Fernando Fernán-Gómez: la escena, la calle y los whiskies

22 Nov

No toda la obra de Fernando Fernán-Gómez es inmaculada. Como director, tiene malas películas (Fuera de juego), como escritor, malas novelas (Stop! Novela de amor). Sería injusto pensar que todo lo que hizo le salió siempre bien. Pero lo que le salía bien, y fue mucho, quedaba insuperable. Como actor cuesta recordar alguna vez en que haya estado mal, si es que la hubo (arriba tienen una de sus mejores escenas de sus últimos años, en El Abuelo, verdadero homenaje de Garci a un intérprete excepcional). Y como creador, obras como El extraño viaje, El Viaje a ninguna parte, Las bicicletas son para el verano, o su libros de memorias, El tiempo amarillo, están grabadas con la suficiente hondura en la cultura española del siglo XX como para sobrevivir a las mezquindades de cualquier ayuntamiento. Incluso al de Ana Botella y su coro griego, verdaderos maestros en estas lides.

Hubo otras cosas que Fernando Fernán-Gómez hizo muy bien. Su labor como articulista, por ejemplo, a la que dio rienda suelta en los años 80 y 90 en El País Semanal y en bastantes terceras de ABC. Hubo otro libro, La buena memoria, de charlas con Eduardo Haro Tecglen, donde se lució en su otra gran faceta, la de conversador. Por eso quizá una de mis películas favoritas de Fernán-Gómez es aquella realizada sobre Fernán-Gómez, La silla de Fernando, donde durante dos horas, desde el salón de su casa de Algete, habla, habla y habla. Y uno no se cansa de escucharlo, no sólo por el interés de lo que cuenta, sino por cómo sus palabras, su énfasis y su entonación van descubriendo su faceta más humana, demostrando que, para que luego digan, según cómo y dónde, podía ser entrañable y (Dios Santo) hasta simpático.

Así que, seis años después de su muerte, quiero recuperar aquí una anécdota sobre él que no mucha gente conoce, y que conté cuando falleció en otro blog que tuve, dedicado al cine. Es de primera mano, y me la contó un músico profesional que trabajó con Fernán-Gómez hace años en la banda sonora de alguna de sus películas. Las sesiones de trabajo solían celebrarse en la casa del cineasta que, por cierto, era un estupendo anfitrión… salvo por un pequeño detalle.

Lo habitual era que, cuando ya llevaban un rato en faena, Fernán-Gomez interrumpiera el trabajo para que todos se tomaran algo. ¿Qué les apetecía, u cafetito, un té, un whisky…? Aquí estaba la clave. Si había más de uno que se apuntara al copazo, don Fernando sacaba un blended normalito, ya saben, un J&B, un Ballantine’s, un Johnnie rojo… Pero si nadie más quería whisky, entonces lo que sacaba era su pedazo de reserva de doce años, sabiendo que podía degustarla sin competencia.

Todo fue más o menos bien, hasta que una tarde uno de los músicos le dijo: Oye, ¿sabes que me está apeteciendo a mí también un whiskycito, viendo lo a gusto que te lo estás tomando tú…? Así que Fernán-Gómez tuvo que compartir el doce años y ver con horror creciente como la sesión de trabajo se alargaba y el nivel de consunción de la botella bajaba de manera apreciable… Hasta que, por fin, no pudo más, se levantó y pretextando no sé muy bien qué excusa, puso a los músicos en la bendita calle.

Es una anécdota menor, pero me apetecía contarla aquí hoy. Para que, si diera la casualidad de que alguien del Ayuntamiento de Madrid lee este post, se entere de que podrán quitar el nombre de Fernán-Gómez de los teatros (aunque las últimas noticias señalan que se han echado atrás, veremos por cuánto tiempo), pero no conseguirán borrarlo de la memoria de muchos madrileños. Su personalidad y su obra son demasiado sólidas para que nadie relacionado con Ana Botella consiga derribarlas. Su amistad con Jardiel Poncela, que escribió papeles específicos para él, su trabajo con los clásicos del Siglo de Oro, su serie de TVE El Pícaro, recordada y apreciada cuarenta años después… Y blogs menores, como este, nombrados precisamente con el título de una de sus películas.

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