El Mercadillo

25 Sep

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Casi ningún fin de semana faltaba al mercadillo que se celebraba en su pueblo en la mañana de los sábados.

Entre aquel laberinto de ropa, artesanía, objetos procedentes de casas vaciadas a granel y puestos de contenido difícil de concretar, él buscaba libros. No solía haber gran cosa, pero cuando la había, la conseguía por mucho menos de lo que le habría costado en una librería de viejo de la capital. Era una labor de hormiga, sábado tras sábado, pero estimulada por las recompensas ocasionales. A veces, un ejemplar firmado por el autor. Otras, una edición antigua en buen estado. Pero el mayor premio se daba en las raras ocasiones en que una biblioteca entera se ponía a la venta, en bloque. Ahí sí podían encontrarse tesoros a poco que se escarbara. Ni quienes la habían vendido, ni quien la compraba, eran conscientes del verdadero valor de algunos ejemplares escogidos. Él, sí.

Eres un carroñero, le decían, no del todo en broma, algunos amigos que no compartían su pasión. Pero él sabía que no había bibliófilo que no hiciera lo mismo si tenía la oportunidad.

Con frecuencia, rebuscando en los puestos, encontraba libros que ya tenía. Incluso más de uno seguido. Como aquella mañana. Se acercó a un puesto excepcionalmente bien provisto, y le llamó la atención, cuando con el dedo comenzó a pasar los libros del primer cajón que tuvo a mano, comprobar que los tenía todos.

Eran títulos, desde luego, bastante populares, muy comunes en cualquier biblioteca, y el cajón no contendría más de quince volúmenes. Difícil, pero no imposible; la ley de las posibilidades llevada al máximo. Sonrió, y pasó al siguiente.

También tenía todos. Lo mismo en el tercer cajón, y en el cuarto. Cuando llegó al quinto, dejó de mirar. Había reconocido un libro, que en casa tenía dedicado por un escritor amigo suyo. Y sintió un escalofrío junto con la certeza de que, si abría ese volumen, aquella dedicatoria estaría allí.

Comprendió lo que había pasado; que había llevado más allá del límite su costumbre de no faltar ningún fin de semana al mercadillo. Ahora su dedo, todo él, se hacía incorpóreo, y sintió indignación cuando vio que el placer de sentir la textura del papel y el polvo de las cubiertas se había terminado para él. Pero aún sintió mayor indignación cuando vio llegar al puesto al primer carroñero, con los ojos brillantes y relamiéndose, listo para alimentarse de los restos más apetitosos de lo que había sido su biblioteca.

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