¡Plagienme, que es gratis!

31 Ago
(AVISO: este post es estrictamente personal. Con ello quiero decir que el autor es también el protagonista del mismo. Creo conveniente advertir de ello para no encontrarme luego con acusaciones de egocentrismo o, peor aún, de aburrimiento. Sigan leyendo bajo su responsabilidad).

a_running_duckPaula Gosling es una escritora estadounidense de novelas policiacas, entre las que se cuenta A running duck, publicada en 1974. A grandes rasgos, su argumento cuenta cómo una ejecutiva de publicidad se convierte en el objetivo de un asesino en serie, del que debe escapar con la ayuda de un policía duro y silencioso, el teniente Mike Malchek. La lucha contra el criminal se combina en la trama con  el progresivo enamoramiento de protector y protegida.

Esta novela ha sido llevada al cine dos veces, ambas con bastante mala suerte: en 1986, Sylvester Stallone la utilizó para perpetrar Cobra, el brazo fuerte de la ley, y diez años después, con el título Caza Legal, sirvió como pretexto para intentar convertir a Cindy Crawford en actriz. Lo único que ambas películas toman de la novela es la idea de una mujer civil protegida por un policía; en el engendro de Stallone, es una modelo a la que persigue una banda de psicópatas que se dedican a matar personas mayormente porque lo dice el guión, y en Caza Legal, una abogada perseguida por antiguos miembros del KGB reconvertidos en mafiosos.

El resto de las dos películas no tiene nada que ver con la novela. Ya puestos, ni siquiera aprovecharon los nombres de los personajes. Podría pensarse que la idea original es tan vaga que ni siquiera tendrían que haberse molestado en comprar los derechos del libro. Pero lo hicieron, pagaron y pusieron en los títulos de crédito “Basada en la novela The Running Duck”, de Paula Gosling”.

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Ahora pasemos al tema personal. En 2007, publiqué un libro titulado Es cosa de hombres. El machismo en la publicidad española 1939-1975, que creo que a día de hoy sigue siendo el único íntegramente dedicado a este tema. Mi intención inicial fue contar la historia de la imagen de la mujer en la publicidad hasta nuestros días, pero el editor me dijo que era mejor ceñirnos al franquismo, y tocar la democracia en un segundo libro. Estuve de acuerdo.

El libro no se vendió bien, y la segunda parte nunca se escribió. Qué le vamos a hacer. Es lo que ocurre con la mayor parte de los libros, y a este campo se viene llorado. Iba a añadir que pasó desapercibido… Pero tampoco fue exactamente así.

En 2009, Televisión Española produjo la serie documental 50 años de, donde se narraba la evolución de diversos aspectos de la sociedad en el último medio siglo. Cada capítulo estaba a cargo de un realizador distinto, e Isabel Coixet se encargó del dedicado “al tradicional papel de la mujer en la sociedad española y la repercusión que tienen en los medios los delitos por violencia  de género”, según se puede leer en la web de TVE.

El título del capítulo fue “La mujer, cosa de hombres”, y en él aparecían algunos anuncios donde se frivolizaba con la violencia de género. Alguno era muy conocido, como el de Soberano y la pitonisa; otros, como el del insecticida ZZ Paff donde se usa a la esposa como arma arrojadiza (aquí abajo lo tienen), eran algo menos populares. Todos aparecían en mi libro, de título tan similar al del capítulo de la serie. Pero en ninguna parte se le menciona; ni siquiera hay una referencia en los créditos finales.

Claro, es posible que todo fuera casualidad y que ni Coixet ni su equipo conocieran Es cosa de hombres. Pasemos a 2011. Ese año, Televisión Española emitió una serie de programas titulada Los anuncios de tu vida, presentada por Manuel Campo Vidal, donde se repasaba la evolución de la publicidad y la sociedad en España. Por supuesto, el tratamiento a los distintos sexos iba a ser uno de los temas. Esta vez no iban a pillarme desprevenido: cuando se anunció la serie, llamé a la productora y hablé con una de las responsables del programa. Quería saber si conocían mi libro para, si no era el caso, enviárselo. No esperaba con ello vender más -ya había desaparecido de las librerías- ni, válgame Dios, que me pagaran. Pero sí, por lo menos, un breve reconocimiento o una mención a la fuente.

La responsable me dijo que no hacía falta, porque no sólo lo conocían, sino que lo estaban utilizando generosamente y era una de las principales fuentes para ese tema. Muy bien, en ese caso le pedí que no se olvidaran de mencionarlo, aunque fuera brevemente en los títulos finales. Me aseguró que así lo harían, e incluso me tanteó con la posibilidad de ir al programa.

No ocurrió ni una cosa ni otra. Los invitados eran famosos, no periodistas del montón, y en ningún momento apareció ni una sola mención a aquel libro que habían utilizado con tanto entusiasmo.

¿Y por qué les largo todo este rollo ahora? En los últimos días, el documental de Coixet parece haberse puesto de moda de nuevo, y algunos amigos me lo han hecho saber (“¡pero si hasta el título es igual!”). Yo les explico que la historia tiene ya sus añitos, y que desde entonces estoy acostumbrado a que Es cosa de hombres aparezca de vez en cuando, siempre como fuente anónima, en libros, artículos y programas de radio o televisión.

Y estoy acostumbrado. Pero también estoy hasta las narices.

Puede que la comparación del principio con las películas sea desafortunada. No es igual una novela que un libro de no ficción, ni una película que un documental televisivo. Pero cuando uno piensa en que como periodista ha procurado siempre no dejar ninguna fuente sin citar (a menos, lógicamente, que pidiera un off the récord), sorprende la facilidad con la que algunos colegas no consideran necesario agradecer el trabajo que se tomó en su día otra persona, y que tanto ha contribuido a facilitarles el suyo a la hora de buscar información.

Se dice que, cuando se filmó Cobra, Stallone propuso a Paula Gosling reeditar su novela, pero figurando él como autor, oferta que la escritora rechazó. Podría pensarse que hay que tener cara, y un ego desbocado, para hacer semejante sugerencia. Y sería verdad.

Pero por estos pagos mucha gente hace lo mismo, y ni siquiera se molesta en preguntar.

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