Rodeado por Macbeth

22 Nov

libro_big_170Habría sido más adecuado titular este post “Rodeando a Macbeth”, por motivos que enseguida quedarán claros. Pero ocurre que en la vida a veces se dan casualidades, también en el ámbito cultural. Hace cosa de un mes, asistí a la presentación del Quijote que ha preparado mi amigo Jesús Egido en su editorial Reino de Cordelia (y que se merece entrada propia; prometida para dentro de poco); de camino, nos enseñó además la edición de Macbeth que acababa de terminar, en un volumen bilingüe que alterna el texto original de Shakespeare con la traducción de Luis Alberto de Cuenca y lo complementa con unas magnéticas ilustraciones de Raúl Arias en las que, a medida que se avanza en la trama, el color rojo va cobrando una presencia mayor, en paralelo con el creciente salvajismo de su protagonista y sus acciones.

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Pasaron unas semanas, y ya tenía claro incorporar el libro a mis regalos navideños -entiéndase, los que me hago yo a mí- cuando sonó el teléfono: una amiga nos llamaba para ver si nos apuntábamos a ver Mbig, en la Pensión de las Pulgas. Macbeth otra vez. De repente, parecía que no había otro tema. Reconozco que no tenía ni idea de lo que me esperaba. Eché un vistazo a su web, y descubrí que era un nuevo centro dedicado al teatro “de cerca”: un público limitado a 35 personas y una representación repartida por las distintas estancias de la pensión, en realidad una casa de la muy clásica y madrileña calle de Huertas. Había oído hablar de este tipo de teatro, pero me sonaba, no sé por qué, a amateurismo, a improvisación, a falta de medios. Con todo, dijimos que sí. Si resultaba ser un truño, siempre quedaría Macbeth.

Aquí es donde tiene uno que reconocer que metió la pata hasta el corvejón. Por suerte. Estoy escribiendo estas líneas dos días después, y aún no se me ha cerrado la boca. Ni rastro de amateurismo ni de improvisación; en su lugar, tanto talento y tan cercano que te hacía sudar, y la sensación no de ser un espectador que ha pagado su entrada, sino un invitado a una ceremonia muy especial, donde te daba miedo respirar demasiado fuerte por no romper la magia. Se sentaba uno donde le tocaba, entre los escasos asientos disponibles alrededor de cada estancia. Y desde allí entraba en una trama vertiginosa, acelerada y estimulada por aquella cercanía antinatural.

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Las diferencias de visibilidad según las butacas que existen en el teatro convencional se convierten aquí en diferencias de perspectiva; el asiento donde esté a cada espectador será determinante en su manera de percibir la obra. Tendrá a su lado al personaje que llora de rabia, o bien sólo le verá la espalda, o bien otro actor le obstaculizará la visión. Por eso los actores pasan de un lado a otro, nunca están quietos y siempre están cerca; es una experiencia única para notar la importancia del control corporal en su trabajo, cuando un arrebato de furia, una lucha a muerte o un coito feroz y sin amor tienen lugar en ocasiones a escasos centímetros de uno, pero sin que se llegue a romper nunca la cuarta pared, convertida aquí en una pompa de jabón que les envuelve y cambia de forma para mantener la distancia necesaria.

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Así, es difícil no dejarse arrastrar, llevado de la mano no sólo de la proximidad sino de la calidad del trabajo interpretativo. Francisco Boira como Macbeth es un huracán, convirtiendo en un frenesí de sufrimiento físico el tormento de su locura; Rocío Muñoz Cobo (una de las dos actrices que alternan el papel de Lady Macbeth, la otra es Olga Rodríguez) le acompaña en su ferocidad, complementada por una sensualidad (siempre he pensado que el personaje de Lady Macbeth tiene que tener una fuerte carga sexual) que la hace todavía más temible. Es difícil no creer que están dispuestos a todo. Y que no serán al final consumidos por ello. El resto del reparto, sin omitir a nadie, está absolutamente a su altura. En la parte negativa, diría que la traslación de la acción a una multinacional de hoy en día no termina de estar conseguida, y a pesar de los prólogos y epílogos actualizados que nos explica Camelia (estupenda Raquel Pérez) la idea se desvanece en cuanto comienzan a oírse los textos originales. Una opinión en la que, por cierto, creo que estoy bastante solo, así que no me la tengan muy en cuenta.

Los clásicos en literatura son considerados (a veces con justicia) como cimas que hay que conquistar a base de esfuerzo y horas, muchas horas, de lectura en la que avanzamos lentamente por una prosa anticuada y aburrida. Macbeth no es así; es una de las obras más desquiciadas escritas por Shakespeare, un sinfín de brujería, maldiciones, sangre, muerte y locura. Me fascinó cuando me la hicieron leer en el colegio; me fascinó cuando vi la versión cinematografica de Orson Welles. Estas semanas, lo ha vuelto a hacer por partida doble. No se pierdan esta obra. Y al salir, pasen por alguna librería, y compren la edición de Reino de Cordelia. Y disfruten de las muchas formas en las que, siglos después, se nos puede mostrar el rostro atormentado de Macbeth.

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