Javier Krahe. La muerte, la posteridad y la playa

12 Jul

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Poco después de que yo escriba este post apresurado, el Sol se pondrá una tarde más en Zahara de los Atunes. A estas alturas del año, se hunde en el mar por la zona de Barbate, y se contempla especialmente bien desde el bar La Ballena Verde, donde en los prolegómenos de cada crepúsculo hay bofetadas por hacerse con alguna de las mesas a pie de arena para tomarse un mojito mientras se espera, si no que desaparezca el calor, sí por lo menos la llegada de la noche.

Es el primer crepúsculo de verano en Zahara que Kavier Krahe ya no podrá ver, aunque tampoco es seguro que viera demasiados. Su casa estaba a escasos metros de La Ballena Verde, pero en los años ya irrecuperables en que uno iba por ahí, me encontraba con Krahe siempre de noche. Tomando un vino en Casa Juan, tomando una copa en La Gata, charlando con Imanol Arias en el chiringuito más cercano al pueblo. Encontrarse con alguien no quiere decir hablar con él; de hecho, jamás le dirigí la palabra, por miedo a molestar, ni siquiera las veces que lo vi solo, esperando a un amigo o quizá a la caza de alguno de esos ligues reales o imaginarios con los que poblaba sus canciones.

No me arrepiento de no haberle entrado, aunque sólo fuera para decirle lo mucho que me gustaba su trabajo, ni siquiera ahora que sé que jamás volveré a tener esa oportunidad; pero si me pongo a la tarea de meter en el blog algo sobre su fallecimiento que vaya más allá del tuit de cumplido es porque me siento en deuda con él, y creo que eso es algo que nos ocurre a muchos de quienes desde principios de años ochenta le escuchamos, acudimos a sus conciertos, leímos sus entrevistas. Intentábamos no perdernos nada de Krahe, porque lo que salia de Krahe siempre valía la pena. Había ingenio, había cultura, había el compromiso firme de no comprometerse con nadie más que con él mismo y su propia honradez. Y había humor. Mucho humor. Sobre cualquier tema, incluida la muerte.

La muerte que hoy le ha quitado a Krahe una última puesta de Sol que, de todos modos, probablemente no iba a ver, estaba muy presente en sus canciones. Creo que es de los cantautores, uno sigue usando esa palabra, que más ha cantado sobre ella, sin afectación y sin miedo, como algo que llega, y cuando se va, se nos lleva de acompañantes. Pero en sus canciones nunca sonaba tétrica ni temible: ni en la lucha inútil del individuo contra el mundo de El Tío Marcial, el suicidio pertinaz de Nembutal, el priapismo más allá de la muerte de Don Andrés Octogenario, la última carta de Sr. Juez, la resignación lúcida y descreída de El Cromosoma.

Sólo ha fallado en una cosa: en despreciar su posible posteridad. Un redil invadido por la burricie, los gritos, el insulto de trazo grueso y el embiste, por esos españazos de la España cañí, en principio no parecería el mejor ambiente donde encontrar el silencio propicio para escuchar con atención sus discos. Pero cuando el ruido cesa y la polvareda se disipa, queda y quedarán su música y sus letras. Más que escucharle hoy, que es lo que suele hacerse el mismo día que muere un músico en un intento vano de que no se vaya del todo, podemos ir recuperando sus discos y tenerlos listos para hacerlos sonar cuando regrese el frío. Porque no hay que olvidar que Javier Krahe nunca actuaba en verano.

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