El enemigo de la cultura no es Wert; somos nosotros

9 Mar

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En esta mañana de domingo, Twitter viene cargadito con los mensajes y fotos enviados por miles de personas desde un Paseo de la Castellana encendido con la etiqueta común #TodosSomosCultura. La idea de esta convocatoria es reivindicar el papel que esta cultura juega no sólo en la formación del individuo, en su madurez intelectual y personal, sino también dentro del tejido económico del país. La cultura es riqueza y crea riqueza. De forma no muy original, los medios –mejor dicho, los extremos- de siempre lo han interpretado como un ataque personal al ministro Wert, que tanto ha hecho por la cultura desde su llegada al cargo, como subir el IVA, fumarse la gala de los Goya y aumentar la temperatura de un ambiente ya bastante caldeado con la chulería y prepotencia de sus declaraciones.

Bienvenida sea la manifestación, pero por mucho éxito que tenga y muchas gargantas que canten a coro el Va, Pensiero de Verdi, creo que se están equivocando de objetivo. Wert no es más que otro político, de los que vienen, se lucen y se van. Pensar que un sujeto como él puede causar ningún daño permanente es darle demasiado valor, y quitárnoslo a nosotros. Un país donde la cultura importara de verdad, donde la música, el cine, la literatura y el arte formaran un todo sin el cual la mayoría de la población no admitiera vivir, aguantaría con mayor solidez los ataques, o los desentendimientos, de cualquier cargo público. Más aún: en un país donde ocurriera todo eso, ningún Gobierno y ningún Ministro de cultura se atreverían a tocar un tesoro cuya riqueza fuera apreciada y proclamada por millones de ciudadanos.

Pero un país donde la cultura lleva años siendo sistemáticamente despreciada, cuando no atacada, por medios de comunicación y usuarios sin escrúpulos, eso ya es otro cantar. Ataques que han venido de dos frentes: el político desde los tiempos de la Guerra de Irak, cuando los cineastas que encabezaron las manifestaciones fueron señalados y atacados –aún lo son- con una lluvia de descalificaciones y mentiras: vagos, paniaguados, subvencionados, titiriteros (esta palabra no había sido nunca un insulto, hasta que se empezó a oír a Jiménez Losantos soltarla llenando de bilis el micrófono). Los de la ceja, ya saben. Todo dicho a gritos, buscando injuriar y aniquilar, no denunciar. Y poco a poco, estos calificativos se fueron permeando desde el mundo del cine a las disciplinas adyacentes, colando poco a poco la idea de que cualquier persona que se gane la vida con la cultura –por cierto, sea de izquierdas o de derechas- es sospechosa de ser un vago que se nutre del dinero público.

Lo cual vino muy bien al otro sector anticultural, este ya carente por igual tanto de una ideología política concreta, como de escrúpulos: los que, escudados tras la reivindicación del derecho a la cultura de todos los ciudadanos, han defendido el ataque a los derechos de autor, la piratería sin freno, el derecho a tenerlo todo ya, sin esperar, y sin pagar por ello. No es un fenómeno nuevo, y el problema es que lleva ya entre nosotros suficientes años como para que haya calado entre las generaciones más jóvenes, que consideran las descargas ilegales como algo natural, y que llegan a insultar a los creadores de los mismos productos que consumen gratis, diciéndoles que se ganen la vida de otra manera. Todo ello, comandado por unos gurús que desde cualquiera de los bolos a los que les invitan, proclaman desde grandes alturas morales la necesidad de implantar en la cultura “un nuevo modelo de negocio”. Ellos, desde luego, lo han implantado con gran eficacia en su propia cuenta corriente. Menos se les ha oído hablar de la imprudencia que significa cortar los fondos para las bibliotecas públicas o de la promoción de la música clásica, porque su concepto de cultura no va mucho más allá de la última temporada (estupenda, por cierto) de House of Cards.

El respeto a la cultura pasa por atribuirle un valor económico. Ahorrar para comprar ese disco, esperar con impaciencia la Navidad o el cumpleaños para pedir ese libro que estamos deseando leer, son cosas que mi generación ha experimentado. Y en los tiempos de estrecheces económicas –la juventud es una, salvo que tu papá sea apellide Botín, y muchas veces, ni así- , había soluciones, desde las bibliotecas públicas a las rebajas, las exposiciones gratuitas, el Día del Espectador, la Cuesta de Moyano o el Rastro. Y el préstamo entre amigos, siempre con la idea de que había que devolver lo prestado, precisamente porque tenía valor. Pero el valor de lo que se descarga a toneladas, simplemente porque está ahí y es fácil, no puede apreciarse. No hay selección basada en un criterio; sólo afán de acumulación.

Uno quiere creer que todos los que se manifiestan ahora mismo en Madrid tienen todo esto lo bastante claro, y que entienden que podemos –y debemos- criticar al ministro Wert por su desinterés y su desprecio hacia los profesionales de la cultura y quienes la consumen; pero es igualmente necesario no culturizarnos, sino reeducarnos. Volver a inculcar en la gente la idea de que hay actitudes tecnológicamente viables, pero cívicamente condenables. Que la principal ayuda que necesitan nuestro cine, nuestra música, nuestras artes plásticas y nuestra literatura es el aprecio y el respeto de los ciudadanos. Y cuando un ministro vea eso, quizá se lo piense dos veces antes de meterse con ellas.

Y, al igual que la concentración de hoy, este post también se termina con Va, Pensiero. Que lo disfruten.

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