Escritores, retratos, fetichismos

23 Nov

maxresdefaultNo sé cuáles han sido los motivos de la casualidad, sobre todo porque las casualidades no pueden tener motivos. El caso es que estos días, y hasta enero próximo, coinciden dos exposiciones que convierten al centro de Madrid en un paseo privilegiado para contemplar la literatura. O, al menos, a quienes la crean o la han creado. El trayecto de una a otra es breve y cómodo, y puede aderezarse además pasando por lugares que resumen tópicos literarios, como el Café Gijón o la estatua de Valle-Inclán en Recoletos, sin olvidar el Café del Espejo, que era el preferido de Jardiel Poncela para escribir.

La oferta visual es tan amplia que uno sólo echa de menos alguna de esas ferias del libro antiguo que aparecen en primavera y otoño en el Paseo, para completar la experiencia con la adquisición bulímica de ejemplares, alguno de ellos escrito por las mismas personas cuyas imágenes y vidas hemos estado contemplando. No puedes visitar varias pastelerías sin que te entre apetito. Pero no se puede tener todo.

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Si nos atenemos al orden cronológico, yo les aconsejaría que empezaran en esa magnífica y relativamente desconocida que es Alcalá 31: allí sigue hasta el once de enero la exposición El Rostro de Las Letras, comisariada por Publio López Mondéjar, y con “más de doscientas fotografías, álbumes, almanaques, postales (…) y publicaciones ilustradas”, que abarcan una gran variedad no sólo de autores y de estilos, sino de maneras de entender la literatura: una concurrida lectura en el estudio de José Zorrilla; el célebre retrato que Vicente Moreno hizo a Valle-Inclán, donde su brazo inútil ocupa la parte frontal del perfil; Ramón Gómez de la Serna dando aquella conferencia aún recordada hoy sobre el circo subido en un trapecio en el Price; Rubén Darío, en su lecho de muerte, y la famosa foto de Baroja paseando entre los árboles del Retiro. Y muchas más que nos hacen cercano un mundo literario que demasiados chavales de hoy conocen sólo por los libros de texto y que consideran aburrido, árido, ajeno a ellos, como de otro planeta, cuando la verdad es que sólo es de otro tiempo y, si se toma uno la molestia de leerlos, más cercano al nuestro de lo que pudiera pensarse.

sala-retratos-cervantes-DSC9827Juan-MarseErnesto-SabatoLa otra exposición está en plena Biblioteca Nacional, y nos trae a tiempos más actuales, casi tomando el relevo de la otra. Retrato y Literatura recoge en una de sus salas exposiciones los retratos, habitualmente repartidos por pasillos y dependencias, de los 39 escritores galardonados con el premio Cervantes, desde Jorge Guillén en 1976 a Elena Poniatowska, última premiada hasta ahora. Son ya tiempos más coloridos que los del blanco y negro de la otra exposición y el conjunto de retratos lo refleja bien, sobre todo porque cada uno-con alguna excepción- viene de manos de un autor distinto. Aquí ya interviene el gusto de cada cual, y a uno particularmente le entusiasma la sobriedad del de Guillén, el realismo del de Marsé, o lo huidizo del de Carlos Fuentes, que hizo creer a más de uno, tal y como explica Jesús Marchamalo, comisario de la exposición, que se había borrado por el camino. Ernesto Sábato aparece empequeñecido por un fondo gris y turbulento, que se ajusta a sus tiempos, su literatura y la carga que, por su país, él mismo decidió imponerse. Los de Borges y Alberti, en cambio, parecen una exaltación de los tópicos más fáciles relacionados con cada uno, y viéndolos casi es de agradecer que Juan Ramón Jiménez no viviera para recibir el premio, o tendríamos un cuadro donde el burrito habría devorado a su creador.

Esto, ya sigo, son gustos personales; el problema –si es que hay alguno- está en otra parte, y viene de la decisión de ese investigador infatigable de libros y bibliotecas que es Marchamalo de acompañar cada cuadro con algunos papeles pertenecientes al autor que representa: cartas, ediciones firmadas, bocetos, cuartillas, página corregidas. Algo que la catedrática Estrella de Diego, en el audiovisual que acompaña a la exposición, califica como de material puesto ahí para satisfacer el apetito fetichista de los visitantes.

Y eso cae como un jarro de agua fría, en noviembre, además; cualquier aficionado a la literatura se sentirá bien acogido en esta exposición, rodeado de nombres que gustarán a cada uno en diferentes grados, pero que en su mayoría habrán contribuido a formarle como lector, que es lo mismo que formarle como persona. Que despachen su interés con ese calificativo es como recibir una grosería inesperada cuando estás de visita en casa de un amigo.

Ser fetichista no es necesariamente malo; pero que reduzcan a ello el interés que el público pueda tener por los rastros del trabajo de los autores, eso ya es otra cosa. Nadie reprocha al Reina Sofía que tenga junto al Guernica los bocetos de su preparación, ni al propio Picasso que dejara tantas muestras del camino que le llevaba hasta la obra final. ¿O no hay en estas muestras una parte de la personalidad de estos escritores que los retratos, con toda su buena intención, no han logrado atrapar? La imagen pública de Cela contrata con la belleza y la serenidad de su caligrafía, y lo mismo sucede con la de Sánchez Ferlosio, grande y redonda, llenando las líneas de un cuaderno a rayas, como lo haría la letra del niño más aplicado de la clase.

Es para temerse que los futuros Cervantes vayan dejando cada vez menos alimento para fetichistas, a medida que se va imponiendo el trabajo sin rastros que facilitan los ordenadores. Puede que en un futuro no haya ni primeras ediciones para acompañar a los retratos, salvo que su texto vaya pasando por una pantalla digital, y que la correspondencia se limite a correos electrónicos donde no quede prueba de los titubeos, los borradores o las tachaduras. El resultado será una imagen tan perfecta como un cuadro, e igual de incompleta. Prefiero que mi fetichismo, si es que existe, se alimente de papeles, plumas y bolígrafos que de mensajes de móvil. Ver la huella de los escritores en su trabajo diario es también una forma de leer.

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