El día en que dejamos de hablarnos

15 Dic

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El otro día me llamó una amiga. Quería pedirme un pequeño favor que, por desgracia, no le pude hacer.

¿Y a mí que me cuenta? Se preguntarán ustedes, y con razón.

Pues les cuento algo que cada vez me ocurre menos a menudo. Que los amigos me llamen. No que me manden guassaps, SMS, correos electrónicos, mensajes por las redes. Que me llamen para hablar. De hecho, lo primero que me dijo mi amiga cuando contesté fue:

– Oye, sobre todo perdóname por molestarte, pero es que tenía que hablar contigo.

– Primero, tú no molestas nunca. Y segundo ¿desde cuándo llamar a una persona a media mañana es molestarle?

Esta chica y yo nos conocemos desde hace muchos años, y hemos hablado por teléfono cientos de veces. Jamás me ha pedido disculpas en cuanto he cogido sus llamadas. Así que aquello me pareció sacar las cosas un poco de quicio… hasta que recordé que yo, dos semanas atrás, iba a llamar a otro amigo, también para pedirle un pequeño favor, y no vi el momento adecuado para hacerlo. No, ahora estará en una reunión; ahora está en una rueda de prensa, seguro. ¿A estas horas de la tarde? Escribiendo como un poseso, no cabe duda. Sí, hombre, ahora le voy a llamar, que estará en pleno cierre.

Al final, le mandé un guassap. Pero si le hubiera telefoneado, seguro que le habría pedido disculpas en cuanto respondiera.

Que los datos están superando al tráfico de voz en el entorno de los smartphones no es ninguna novedad; las operadoras lo saben bien, y por eso pueden ustedes esperar futuros y no tan futuros recargos en su uso, mientras la voz prácticamente nos la van a regalar. Estadísticas, las hay para poner una tienda: un estudio realizado por Life on Demand en 2012 entre los usuarios yanquis de smartphones descubrió que el 49% prefería enviar un mensaje de texto a otra persona antes que llamarla. Y estos números, a medida que crecen las pantallas, los teclados, y la posibilidad de enriquecer nuestros mensajes con imágenes, vídeos o animaciones, van a seguir creciendo.

Todo esto está teniendo algunas consecuencias que están siendo objeto de estudio, como la diferencia entre los “habladores” (talkers) y los “texteros” (texters), que es claramente generacional; las llamadas telefónicas son cada vez más cosa de viejos; las nuevas generaciones prefieren claramente relacionarse con el envío mutuo e intensivo de datos. Pero no crean que hablamos de ahora mismo: en su estudio Texters not Talkers: Phone Call Aversion among Mobile Phone Users, publicado en el Psychology Journal en 2007 Ruth Rettie ya observó que la gente solitaria, o con menos conexiones sociales, recurría con más frecuencia a los mensajes de texto para obtener gratificaciones afectivas.

Esto puede justificarse por varios motivos, todo ellos sólidos: rapidez, ahorro de costes, concisión en el mensaje, capacidad para mantener varias conversaciones a la vez. Esas dos cejillas azules que delatan a nuestro receptor, y no nos dejan duda de que nos ha leído. Muy bien. Pero hay otros motivos, y tienen que ver no sólo con el miedo a resultar inconveniente –aunque aquí cabría preguntarse qué es más irritante, si el timbre del teléfono o doce señales de WhatsApp o Messenger-, sino con nuestra propia cobardía social. La psicóloga del MIT Sherry Turkle descubrió que la facilidad de solucionar ciertas situaciones escribiendo, en vez de encontrándonos cara a cara –o auricular a auricular- con otra persona está teniendo una fuerte influencia en la popularidad de los datos.

Todos hemos vivido conversaciones que preferiríamos evitar. Pedir perdón a alguien. Dar una mala noticia. Peor, llamar a un amigo que ha recibido una mala noticia. Hablar con alguien que está pasando una depresión. Que ha sido despedido. Que no sale del paro. Que ha perdido a un ser querido por los motivos que sean. Esos casos en los que tomamos aliento antes de marcar. Pero un mensaje de texto es mucho más sencillo, y nos ahorra el trago de hablar cara a cara, o auricular a auricular. Sorprende que los iconitos de los smartphones aún no incluyan coches fúnebres o coronas de flores, aunque es de suponer que todo se andará.

La facilidad y la asepsia de los mensajes, sus emociones impostadas, pueden estar reemplazando no sólo el calor de la voz, sino la formación para saber cómo utilizarla. La conversación, la conversación formal, pero también la intelectual, la afectiva, o la divergente, ha formado parte de nuestra educación natural. Pero es de temer que las generaciones que lleguen detrás de nosotros necesiten formación específica para afrontar episodios como disculparse, exponer argumentos o sincerarse con los demás, del mismo modo en que ahora se necesitan para hablar en público o para enfrentarse a los periodistas.

Antes de la llegada del teléfono, la correspondencia escrita era la manera habitual de comunicación; no pasó mucho tiempo antes de que algunas de las cosas que se decían por escrito pasaran a decirse de viva voz. Ahora dicen que estamos volviendo a escribir, e incluso algún fabricante de teléfonos basa en esa tendencia el lanzamiento de su nuevo phablet. Uno piensa más bien que los teléfonos de ahora están teniendo un doble efecto, no muy recomendable: nos han traído un sucedáneo de la verdadera escritura al tiempo que nos han hecho olvidar el uso de la palabra hablada.

2 comentarios to “El día en que dejamos de hablarnos”

  1. masha lloyd 2014/12/16 a 11:19 am #

    Esa chica era yo jaja

    • Vicente F. de Bobadilla 2014/12/16 a 11:21 am #

      En efecto, pero tampoco hacía falta descubrirse…

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