Francisco, el Papa de la bronca

7 Ene

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Como algunas otras entradas de este blog, la de hoy hace un poco de trampas con el titular. Todo sea por el noble objetivo de atraer lectores, aunque permítanme que me explique: cuando defino al Pontífice actual como el Papa de la bronca, pienso sinceramente que lo es; pero de forma involuntaria.

Hace tiempo que tenía ganas de escribir algo sobre el Papa, y ahora que el cierre de 2013 le ha supuesto ser nombrado personaje del año por no pocos medios de comunicación, considero que es un buen momento. Aunque este post no va exactamente sobre él: gente mucho más preparada que este bloguero ha llenado páginas sobre lo que dice y lo que hace, sus declaraciones, sus iniciativas y su calculada campaña de marketing personal (que, por otra parte, no tiene nada de reprochable). Más bien me llaman la atención algunas de las reacciones que ha provocado su sola presencia en la opinión pública española, y que han servido una vez más de reflejo fiel sobre cómo nos las gastamos en este país.

Primero: el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio es elegido Papa el 13 de marzo de 2013. Nada más conocerse su nombre, las redes sociales entran en una ebullición de más de 130.000 tuits por minuto referentes a él, entre los que se cuelan algunos que incluyen una antigua fotografía donde, decían, se le ve dando la comunión al genocida general Videla. Incluso siendo el tema del día en Twitter, la velocidad de difusión de la imagen es excesiva para pensar que no proceda de una campaña organizada. Da lo mismo: la izquierda más anticlerical la da por buena sin preguntar dos veces, e inicia una oleada de ataques a insultos antes de que Francisco haya tenido tiempo ni de asomarse al balcón de San Pedro. Lo mismo harán en las próximas horas, cuando a la foto se una la historia de que en sus tiempos de cura entregó a dos compañeros sacerdotes a la Junta Militar.

Segundo: más o menos coincidiendo con la celebración del Cónclave, la derecha más cerril lo utiliza como tema para atacar a sus queridos progres (los adoran ¿sobre qué iban a escribir si no existieran?), interpretando que los deseos de algunos de que llegue un Pontífice menos conservador que sus predecesores significa que quieren un Papa comunista, que colectivice (sea lo que sea eso) el Vaticano, y ordene sacerdotes a gays y lesbianas. Toma ya.

Tercero: sucede que el Papa empieza a trabajar y, lógicamente, a hacer declaraciones sobre temas muy diversos. Se produce entonces un fenómeno bidireccional: la derecha que acabamos de mencionar se afana en tertulias y editoriales para tratar de explicar que el Papa no ha querido decir lo que ha dicho, o no ha dicho lo que ha parecido que decía cuando hablaba de política o hacía mención a la homosexualidad; son los malvados progres los que han manipulado y sacado de contexto sus palabras. Y por su parte, la izquierda que acabamos de mencionar ni siquiera se molesta en escuchar lo que el Papa diga o deje de decir: se le tira al cuello con saña con los temas de siempre como el papel de la mujer en la Iglesia, los mártires de la Guerra Civil, el aborto, la Santa Inquisición o cualquier cosa que les venga a mano del nutrido catálogo anticlerical.

Cuarto: ya como guinda de todo este pastel, tenemos a los ejemplares más lustrosos del fachafrikismo hispánico, quienes, olvidando convenientemente la infalibilidad del Papa, que todo católico debería aceptar, le atacan con idéntica saña pero estos acusándole de tibio, complaciente, progre, comunista y masón, vaticinando que terminará por beatificar a Zapatero y a Willy Toledo, e instándole a tirar ese 4L con el que se desplaza por el Vaticano y a recuperar los fastos propios de su cargo. Hay que reconocer que, a la hora de soltar majaderías, Sánchez Dragó nunca decepciona a su público.

Así que ya lo ven. Este señor dotado de una de esas sonrisas apacibles que dejan entrever una personalidad de hierro (falta le va a hacer) se ha convertido, al menos en España, en el Papa de la bronca. Más allá de hacia dónde lleve a la Iglesia en su pontificado, lo interesante es cómo su mera existencia nos ha disparado ese temperamento descrito por Delibes, según el cual en todos nosotros “existe una antropofagia latente, presta a manifestarse en cuanto se le da ocasión. El español siempre ha jugado a polarizarse en los extremos. Antes que afirmar, niega; antes que esto, es antiaquello”.

Aún así, uno está seguro de que si nos alejamos un poco de tanto ruido inútil, podremos ver que la mayoría de los españoles ha recibido a Francisco sin tanto espumarajo: los creyentes, atraídos por sus mensajes de amor y justicia para los oprimidos, por señalar sin miedo las cosas que van mal dentro y fuera de su Iglesia, y por dejar a un lado los cristales blindados del Papamóvil que le privaban de abrazar a sus fieles; y los no creyentes, con la idea de que en el Vaticano, por primera vez en muchos años, no habita un enemigo, sino una persona con la que se pueden encontrar muchos puntos en común para trabajar juntos, sin que ninguno de los lados busque cambiar al otro, sino comprenderlo; alguien que parece dispuesto a atender a todo el que quiera hablarle con la sonrisa sincera y los brazos abiertos. Tal y como está el mundo, no es poco.

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