Misterios de una dama de Sorolla

10 Nov

Juliana+Armour+FergusonLas exposiciones de arte son uno de esos lugares a los que algunos no concebimos asistir sin una libreta. Más que en otros sitios, en ellas siempre late la oportunidad de, por lo menos, anotar los cuadros que más nos han gustado, algunos de los nombres y datos explicativos que se reparten por las paredes para luego buscar algo más de información sobre ellos, o algunas citas literarias con que se sazona la decoración de las distintas salas.

En la exposición Sorolla y Estados Unidos, que la Fundación Mapfre alberga en su sede de Madrid hasta el próximo 11 de enero, destaca, entre los diversos retratos que el pintor realizó a los potentados de la época, a sus mujeres y a sus familiares, el de una mujer: Juliana Armour-Ferguson. Quizá no sea el mejor de la muestra, ni siquiera el mejor retrato femenino, pero presenta ciertas peculiaridades que le impulsan a uno a detenerse. Hay que mirar bien el entorno, en modo alguno elegido por azar. Los blancos y azules que en Sorolla deslumbran en sus paisajes marinos, aquí se concentran en la colección de figuritas egipcias emplazadas detrás de la dama, en la que ella misma sostiene con sus manos o en el collar de lapislázuli que cuelga de su cuello. Complementos que dan una personalidad especial a la retratada, si se considera que en la sociedad previa al turismo y el conocimiento de masas en que fue pintada la tela, conseguir ese tipo de antigüedades no sólo requería de dinero en abundancia, sino de conocimiento y buen gusto, también en grandes cantidades.

Anotado el nombre, sale uno de la exposición con ganas de saber más sobre aquella mujer. Un rápido rastreo por las redes aporta datos interesantes, ceñidos al tópico de las grandes fortunas estadounidenses de la época: Juliana Armour Ferguson era la heredera de la compañía cárnica Armour. La riqueza de su familia parece haber sido invertida sabiamente en su formación, pues, junto con su marido, el doctor Farquhar Ferguson, recorrió Europa visitando abundantes monasterios en Italia y España, que le servirían de inspiración a la hora de encargar la edificación de la casa de sus sueños.

El edificio se construyó en el punto más elevado de una finca en la costa de Long Island, que en aquella época era el punto obligado de reunión para quienes ostentaban de forma natural la categoría de ricos. Alejado de todo recargo en el estilo, seguía la línea de los castillos renacentistas italianos; contaba con cuarenta habitaciones, capilla propia donde un sacerdote oficiaba misa diaria, y un campanario, lo que le hizo ganar rápidamente el sobrenombre de El Monasterio. Su construcción duró tres años; su presupuesto, más de dos millones de dólares de 1911.

El mismo horror por la tacañería que Juliana Armour Ferguson había demostrado en la construcción del edificio fue puesto en práctica en su decoración interior: sus agentes peinaron Europa en busca de antigüedades de todas las épocas que pudieran ajustarse a los deseos de su propietaria, desde las figuras egipcias a un ángel reclinado atribuido a Miguel Ángel. Según nos cuenta Paul J. Mateyunas en su exhaustiva historia del lugar, los materiales nobles se repartían por toda la estructura, junto con los crucifijos en las habitaciones –Ferguson era una católica devota- y el detalle, particular y estremecedor, de incorporar lápidas de niños, algunas de más de tres siglos de antigüedad, como parte del pavimento de las habitaciones.

Tras la muerte de su dueña por cáncer en 1921, la casa comenzó el habitual recorrido de cambios de dueño, de los que algunos pudieron conservarla con más fortuna que otros; en 1936 fue subastada, y su enorme colección de antigüedades, vendida a precio de saldo a compradores avispados. Los siete hijos que Juliana había tenido corrieron distintas suertes, pero ninguna buena; de la muerte temprana en la guerra o por suicidio, a la ruina o el escándalo. La casa misma fue por fin demolida en 1970, a pesar de los intentos de varios colectivos por salvarla, considerando su alto valor arquitectónico.

Las sorpresas que Internet depara nos la han devuelto a través de este completísimo sitio web, que recoge abundante documentación, imágenes e historia.

Un rasgo propio de las artes plásticas es su capacidad de atrapar un instante en el tiempo; la Juliana Armour Ferguson que ocupa este post fue atrapada por el pincel de Sorolla en 1909, cuando todavía era una de las damas más ricas y excéntricas de Long Island, la que mandaba cestas llenas de fruta a los niños pobres de la zona, a los que luego abriría los jardines de su mansión. Representa una época feliz, antes de la muerte de los hijos, el cáncer, la ruina y la destrucción de su amado Monasterio. Es su imagen inmortalizada en el momento perfecto por un genio, inmune a lo que la vida le puede traer, y a la curiosidad que algún espectador de ese cuadro pueda plantearse muchas décadas después. Quizás a veces habría que aguantarse las ganas de apuntar cosas en las libretas.

2 comentarios to “Misterios de una dama de Sorolla”

  1. almudenalopezmolina 2015/02/27 a 8:54 pm #

    Y sin embargo parece tan triste…

    • Vicente F. de Bobadilla 2015/02/27 a 10:35 pm #

      Su vida fue triste. La vida de su casa y su familia, aún más.

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