Pequeños lugares sin encanto

16 Nov
mantel02

La clientela dice mucho del encanto de un lugar. Pero no es lo único.

En el año 2001 tuve la ocasión de conocer Japón. Fue un viaje que me pagaron todos ustedes, porque invitaba la compañía entonces casi monopolística en el sector de las telecomunicaciones en España. A pesar de que nos enseñaron cosas de gran interés, de que pudimos meternos a nuestro aire en el torbellino fascinante que supone siempre un primer contacto con Tokio, y que nos trataron a cuerpo de tarjeta black, a los pocos días empezábamos a sentir una cierta morriña.

No como la nostalgia cateta de quien no puede más de platos exóticos –pocas veces he comido mejor en un viaje- y añora un bocadillo de chorizo de Pamplona; lo que echábamos de menos era algo más insustancial, pero más nuestro. Como bien dijo uno de mis distinguidos colegas:

– Estoy hasta las narices de tanta reverencia y tanta cortesía y tanto domoarigato. ¡Qué ganas tengo de volver a España y subirme con un taxista que me tire las maletas por el suelo y se acuerde de todos mis muertos!

Empachados de educación oriental, lo que nos faltaba era una buena ración de grosería española. De la de toda la vida, pura, sin aditivos, como la fabada de la abuela de Litoral. No la que experimentamos en el día a día, o la que vemos en televisión camuflada –y tampoco demasiado- de debate político o tertulia del corazón, o la que muestran nuestros cargos electos en sus comparecencia en el Parlamento y ante la prensa. No. Nuestra nostalgia iba más bien por el sector servicios, y por su tendencia creciente a tratar a los clientes de los que viven con condescendencia, pasotismo o agresividad directa, según el día.

Carniceros que atienden tu pedido con una expresión de la que se diría que están pensando en sacarte de dentro los costillares que has pedido; taxistas que no han lavado su vehículo desde que el color obligatorio era el negro; cajeras de un supermercado al que llevas acudiendo años, y que no has conseguido que te devuelvan la sonrisa ni una sola vez, bares donde el camarero responde a tus buenos días con un gruñido de orco con resaca, y donde la barra tiene más grasa que los torreznos.

No está uno diciendo que esto sea la tendencia mayoritaria, pero sí, lo bastante abundante como para que todos tengamos el recuerdo de alguna situación similar. En mi ciudad natal, Jerez de la Frontera, ha cogido cierta fama un restaurante donde se come estupendamente siempre y cuando a) no te importe que no haya carta con los precios b) aceptes la (elevada) cuenta que el dueño te diga de viva voz, porque lo de vivir en una sociedad sin papeles lo lleva a rajatabla a la hora de explicar por qué te cobra lo que te cobra, y c) estés dispuesto a aguantar al susodicho dueño, que ha conseguido salir en alguna guía inglesa de gastronomía advirtiendo de su carácter desabrido y antipático a la quinta potencia (no, lo siento pero los andaluces no tenemos la gracia en el ADN). Sinceramente, no se come tan bien como para justificar todo eso.

Hace ya algunos años se puso de moda la definición comercial “Pequeños lugares con encanto” para distinguir a los establecimientos de hostelería de dimensiones modestas, pero situados en parajes de una belleza exclusiva, con una gastronomía que extraía todos los sabores de la tierra y tal. A veces me he preguntado sobre la conveniencia de escribir una guía titulada “Pequeños lugares SIN encanto” donde se expusiera a aquellos sitios que estropeaban la excelencia de su situación con un servicio al cliente entre lo lamentable y lo suicida. Suicida, porque cuesta creer que en unos tiempos de crisis como los actuales la cosa siga así.

Un profundo estudio realizado por un servidor entre sus amigos y conocidos ha arrojado el resultado de que este tipo de trato ha provocado no pocas migraciones. Vaya, que la gente ha acabado cambiando de restaurante, de supermercado, de cafetería, y se ha ido a otro donde la calidad del producto es similar, pero la simpatía del personal es mucho mayor.

Al final, poco a poco, sin llegar a los niveles de la dependienta de una tienda de Ginza que se pasa quince minutos –de reloj- envolviéndote una compra antes de entregártela con una reverencia, uno está empezando a notar que las cosas cambian. Cada uno nos hacemos nuestra lista personal, y la gente cada vez pasa menos estas cosas. Quizá llegue un día en que la grosería llegue a ser tan extraña que acabemos yéndonos a otro país –Japón no, pero no me hagan dar nombres- para degustar un pequeño recuerdo de lo que en otro tiempo fue aquí cosa común.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: