Robin Williams, genio oculto

18 Ago

collage_robin_williams

Cuando muere un cómico, no nos quedamos necesariamente más tristes que cuando se va cualquier otra celebridad que nos haya hecho disfrutar o haya dado con su arte un poco de color a nuestra vida. Pero cuando un cómico se suicida, queda en el aire como una sensación de injusticia. Alguien, en algún momento, ha sido engañado. Su público, por creer que la simpatía y el dinamismo que tan fácilmente se nos contagiaban procedían realmente del interior de esa persona, en vez de ser en ocasiones el producto de años de oficio, sirviendo de tapadera a un estado interior que poco o nada tenía que ver con lo que percibíamos.

Y el sentimiento de injusticia no puede evitarse al pensar que toda la alegría que transmitía esa persona se mostraba inútil para ayudarle. La risa ayuda, contribuye a nuestra buena salud física y mental, y por tanto quienes la provocan son, entre otras muchas cosas, sanadores de muchas personas. Han sido bendecidos con un don del que, en una cruel paradoja, ellos mismos a veces no pueden servirse.

Robin Williams fue un gran cómico que a veces parecía empeñado en demostrar que no lo era. Su filmografía está llena de repeticiones y mediocridades que hay que rastrillar bien para poner al descubierto sus mayores logros. Es curioso que los trabajos que antes vienen a la memoria sean los peores o los más monótonos, como aquellos que le convirtieron en la estrella obligatoria de Hollywood cuando tocaba interpretar a niños en cuerpos de adulto (Jack, Hook, Patch Adams, Jumanji). Más aún teniendo en cuenta que, como otros actores que alcanzan la fama por su talento para la comedia, Williams comenzó a hacer papeles dramáticos en cuanto tuvo el poder suficiente para elegir.

Estuvo a la altura de Robert de Niro en Despertares (Penny Marshall, 1990), y de Al Pacino en Insomnio (Christopher Nolan, 2002), donde interpretaba al asesino; ese mismo año dio vida a otro psicópata en Retratos de una Obsesión (Mark Romanek), y antes había llenado la pantalla de dolor con ese hombre dispuesto a darlo todo –literalmente todo- por recuperar el alma de su mujer en Mas Allá de los Sueños (Vincent Ward, 1998). Ganó un Oscar como Mejor Actor Secundario por El Indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), y cuando se estrenó El Club de los Poetas Muertos (Peter Weir, 1989), la idea de que cualquier otro actor hubiera podido interpretar a John Keating pareció, de repente, absurda.

En la comedia acabó a veces, como otros muchos, atrapado por sus propios tics, pero cuando cogía el personaje, sentaba cátedra. Y nunca la sentó más que cuando grabó dieciséis horas de material ante los animadores de Disney, que escogieron lo mejor de aquella enloquecida máquina de improvisar para crear al ya clásico e inimitable Genio de Aladdin (1992). Además de un personaje, el Genio es una descarga de adrenalina, un torbellino. Y Friend Like Me, una canción que electrifica el ánimo.

El Genio tenía los ojos alegres. A pesar de todo lo que nos hizo reír, Robin Williams, si nos fijamos bien, no los tenía.

Una respuesta to “Robin Williams, genio oculto”

  1. drlopezvega 2014/08/29 a 1:27 pm #

    No me caen especialmente simpáticos los actores histriónicos, de infinitas muecas a medio camino entre la epilepsia y la bobería, ni los papeles diseñados justo para que esos tipos desplieguen su panoplia de chorradas. Cuando RW incurría en esos excesos (verbigracia, Jack), se me hacía insoportable.

    Sin embargo, en El indomable… encarna a un psiquiatra, torturado por la pena él mismo, con un comedimiento y a la vez una fuerza realmente estremecedores. Igualmente, el profesor Keating es un asombroso ejercicio de entusiasmo, decepción, dolor, orgullo, abatimiento, humillación, alegría, marasmo… Todos esos sentimientos que en uno u otro momento, a veces simultáneamente, a veces atropellándose en el plazo infinito de apenas un día, nos asaltan a quienes trabajamos de cara al público. Pero todos expresados con absoluta naturalidad, tan ínfimos como aconseja la pura cotidianeidad, o tan conmovedores como el nudo que se te pone en la garganta sin que nadie lo vea.

    Ahí, en esos papeles prodigiosos, RW alcanza las cotas eximias de Chaplin en El gran dictador, de Robert Mitchum en La noche del cazador, de Paul Newman en El buscavidas. Los más grandes, los que han hecho del cine (apenas una caseta de sombras chinescas) una expresión artística aún insuperada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: