Rituales Cotidianos: disciplina y pulsión creativa

25 Oct

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Muchas personas que, por profesión o por afición, se dedican a alguna actividad creativa –escribir, dibujar, componer- tienen cierta curiosidad por las rutinas de sus colegas más ilustres. A mí, desde luego, me pasa con los escritores. Sus métodos de trabajo, sus horarios, sus manías: si escribían por la mañana, tarde o noche, a mano, a máquina, en ordenador, con pluma, bolígrafo, lápiz, o las tres cosas. Cuántas correcciones hacían, y cuántas horas dedicaban a crear. Esta foto que les dejo aquí es la mesa de trabajo de Robert Graves en su casa museo de Deia, que tuve ocasión de visitar este verano. Un remolino de tachones y apuntes que se iría transformando en el estilo indiscutible de un autor que jamás me ha decepcionado.

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Para quienes compartan esta afición, el libro que encabeza este post es imprescindible. No sólo abarca a escritores –curioso, Graves no aparece-, sino también pintores, escultores, compositores e incluso algún científico. Su origen está en el blog que abrió su autor, donde fue colocando, según la encontraba, información sobre los hábitos de trabajo de creadores de todos los campos y épocas. El éxito fue tal que, como ha ocurrido otras veces, Mason Currey consiguió el mayor reconocimiento que puede hacerse a un blog: ser publicado en papel.

Su lectura es adictiva; la brevedad de cada texto permite ir saltando de una curiosidad a la siguiente, sin que uno llegue nunca a sentirse saciado. El ritual de la taza de café de Kierkegaard; los decorados campestres, con vaca incluída, que Alice B. Toklas disponía para que Gertrude Stein se inspirara; el silencio absoluto que Thomas Mann imponía en su casa; la combinación de pintura y deportes duros que practicaba Joan Miró como antídoto contra la depresión; la tiranía hacia su esposa de Gustav Mahler; las caminatas de Eric Satie; el “útero” para escribir que se preparaba en su cama Patricia Highsmith, con una cafetera y un paquete de gauloises a mano; el ritmo frenético de Mozart, que sólo le permitía cinco horas de sueño diarias; la resistencia al alcohol de Francis Bacon o Ernest Hemingway, madrugadores disciplinados aunque la noche anterior sólo hubieran dispuesto de un par de horas para dormir la borrachera.

De toda esta mezcla de rutinas, poco a poco se va amalgamando una sensación que trasciende lo artístico: la determinación de muchos de sus protagonistas por ajustar su vida a su impulso de crear. Estos Rituales Cotidianos, en muchos casos, fueron recogidos cuando sus protagonistas estaban ya consagrados, y podían dedicar la jornada entera a su arte. Pero también se habla de sus años en el anonimato, cuando había que ajustarse el día para repartir la creación con el empleo que les daba de comer; escribir, pintar o componer robando horas al sueño, exprimiendo el tiempo libre, con una irreductible constancia de la que al final fueron saliendo las primeras obras.

La lectura del libro de Currey le deja a uno vigorizado, con ganas de lanzarse en el momento a seguir con cualquier proyecto que tenga entre manos, eso que le falta completar para saber lo que quiere ser de mayor. Es curioso que lo que se ha presentado como un paseo por los mecanismos de creación de artistas famosos pueda ser interpretado también como uno de los mejores libros de autoayuda de los últimos años.

 

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