Ana María Matute, la niña que supo ver la infancia

26 Jun

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El calificativo más tópico para referirse a Ana María Matute fue siempre el de “niña”, y los artículos publicados tras su muerte no han sido una excepción. En parte porque a la propia escritora le gustaba definirse como tal, y en parte porque, por lo menos para mi generación, Ana María Matute comenzó a revelársenos como una autora infantil. La culpa, supongo, la tuvieron esos libros de lectura que había en el colegio (Senda, de los que creo que ya he hablado aquí en otra ocasión), que recogían abundantes pasajes de sus obras, junto con los de Amado Nervo, Campoamor o Gloria Fuertes que, lógicamente, eran otra cosa.

Un poco más tarde fue cuando comprendimos que Ana María Matute no era una autora de relatos para niños, sino una autora de relatos sobre niños. La lectura de Algunos muchachos y otros cuentos (en aquella edición popular de la Biblioteca Básica Salvat / RTV) nos abrió los ojos y barrió cualquier duda: en esas páginas estaba representada la infancia sin idealizar, tal cual era; más allá del escenario y la época donde cada historia estuviera localizada, en sus líneas campeaban el miedo, la inseguridad, la tristeza y el llanto. La fragilidad de los primeros años ante un mundo desconocido y oscuro, lleno de misterios y amenazas, algunas de las cuales acechaban en forma de otros niños, capaces de una crueldad pura y sin embargo inocente, y a veces letal.

Eran las historias de una escritora sobresaliente que conocía lo bueno y lo malo de todas las épocas de la vida, y lejos de suavizarla en su prosa, la plasmaba sin retoques. Por eso, cuando ya adultos cogimos obras como Primera memoria, estábamos preparados. Los relatos anteriores de Matute nos habían hecho crecer y endurecernos, como la propia vida.

No hace demasiado tiempo, en unas declaraciones, Ana María Matute volvió a insistir sobre la necedad que impera actualmente de suavizar (aún más) los cuentos tradicionales para niños, en un intento de sobreprotección que podía dejarles indefensos cuando más tarde descubrieran que en el mundo real los ogros y los monstruos abundan más que las hadas y las princesas. Ella los conoció también. Y para muchos lectores fue una de nuestras hadas madrinas; sin poderes mágicos, pero preocupada por dotarnos del conocimiento que tan útil nos sería en años posteriores, cuando nos tocara enfrentarnos a nuestros ogros particulares. Quizá por eso sus ojos transmitían esa mezcla de dulzura y dureza, de carácter y de amor. Quien realmente te quiere no tiene miedo de contarte la verdad.

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