Leer por leer

10 Ene

Reading

Como ya les supongo enterados de las muy deprimentes cifras sobre nuestros hábitos de lectura publicadas en un reciente barómetro del CIS –aquí pueden descargarlo-, me permitirán que las repasemos sólo lo imprescindible. No son, por otra parte, nada nuevo: el desapego de los españoles por las letras es legendario, y los años no han hecho nada para mejorarlo, si acaso todo lo contrario gracias a las crecientes distracciones que la tecnología trae a los chavales de hoy, con recompensas y estímulos más instantáneas –y fugaces- que el asimilar lo que nos cuentan las páginas que vamos pasando.

Resumiendo: sólo un 29,3 % de los encuestados declara leer “todos o casi todos los días”, un 35% no lee “nunca o casi nunca”, y otro 35,7% se define como lector ocasional que se asoma a los libros “una o dos veces por semana” (ejem), “alguna vez al mes” (ejem, ejem) e incluso “alguna vez al trimestre” (más les vale a estos tener un buen marcapáginas). No es por ser pesimista, pero veo muy probable que el porcentaje real de los no lectores sea bastante mayor que el oficial, y que muchos encuestados –incluso contestando de forma anónima- hayan respondido que leen “de vez en cuando” para no reconocerse, siquiera ante sí mismos, como iletrados en la práctica.

También llama la atención la justificación esgrimida por el 23,2% de los lectores como motivo principal para no leer más: la falta de tiempo. El problema es que leer no es tanto una costumbre o una obligación como una adicción; y cuesta creer que un adicto no disponga cada día de un rato, o incluso de varios, para calmar sus ansias metiendo los ojos en un libro o, en su defecto, en cualquier cosa con letras.

Pero en estos estudios falta siempre una pregunta clave, aunque reconozco que plantearla no es fácil. Cuando lee usted ¿podría decir que la lectura es su actividad principal y predominante?

Ya sé que no se entiende muy bien. Aunque no me gusta personalizar demasiado los posts, intentaré explicarme describiendo los hábitos de lectura que tengo más cerca, que son los míos: siempre leo antes de dormir, por poco que sea. Muy agotado tengo que estar para no avanzar siquiera un par de páginas en el libro que tengo entre manos. A veces, los días festivos, me doy el placer de leer un rato en la cama antes de levantarme. Utilizo los trenes de Cercanías con cierta frecuencia, y en ellos paso todo el viaje leyendo (recuerdo los tiempos anteriores a los móviles, cuando cada vagón era un traqueteante salón de lectura de libros, periódicos y revistas). Del mismo modo, leo en el autobús o en el Metro, y no concibo tener por delante trámites que supongan una cierta espera –papeleos de banco, revisiones del coche, revisiones médicas- sin llevar conmigo una buena reserva de lectura (En cambio, hace años que renuncié a leer libros en los aviones; para los vuelos largos suelo aprovisionarme de revistas en el quiosco del aeropuerto).

¿Qué tienen en común estos hábitos? Algo un poco alarmante: que en ellos la lectura es siempre una actividad que acompaña a otra, o que la hace más soportable. No viajo en Cercanías para leer, no me meto en la cama para leer, no espero media hora en la antesala del médico para leer. Más bien, leo porque algo tengo que hacer mientras viajo en Cercanías, mientras llega el sueño, mientras me toca el turno.

No leo por leer. No convierto la lectura en la actividad prioritaria de la siguiente hora, o media hora. En una reciente entrevista, Juan Goytisolo lamentaba que la edad no le diera tantas fuerzas para leer como antes, cuando podía dedicarle siete y ocho horas al día. Es para preguntarse cuándo escribía, pero sentí una envidia profunda ante semejantes hartazgos de lectura, que muchos dejamos atrás en nuestros veranos de adolescencia, con aquellas tardes calurosas que se pasaban mejor con un libro en las manos.

Así que no sé si algunos lectores, en realidad, no leemos, sino que pasamos el tiempo con un libro. Que no es la misma cosa. Del mismo modo en que nos sentamos específicamente a ver una película o un partido de fútbol, valdría la pena hacer el propósito de retirarse a un sillón cómodo, con buena iluminación, durante media hora. Convertir a la lectura no en un compañero imprescindible para una serie de situaciones más o menos cotidianas, sino, al menos por un rato, en el protagonista de nuestro ocio. El placer de leer por leer.

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