

5 comentarios to “Insultos en la web ¿se acabó el anonimato?”

  1. kamilabranna 2013/11/02 a 12:20 pm #

    Buenos días Vicente. Es un tema muy interesante… Hace poco en el portal http://www.idnes.cz empezaron a verificar la identidad de las personas que se querían registrar para poder discutir o publicar un blog. Mucha gente se fue porque “violaban la libertad de expresión”. Yo el cambio lo veo positivo, aunque sigue habiendo gente que sigue insultando, pero lo hace bajo su propio nombre.
    Con lo que no estoy de acuerdo es con la responsabilización de los periódicos de todo el contenido, incluidas las discusiones: la mejor solución es hacer que la gente dé la cara y el problema desaparecerá casi por completo.

    • Vicente F. de Bobadilla 2013/11/02 a 1:48 pm #

      Como podrás ver, Kamila, en las normas para comentar de este blog no se exige la identificación, aunque si digo que es aconsejable. Pero lo importante es lo que se publica y no puede ser que un medio online permita que aparezcan en su página determinados contenidos diciendo que eso “es cosa de los lectores”. Es cosa suya, como en los medios de todos los demás soportes, y lo que debe hacer es someter los comentarios a aprobación, y tener un buen equipo profesional encargado de ello. Pero eso cuesta dinero y claro… Por lo demás, me interesa lo que me cuentas de la República Checa, porque deja claro que esto no es un problema exclusivamente español. Gente incívica parece que hay en todos lados.

  2. Francisco Reina 2013/11/16 a 4:42 pm #

    Interesante artículo sobre un tema que vuelve siempre a reclamar nuestra atención y en el que todavía no existe un acuerdo unánime en los medios. Sólo un apunte: cuesta menos de dos segundos identificar gracias a herramientas digitales a qué medio pertenecen las palabras entre comillas. De poco sirve hoy en día ocultar el nombre del mismo. Un saludo.

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