Culturas, ministros, pésames

6 Mar

pacoluc

Probablemente todos los que hemos disfrutado con la música de Paco de Lucía podamos contar alguna anécdota personal relacionada con ella, o con su intérprete. Incluso aunque no le hayamos conocido, o no se haya tenido la ocasión de verlo actuar en persona, habrá algún recuerdo sobre el momento en que escuchamos aquél tema, compramos aquél disco, leímos aquella entrevista, vimos aquél documental. Algo que muestre cómo su existencia dejó huella en la nuestra, aunque fuera de una forma fugaz y lejana.

Por eso no entiendo la reacción del ministro Wert. O sí; a fin de cuentas, no hace sino seguir la tradición de sus antecesores en el cargo. Sus declaraciones tras la muerte del maestro sorprenden por lo frío, lo tópico, lo obvio, lo impersonal. Se nota que son textos preparados por su gabinete de prensa que, por otra parte, está para eso. Pero llama la atención su vaciedad. Es como un pésame dado por un robot. Sobre Paco de Lucía dijo que “siempre ha sido embajador de la cultura española, maestro y persona que llevó el flamenco a los últimos confines del mundo”, y sobre Ana María Moix, fallecida pocos días después, lanzó un comunicado resaltando su “extraordinaria labor” como “narradora, poeta y editora. No menos destacado fue su papel en la difusión cultural a través de los periódicos, concretamente a través de sus entrevistas realizadas con un marcado estilo propio”. Más estilo, desde luego, que el que le redactó ese comunicado, que ningún periódico digno de ese nombre habría aceptado de uno de sus redactores.

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No hay nadie que comunique peor que un Ministro de Cultura dando un pésame. Insisto, esto, (por una vez, sobre posts futuros no prometo nada) no hay que tomarlo como una crítica directa a Wert. Su antecesora, Ángeles González-Sinde, dijo lo siguiente sobre Miguel Delibes, fallecido en 2010: “Autor universal, muy leído y muy traducido, sus temas siguen plenamente vigentes y con cada generación se renueva ese batallón de lectores que crece, disfruta y reflexiona con las obras de Delibes”, calificándolo también de “increíblemente fértil, inspirador para otros creadores, lleno de precisión en el lenguaje, en los personajes y en las ideas”. Todo muy bonito. Y muy previsible.

MIGUEL+DELIBES

¿No se echa en falta aquí algo, un toque personal? En un campo como la cultura, que parecería merecer una mínima implicación de sus máximos representantes oficiales, ninguno se sale nunca del guión. González-Sinde podía haber recordado cuándo y cómo descubrió a Delibes, y estoy seguro de que Wert tiene que haber escuchado a Paco de Lucía en una ocasión que se le haya quedado en la memoria. Habría, claro, quien les acusara de querer acaparar protagonismo si contaran esas cosas. Otros pensaríamos que estaban expresando su admiración personal, que no tiene que estar reñida con la oficial.

Hace unos años, entrevisté brevemente a Paul Auster para televisión. Como el programa estaba organizado por National Geographic, me dijeron que incluyera alguna pregunta sobre la revista. No andaba yo muy convencido: “Venga, hombre ¿qué tiene que ver Paul Auster con National Geographic? Ni te digo a dónde me va a mandar”. No me mandó a ninguna parte, porque Auster es un tipo muy agradable y educado. Y no sólo eso: cuando le solté la pregunta, recordó automáticamente un verano de hace muchos, muchos años, cuando estuvo en Francia con una novia de entonces, alojado en un hotelito que no podían pagar, y cómo resolvieron el problema gracias a la ayuda de un fotógrafo de la revista que también se alojaba allí. “Así que puede decirse que National Geographic me pagó las vacaciones”, terminó sonriendo, y demostrando que como comunicador tenía el mismo nivel que como escritor.

No hay que esperar de nuestros mandatarios que tengan la rapidez de reflejos de Auster. Pero podrían y deberían reconocer sin miedo lo que la obra de un artista que se ha ido significó para ellos. La cultura sale de muy adentro de quienes la crean, y llega muy adentro en quienes la disfrutan. Por eso me gustaría que sus representantes oficiales, a la hora de hablar sobre un autor, apartaran el cargo y dejaran salir a la persona. Siquiera, por un momento.

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