¿Volverá el periodismo en 2015?

29 Dic

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Dicen que 2015 no sólo será el año de la recuperación en general, sino también el del resurgimiento del periodismo en viabilidad y beneficios económicos. Si lo primero no me lo creo, menos lo segundo. Por supuesto que los medios de comunicación, tarde o temprano, acabarán encontrando alguna forma de recuperación que empiece a compensar la masacre de puestos de trabajo de los últimos años. Lo cual será una buena noticia tanto para los más de 20.000 insensatos (¿lo fuimos menos nosotros en nuestro día?) que se siguen matriculando cada año en España para intentar ganarse la vida con esta profesión, como para los dinosaurios que hemos huido de la glaciación hacia pastos más verdes. Pero una cosa es que los medios resurjan; y otra, más distinta de lo que parece, que con ellos resurja el periodismo.

La crisis no sólo ha hundido medios y puesto en la calle a miles de profesionales –2.400 sólo este año, casi 12.000 desde 2008-; también ha deformado el concepto de periodismo hasta dejarlo irreconocible. Lo que consumimos hoy es un sucedáneo hecho con pocos medios, a cargo de becarios sin información y sin criterio, publicado por cabeceras endeudadas y comprometidas con sus acreedores, y destinado a un público con el paladar embotado tras años por productos adulterados cuya finalidad, como describe Vargas Llosa en su última novela, “no era informar, sino hacer desaparecer toda forma de discernimiento entre la mentira y la verdad, sustituir la realidad por una ficción en la que se manifestaba la oceánica masa de complejos, frustraciones, odios y traumas de un público roído por el resentimiento y la envidia”.

España tiene por delante un año clave: se avecinan cambios de envergadura en el reparto de poder, la estructura de partidos, la evolución de la economía, quién sabe si en la esencia misma de la Constitución y la sociedad. Este escenario es una mina de oro para los periodistas, no sólo por la previsible afluencia de noticias sino por las oportunidades de desarrollar trabajos rigurosos de investigación y análisis, intentando ofrecer a sus lectores una visión, no objetiva –eso es imposible-, pero sí justa y equilibrada. Informando y ayudando a comprender sin adoctrinar. Separando la información de la opinión. Huyendo del sesgo barriobajero en los titulares. Contrastando informaciones y hablando con todos los sectores implicados, no sólo con quienes nos interesan. Considerar que un debate es un escenario para plantear argumentos que hagan razonar a la otra parte antes de contestar, y reflexionar, sobre el fondo, no sobre la forma, a los espectadores. Contribuyendo a construir una sociedad más adulta.

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Todas estas cosas, no hace demasiado tiempo, eran algo sin lo que el ejercicio de la profesión de periodista no se podía concebir. Hoy se ven como una excentricidad inútil, como un lujo que no servirá para ganar clics en las ediciones digitales, para promover comentarios donde la gente ataque con la osadía que dan la ignorancia y los prejuicios. Debates que se quieren de periodismo político y no son más que circo. Diarios digitales que toman como referencia el amarillismo y la grosería que su director va enarbolando tertulia tras tertulia. Incluso cabeceras señeras de la prensa, donde dejan publicarse sandeces torticeras que en otros tiempos no se le habrían perdonado a un becario (arriba les dejo una que se ha hecho bastante popular estos días). Y se publican no porque el jefe de sección se haya quedado ciego, sino porque hace tiempo que se optó por ello; por hablar al vulgo en necio, para darle gusto.

En este ambiente es donde se supone que se tiene que reconstruir el periodismo. No me cabe duda de que surgirán nuevos medios y soportes de comunicación, y de que algunos serán rentables. Otra cosa es que recuperen los valores que en los últimos años se han ido desechando como trastos viejos, como las ruinas que se suceden a lo largo de la carretera de Cormac McCarthy. Porque el periodismo de verdad está en ellos, no en los soportes, pero ¿de qué sirven, cuando ya no lo valoran ni los lectores ni, en muchas ocasiones, los propios periodistas?

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