El arte de equivocarse: de Carmen Sevilla a Mariló Montero

22 Sep

MONTEROSEVILLA

En la historia de la comunicación hay notables ejemplos de gente que convirtió sus equivocaciones en parte de su marca personal. En el Hollywood clásico cobraron gran fama los “goldwynismos”, o meteduras de pata del productor independiente Samuel Goldwyn, derivadas a veces de su incompleto dominio del inglés: “Caballeros, les ruego que me incluyan fuera de este acuerdo”; “No me importa si esta película hace dinero o no ¡Lo que quiero es que vaya a verla todo hombre, mujer y niño de Estados Unidos!”; “cualquiera que vaya a un psiquiatra debería hacer que le examinen la cabeza”; “Un acuerdo verbal no vale ni la tinta en la que está escrito”.

Su biógrafo A. Scott Berg cuenta el daño que le causaban a Goldwyn las burlas que provocaban esos errores. “Odio mi boca”, llegó a decir. Pero hoy son vistas como una peculiaridad, un rasgo simpático de un magnate que demostró tener un talento descomunal para el cine y para los negocios, y que dejó por el camino unos cuantos títulos inolvidables.

En otro ámbito, hace unos cuantos años Valerio Lazarov, en su época de director de Tele5 tuvo la genial ideal de contratar a Carmen Sevilla para que presentara el hasta entonces anodino espacio del Telecupón. El éxito fue inmediato, y las meteduras de pata, también. De hecho, no se puede comprender el uno sin las otras. Metía la pata con los nombres de la gente que llamaba al programa, con sus profesiones, con sus comentarios, y cuando tenía que pronunciar algo en inglés (quiso la mala suerte que después del Telecupón viniera “Chuck Norris en Walter Texas Ranger”), aquello ya era el acabose (No faltaron los rumores malintencionados como la historia –falsa- de que había llamado un espectador diciendo que era parapléjico y ella contestó “¡Ay, qué profesión tan bonita!”). Pero se dio un caso curioso; cuanto más se equivocaba, más la quería la gente y más aumentaban sus fans. Puede decirse que sus errores en directo le proporcionaron una segunda juventud artística.

Y, ya en 2014, tenemos a Mariló Montero. Es un poco exagerado decir que, si no fuera por Twitter, muchos ni nos enteraríamos de que existe esta chica, pero la ignorancia de que hace muestra, y las equivocaciones que comete, la convierten en carne de Trending Topic día sí y día también. Sus meteduras se están convirtiendo en parte indeleble de su imagen pero, a diferencia de Carmen Sevilla, no le están granjeando la simpatía de los espectadores. Todo lo contrario. Todos sabemos la mala uva que se pueden gastar los tuiteros (mea culpa, aquí les dejo uno que puse yo):

MITUIT

Pero ¿cómo se explica la diferencia entre la simpatía con que se recibían los fallos de una y la ferocidad con que se propagan los de la otra? Repasemos las que pueden ser las principales razones:

Carmen Sevilla no era una desconocida. Todo lo contrario; sus años artísticos la habían convertido en una de las figuras públicas más populares de España. De repente, aceptó un reto profesional que no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta entonces. Pero tenía décadas de trabajo detrás y venía de una pobreza que nunca había olvidado. El público la recibió con curiosidad… Y con buena disposición.

Carmen Sevilla fue fichada por una televisión privada. En un momento, además, muy alejado de la crisis que vivimos hoy. Eran todavía años burbujeantes, donde las cadenas buscaban famosos, nuevos o viejos, para competir por la audiencia; salvo la consabida excepción de TVE, nadie solía preocuparse por cuánto les pagaban. Mariló Montero ha llegado con un contrato excepcional a la cadena pública, en unos tiempos donde debería primar la austeridad.

Carmen Sevilla presentaba contenidos inofensivos. Salvo para el que le tocara el Telecupón cada día, su programa no ofrecía nada más que entretenimiento mero y fugaz. No tocaba temas sociales, no tenía la menor ínfula cultural, no se metía en jardines de sucesos, actualidad ni información sensible, que necesita de mucho remache y preparación. Y, lo más importante:

Carmen Sevilla se tomaba sus equivocaciones con humor. No se enfadaba, no se ofendía, no echaba las culpas a nadie, no se escudaba en salidas de contexto. La facilidad con que se reía de sí misma y con que anticipaba sus equivocaciones (“Bueno, pue esta noche os dehamo con, uh, verá tú ahora, ya estamos, Chu Norri en Walersarreinge o como se diga”) fue su mejor blindaje contra las críticas. Era natural. Era buena persona. Nunca pretendió estar por encima de la gente de la calle, de la que ella misma procedía, y que constituía su público de cada noche.

Quien no haya metido la pata alguna vez en su trabajo, que tire la primera piedra. La televisión en directo tiene un especial peligro, y una metedura de pata puede aparecer multiplicada de modo exponencial (no sé qué se quiere decir exactamente con eso de exponencial, pero lo utiliza todo el mundo), sobre todo cuando en las redes sociales te están esperando que las mismas ganas que los cocodrilos a que se caiga Indiana Jones. No te librarás de cometer errores; lo que te definirá ante los demás es tu manera de aceptarlos.

2 comentarios to “El arte de equivocarse: de Carmen Sevilla a Mariló Montero”

  1. Patricia Millán 2014/09/22 a 4:54 pm #

    Un gran análisis Vicente. Yo añadiria otro punto: Carmen Sevilla procede de una generación con estudios mínimos, forjada a base de experiencia laboral, de buen tino eligiendo trabajos y de talento personal, como apuntas en el primer comentario. Eso ayuda a granjear la simpatía de los demás, que la ven como un ejemplo de constancia, aún cuando no hubiera sido famosa ya. Mariló Montero tiene unos estudios de los que al parecer no ha extraído mucha información de utilidad, y tampoco da la impresión de que ello le avergüence ni que se esfuerce por mejorar. Y esto también se nota.

    • Vicente F. de Bobadilla 2014/09/22 a 6:34 pm #

      En efecto, Patricia. Es una precisión muy conveniente.

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