¿Debemos negarnos (siempre) a trabajar gratis?

27 Mar

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Comprendo que este post, así al principio, no va a ser demasiado popular. Vamos, que me puede caer una buena, y no es para menos. El índice de paro que asola la profesión periodística es bien conocido, y la proliferación de agencias de comunicación de todo pelaje hace que algunas recurran a becarios mal pagados (o no pagados en absoluto) para realizar trabajos de categoría muy superior a la que les corresponde. No hay nada como una crisis para potenciar el trabajo esclavo. Y la gente anda muy cabreada con el tema, como muestran iniciativas tan populares como la que se puede encontrar en Twitter bajo la etiqueta #gratisnotrabajo, donde se denuncian las ofertas de empleo vergonzosas no sólo para quien las recibe, sino también para quién las hace si a este le quedara algo de vergüenza, lo cual no suele ser el caso.

Pero de hecho, podría decirse que muchos profesionales ya estamos trabajando gratis en más de una ocasión. Llevar un blog, gestionar nuestras cuentas en redes sociales, o asistir a determinados eventos son labores no remuneradas, que para algunos pueden constituir un hobby, pero para otros son parte de una tarea continua de proyección personal, donde buscan mostrarse actualizados y receptivos a las oportunidades que puedan surgir.

Todos queremos cobrar un sueldo digno. Y, los que no tienen un sueldo, exigen que los encargos que les llegan estén pagados de acuerdo con lo que se les pide. Con todo, surgen aquí y allá cosas puntuales (no estoy hablando de ninguna manera de empleos fijos) que en ocasiones, sólo en ocasiones, convendría considerar, siempre y cuando nos vayan a aportar alguna ventaja extraeconómica. Antes que cerrarnos en banda ante ellas, quizá fuera conveniente hacerse las siguientes preguntas:

1. ¿Qué es exactamente lo que me piden? Es decir, no nos estamos refiriendo a las ofertas de trabajar jornadas de nueve horas, con festivos disponibles. Esas sólo tienen una respuesta, y no la vamos a reproducir aquí. Otra cosa son proyectos fáciles, que nos apetezcan y que no requieran demasiado tiempo ni esfuerzo. Una o dos horas por semana, algo parecido. No abundan, pero de vez en cuando aparece uno. Y en ese caso deberíamos calcular si la idea nos tienta, y si tenemos algo más productivo en qué ocuparnos. Si la respuesta a la segunda pregunta es sí, olvidemos el asunto.

2. ¿Voy a aprender algo? Ya sabemos que dinero, no hay. Pero puede haber otras compensaciones. Sobre todo en entornos como la comunicación y el periodismo, donde no cesan de aparecer nuevos soportes, estrategias y herramientas, podemos considerar si el trabajo nos permitirá manejarnos mejor en campos donde estamos vírgenes: redes sociales, SEO, edición de vídeo, locución, redacción, organización de eventos. Nadie sabe de todo, y hay profesionales con años de experiencia que cojean de alguna de estas patas.

3 ¿Me servirá de proyección? Si lo que nos ofrecen nos va a permitir elaborar un perfil profesional más completo, puede ser interesante aceptarlo. Por el nombre de la empresa, por los clientes relacionados, o por la gente que vaya a verlo. Entre quedarse en casa o asomar la cabeza formando parte de algún asunto interesante, siempre (o casi siempre) será más conveniente lo segundo.

4. ¿Ampliará mi círculo de contactos? Básico. Las redes sociales y esas cosas están muy bien, pero los contactos en el día a día son lo que verdaderamente importa. Tengamos en cuenta si podremos utilizar lo que nos piden para añadir más nombres a nuestra agenda o, en su vertiente más moderna, a nuestra lista de conocidos en Linkedin. Para que se acuerden de nosotros cuando vuelvan a necesitar a un buen profesional… y las cosas hayan mejorado y puedan pagarlo.

Si han conseguido llegar hasta aquí sin acordarse de mis ancestros más próximos, sólo un último apunte. Creo, sinceramente, que si se cumplen las condiciones señaladas más arriba, puede aceptarse algún trabajo sin cobrar. Pero sólo alguno. Y jamás dos veces. Y entre un trabajo pagado y otro gratis, no hay elección posible. Pero si no hay otra cosa, puede ser una manera de meter la nariz en sitios que de otro modo estarían vedados. Sin contar con lo mejor de todo: la opción de hacerles un corte de mangas y salir por la puerta en cuanto nos apetezca. Total, tampoco nos pueden despedir.

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