¿Puede Cela sobrevivir a Don Camilo?

16 Abr

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Son curiosos los años como este en los que se junta tanto centenario en la literatura, porque nos hacen constatar las distintas maneras de acercarse de nuevo a la obra de cada escritor. Se supone que las revisitas a autores y obra son obligatorias, casi un compromiso social, aunque en algunos casos ese compromiso sea más fácil de cumplir que en otros. Seamos claros: Garcilaso de la Vega tuvo una vida llena de interés, pero acercarse a su obra sin una mano experta que nos guíe por la misma es tarea bien difícil. Y lo mismo ocurre con Cervantes y Shakespeare, que siguen sonando a la mayoría de la gente por la popularidad de sus personajes y por las adaptaciones de los mismos; tragarse Hamlet o un par de capítulos del Quijote si no se frecuenta la literatura de la época y se tiene un mínimo de familiaridad con los clásicos, es muy otra cosa.

Nos queda Cela. Muerto hace ya catorce años, y nacido hace cien. De todos ellos, podría ser el autor más accesible, pero es dudoso que su centenario contribuya a atraer o a recuperar lectores. Se dice que la sucesión imparable e hipnótica de continuas novedades está cegando al público a la hora de volver la vista atrás. Que sólo nos interesa lo último, lo más reciente. Siguiendo esta teoría, un escritor, por muy célebre y laureado que haya sido en vida, tendrá suerte si continúa siendo leído a los cinco años de su muerte, ni hablemos a los catorce. Es tiempo más que suficiente para que haya perdido todo atractivo, ocupada como está la gente en no perderse nada de lo último, no se sabe si por genuino interés cultural o porque tiene miedo de quedarse sin tema de conversación si no está al día.

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Uno cree que algo hay de verdad en este argumento; sobre todo cuando se aplica a escritores como Cela, que durante buena parte de su vida, y muy especialmente en sus últimos años, impuso su obra no mediante la calidad de su literatura, sino por medio de una autopromoción incansable. Cela se retiraba para dar paso a Don Camilo, que se mantenía en boca de todos (¿Se imaginan que hubieran existido entonces las redes sociales?) a base de numeritos. Don Camilo se descasaba y se volvía a casar; Don Camilo montaba en parapente; Don Camilo le arreaba un guantazo a Jesús Mariñas en plena Marbella; Don Camilo regresaba a La Alcarría, en un Rolls Royce con choferesa negra; Don Camilo anunciaba la Guía Repsol; Don Camilo insultaba a Jorge Semprún por no bailarle el agua, exigía la cabeza de Julio Llamazares por un artículo en El País y cuando Antonio Muñoz Molina le afeo respetuosamente su falta de respeto, le contestaba en un artículo que fuera a untarse los cuernos con vaselina; y mientras Don Camilo hacía todas estas cosas, Cela publicaba recopilaciones, libros de artículos y novelas, no tan espoleado por las musas -el mismo admitió que la inspiración existe, pero tiene que cogerte trabajando- como, sobre todo en los últimos años, por un taxímetro que corría a toda velocidad.

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Muerto el autor, se acabó la fanfarria, y se extinguieron las llamadas de atención. El cadáver quedó cubierto de anécdotas, y es necesario aventarlas si se quiere uno acercar a su obra para analizar sin prejuicio cuánto pueda haber de valor en ella. ¿Cómo ha envejecido Pascual Duarte? ¿Tiene algún valor su recuperación del Lazarillo? ¿Es Oficio de Tinieblas 5 algo más que una monstruosa masturbación mental? ¿Cómo tras años espaciando sus novelas publicó dos en 1994, El Asesinato del Perdedor y La Cruz de San Andrés, la segunda de las cuales, ganadora del Planeta, fue acusada de plagio? ¿Y qué hay de los miles de artículos, cuentos, notas y billetes que dejó repartidos por toda la prensa y oportunamente recopilados (o vueltos a recopilar cuando el cheque lo merecía)?

Los casi sesenta años de escritura que han formado la obra de Cela tienen un interés suplementario: se mete uno en ella sin instrucciones, porque su autor no fue jamás amigo de sincerarse sobre sus motivos y preferencias a la hora de escoger tal o cual tema, ni de hablar de influencias o de autores. Algunos le llamaron maestro, pero nunca se molestó en enseñar a nadie, quizá porque enseñar habría sido descubrirse. Las biografías sobre él, abundantes pero incompletas, se muestran impotentes a la hora de mirar detrás del personaje. Es mejor rastrear los recuerdos de quienes le conocieron, bien por coincidencia profesional o por obligación, bien por amistad sincera o porque sabían que arrimarse a su sombra garantizaba sabrosos parabienes, desde Manuel Alcántara a Jesús Pardo, pasando por Manuel Vicent o, cómo no, Francisco Umbral, entre otros muchos. Unos le definieron, otros le criticaron, alguno le traicionó.  Pero dejaron una colección de testimonios que, una vez ordenada, delinea las formas de un retrato para el que el interesado nunca quiso posar.

Puede que Don Camilo fuera sólo una máscara, pero puede también que su obra literaria fuera a su vez una segunda máscara, detrás de la cual el verdadero Cela trabajaba y se escondía, logrando su propósito de triunfar en la literatura y desviar la atención hacia su persona para nunca revelar nada de su ser más íntimo.

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