Lo que mi jardinero me enseñó sobre comunicación

20 May

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No sé si han visto ustedes Conversaciones con mi jardinero, de Jean Becker. Se la puede clasificar en el subgénero de película francesa bonita, donde encontramos cosas como Amelie, El Marido de la Peluquera, La Fortuna de Vivir, Intocable, ya se hacen a la idea. Esta cuenta la historia de un pintor famoso que busca a un jardinero que le cuide las plantas y el huerto de la casa familiar; el jardinero es un amigo de la infancia, y por supuesto, con su manera de ser, sencilla y entrañable, consigue abrirle los ojos y hacerle reflexionar sobre lo que de verdad importa en la vida… Bueno, lo dejo aquí porque no quiero estropearles el final.

Yo también he aprendido mucho gracias a mi jardinero. Pero más que sobre el sentido de la vida, mi aprendizaje ha tenido que ver con el mundo de la comunicación, que ocupa parte de mi actividad profesional. Nunca se es demasiado viejo para ampliar conocimientos, de forma sencilla y entrañable, así que paso a hacerles un breve resumen de cómo transcurrió la historia y de su paralelismo con el ámbito de las RR PP.

Llegó un día en que en casa nos dimos cuenta de que necesitábamos ayuda profesional para tener el jardín mínimamente cuidado. Por sí solos no dábamos abasto, como tampoco lo dan los departamentos de comunicación de algunas empresas. Así que, como hacen ellas, buscamos ayuda externa, en una agencia, perdón, empresa de jardinería de la zona. No estamos hablando precisamente de la jungla de Jumanji; es un jardincillo de tamaño normal. En términos de agencia, sería una cuenta pequeña. Así que acordamos el siguiente trato:

  • La agencia, es decir la empresa de jardinería, se comprometía a prestarnos unos servicios a cambio de un fee mensual.
  • Dichos servicios comprendían un equipo formado por el director de cuenta (el jardinero jefe) y el ejecutivo (el jardinero subordinado). Trabajarían para nosotros durante un determinado número de horas semanales, en un día de la semana mutuamente acordado.
  • Durante esas horas, llevarían a cabo unas labores previamente establecidas; en una agencia de comunicación estas suelen comprender elaboración de notas de prensa, recogida de clippings, atención a los medios, consecución de entrevistas. En nuestro caso, comprendían elaboración de arriates, recogida de malas hierbas, atención a las plagas (nada que ver con los periodistas, por Dios) y consecución de chapuzas puntuales.
  • Los servicios no recogidos en el fee mensual, como organización de eventos o elaboración de obras menores, serían presupuestados aparte en tiempo y materiales.

Una vez establecidas las bases del contrato, el equipo comenzó a trabajar con entusiasmo. Colocaron grifos nuevos, arreglaron el riego automático, podaron, desbrozaron, plantaron, barrieron y cavaron. Llegaban a la hora establecida en el día de la semana acordado, y trabajaban el número de horas estipulado. Los resultados (el clipping) se hicieron evidentes, y el cliente (nosotros) estaba satisfecho con el ROI obtenido.

Entonces, las cosas comenzaron a cambiar.

  • Primero, la agencia (los jardineros) cambió unilateralmente el día y la hora de llegada. De la mañana de los lunes se pasó a la tarde de los viernes. Hablamos con ellos. Sentían no habernos avisado, pero tenían otro cliente que les había surgido de modo puntual, y en cuanto terminaran con aquello volverían a su horario habitual. Primer mosqueo.
  • Segundo, el equipo de la cuenta (o tal vez la agencia entera) se cogió vacaciones sin molestarse en dar aviso previo al cliente de cuándo se iban, ni de cuándo pensaban volver. Hablamos con ellos (cuando volvieron, claro). Se disculparon. Segundo mosqueo.
  • Tercero, el cliente (nosotros) pidió presupuesto y tiempo estimado para la realización de un proyecto no contemplado en los servicios. Solicitamos que se llevara a cabo dentro de las horas contratadas, ya que no era cosa urgente y en invierno tampoco había tanto que hacer. No les gustó, pero aceptaron. El ritmo de trabajo comenzó a decaer. El presupuesto establecido se quedó corto por un error de cálculo, y era necesario comprar más materiales. El cliente (servidor) agarró el coche y condujo hasta un vivero al lado de casa, y descubrió que. pidiendo ahí el material, se conseguía un ahorro de 80 euros con respecto al presupuesto ofertado por la agencia. Hablamos con ellos. Pasamos del mosqueo al cabreo de nivel medio.
  • Cuarto, de un tiempo a esta parte el equipo encargado de gestionar la cuenta se reduce. Llegan el director y el ejecutivo, pero el director se echa un cigarrito en el jardín, y después de tirar la colilla entre los rododendros, se larga, y no regresa hasta última hora, para recoger el material y al ejecutivo. Hablamos con ellos. El cabreo sube ya a niveles propios del Krakatoa y nos convertimos en un cliente descontento. De forma sencilla y entrañable, les deseamos que se la pique un pollo tomatero, que se la succione un camello con los dientes cariados y que se la machaque un gorila con parkinson.

Ahora, quien no encuentre algunas coincidencias entre la jardinería y las agencias de comunicación, que levante el dedo, que en Colón hay una estatua muy maja que le quiero vender. Cambio unilateral de las condiciones del contrato. Equipo profesional inferior en número y categoría al acordado. Cobro por servicios suplementarios a unas tarifas completamente subidas de madre. Hasta que al final, los intentos de abusar del cliente terminan provocando su pérdida. El cliente se busca otra agencia –u otro jardinero- y la agencia –o el jardinero- que no aprende, se lanza en busca de otro cliente a quien tangar. Ambos suelen encontrarlo, y la vida sigue. Como en las películas francesas.

Conclusión: tanto en el mundo de la jardinería como en el de las RR PP, lo mejor es que no te toquen demasiado el gladiolo.

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