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Se buscan políticos -y ciudadanos- que entiendan de ciencia

1 Jun

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No sé si les ha pasado, pero a veces uno se encuentra en un espacio de tiempo muy breve con varias señales que apuntan en la misma dirección. Por ejemplo:

Uno: El viernes los chicos de Materia, una muy recomendable web dedicada al periodismo científico, publicaban una entrevista con Pablo Echenique-Robba, doctor en Física y desde el domingo pasado europarlamentario por Podemos. Parece que en ella, este investigador titular del CSIC sorprendió a más de uno cuando expresó su punto de vista sobre temas como los transgénicos, la experimentación con animales y sobre los propios prejuicios de la izquierda a la hora de considerar el trabajo de los científicos.

La cosa llevó a un interesante minidebate en Facebook, donde uno de los participantes apuntó que en efecto, la política nos vuelve anticientíficos. A izquierda y derecha. Los primeros están por definición en contra de los transgénicos y la energía nuclear, y los segundos contra el cambio climático y (sólo en algunos casos, por suerte), la Teoría de la Evolución. En ambos casos, se opina en base a prejuicios y a las ideas que corren por los medios, redes sociales y grupos de opinión que uno está acostumbrado a frecuentar y que son, faltaría más, los que más coinciden con su ideología. Poca información imparcial y documentada se va a encontrar ahí.

Dos: El sábado por la mañana, gracias a Javier Armentia –astrofísico, director del Planetario de Pamplona, divulgador y autor, entre otras muchas cosas, de un blog de lo más recomendable-, llegué a este magnífico post de Almudena M. Castro en su blog Enchufa2, donde pesca un vídeo del cómico inglés John Oliver para abrirnos los ojos con mucho humor y mejor puntería sobre cómo ciencia y pseudociencia cuentan con igualdad de oportunidades en los medios de comunicación, lo que provoca que se abran debates en temas que deberían ser incontestables.

Les dejo aquí también el vídeo, con subtítulos en español gracias a los amigos de Naukas. En resumen, y hablando del cambio climático (de nuevo) expone cómo los medios tratan por igual a defensores y detractores del mismo, a pesar de que es un hecho que ya no puede cuestionarse, y que los segundos, por mucho que determinados grupos de presión se empeñen en convencernos de lo contrario, son una minoría.

Tres: Ese mismo día, leo en El País un excelente artículo del catedrático Mariano Marzo, “Lo políticamente correcto mina el conocimiento” donde explica las dificultades de comprimir las distintas contribuciones que los especialistas pueden hacer sobre un tema científico en particular –no se van a creer el ejemplo: sí, el cambio climático – en un resumen consensuado e inevitablemente descafeinado: “Con demasiada frecuencia, los desacuerdos en el seno del panel de expertos se zanjan, no con la búsqueda de las respuestas más acertadas, sino intentando lograr un equilibrio o acuerdo político (…) Las ideas nuevas y controvertidas suelen quedar fuera de toda consideración”.

En resumen, tres magníficas piezas de información, cada una en su soporte, sobre las dificultades de acercar el conocimiento científico a eso que se llama el ciudadano de a pie. Y también, cosa aún más seria, al político de a pie o al periodista de a pie. No sólo por la propia falta de interés, sino por los prejuicios e ideas preconcebidas que ya nos marcan por dónde tenemos que ir, e incluso qué debemos y no debemos escuchar. A algunos les habrán sorprendido las declaraciones de Pablo Echenique-Robba, cuando lo cierto es que los científicos tienden a coincidir en muchas de sus opiniones profesionales por encima de la ideología de cada uno. Porque esas opiniones están basadas en hechos y experiencia.

Si los 80 fueron malos tiempos para la lírica, las primeras décadas del siglo XXI están siendo malos tiempos para la ciencia. No puede ser de otra manera, metidos como estamos en la cultura del tuit, cuando nadie tiene tiempo ni ganas de leer o profundizar en nada, aunque sólo sea para tener un mínimo conocimiento de algunas cosas. Y menos que nadie, los políticos que deberían conocer la ciencia un poco más, ya que van a tomar decisiones sobre ella que nos afectaran a todos. En Materia, el periodista pregunta a Echenique-Robba por su condición de discapacitado, y sobre si hay más como él en el Parlamento Europeo. Quizá la pregunta debería haber sido cuántos eurodiputados tienen formación científica. Entonces a lo mejor sí comenzaban a cambiar un poco las cosas.

P.D: Como no hay tres sin cuatro, no me resisto a dejarles un enlace a este post donde el biólogo Fernando Cervera opina sobre las declaraciones de Echenique-Robba concernientes a los transgénicos y pone un poco las cosas en su sitio. Por cierto, el aludido contesta en la sección de comentarios.

P.D. 2: Para más información sobre cómo se trata la ciencia en el Parlamento Europeo, pueden leer este artículo de la profesora Anne Glover, Asesora Científica Jefe de la Comisión Europea.

P.D. 3: Sobre el último punto de post, tiro alguna piedra sobre mi propio tejado dejándoles este post de Democratic Audit UK donde cuenta cómo, al menos en el Reino Unido, da igual tener más o menos científicos entre sus diputados, porque a la hora de votar siempre harán lo que les diga el partido. ¿Les suena de algo?

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Cámaras (y tecnología) en prisiones: La Gran Filmación

22 Sep

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Muy mal tiene que estar el periodismo en España para que la difusión de unas imágenes sobre la vida cotidiana de un preso –aunque sea, sin duda, uno de los más célebres- sea presentada como “gran exclusiva”. Los vídeos nos han permitido comprobar que Luis Bárcenas dedica su tiempo en la cárcel a más o menos lo mismo que el resto de los reclusos, según sus gustos, aficiones y creencias: fumar puros en el patio, echar la partida, escribir, rezar. De Pulitzer, vaya. Si le hubiéramos visto cavando un túnel con la cucharilla del postre o recibiendo la clásica lima en el bocata, como cantaban Los Nikis, reconocerán que esto, informativamente hablando, habría sido otra cosa.

Ahora el propio Bárcenas ha echado más leña al fuego anunciando demanda contra el Ministro del Interior y contra las Instituciones Penitenciarias por permitir que se captaran las imágenes, que constituyen una agresión a su intimidad. A un servidor lo que más le ha divertido de todo el asunto es que alguien se haga elucubraciones sobre cómo han podido introducirse en la cárcel los aparatos electrónicos con los que se grabaron las imágenes de marras. Ejem. ¿De verdad necesitan que se les diga cómo?

Les presento a Mary Roach, periodista y escritora norteamericana con una habilidad envidiable para hacer divulgación científica sobre temas que muy pocos colegas consideran dignos de atención, y que son una verdadera mina si se saben tratar. Su primer libro, Stiff: the curious lives of human cadavers hablaba de todo –y quiero decir TODO- lo que se puede hacer con un cadáver. Sus libros posteriores han hablado del sexo visto a la luz de la ciencia como nadie lo había hecho antes, o de la vida después de la muerte (la hay, pero no se parece mucho a la que nos han contado ni la Iglesia, ni los videntes, ni tanta gente como parece haber estado allí).

9781410461537_p0_v1_s260x420 Su última obra (que, según me ha confirmado por correo electrónico la propia Roach, aparecerá en España en unos meses) es Gulp. Adventures on the alimentary canal, y se adentra –literalmente- en todo lo que ocurre con los objetos, no necesariamente comestibles, que introducimos en nuestro organismo… Por una vía u otra. Precisamente el capítulo titulado Up Theirs (traducción innecesaria), está lleno de información sobre todo lo que entra en una prisión por determinado conducto. ¿La cámara de Bárcenas? Un juego de niños. Lean:

  • Se calcula que más de 400 kilos de cigarrillos y cientos de teléfonos móviles entran al año en las prisiones del estado de California ocultos en el recto de presos o visitantes.
  • Además de teléfonos móviles, el contrabando rectal en las prisiones incluye cargadores, baterías, auriculares y tarjetas SIM.
  • Un preso fue descubierto cuando llevaba en su interior dos cajas de grapas, un sacapuntas, hojas de afilador y tres clips de tamaño gigante. Nunca averiguaron qué pensaba hacer con ese material.
  • Existen escáneres específicos para rastrear los orificios del cuerpo en busca de cualquier objeto extraño que haya sido introducido en él, de forma rápida y segura, librando a los guardianes de tareas embarazosas. En esta página web tienen una completa serie de modelos y sus funciones. El problema: los recortes en el presupuesto (¿les suena?) los convierte en prohibitivos para una cárceles abarrotadas de presos y carentes de medios.
  • Sí existen detectores de metales, que podrían dispararse por el metal contenido en un teléfono móvil. Por eso, en una de las cárceles investigadas por Roach, la tarea de meter los móviles de matute corría a cargo de un preso con una prótesis metálica en la cadera. No tenía que pasar por el control de metales, y los guardias no podían examinarle por Rayos X sin una orden judicial.
  • El precio de un móvil dentro de la prisión rondaba los 1.500 dólares, y el alcaide calculaba que el recluso de la prótesis introducía dos o tres teléfonos cada vez.
  • Entrevistado por Roach a condición de no desvelar su verdadero nombre, recuerda que lo primero que introdujo en la prisión fue un paquete de 30 x5 centímetros conteniendo cuatro cuchillos, que iban a ser utilizados en un asesinato en el patio (si se negaba a hacerlo, le dijeron, uno de las cuchillos se usaría contra él). Desde entonces, siguió introduciendo material de contrabando, principalmente tabaco, cerillas y encendedores.

 Hay muchos más datos, pero vamos a dejarlo aquí, porque no quiero estropearles la lectura de un libro que desde ya les recomiendo encarecidamente. Comparando todos estos datos sobre contrabando rectal con el tamaño medio de un móvil o una pequeña cámara digital, es para temerse que episodios como el de las imágenes de Bárcenas se irán haciendo cada vez más frecuentes en prisiones de muchos países. Sólo hacen falta ganas y medios. ¿Qué será lo siguiente? ¿HD, 3D, streaming de una celebridad en la cárcel durante un vis a vis? ¿Y cuánto tiempo va a pasar hasta que este tipo de numeritos nos hagan olvidar lo que es el periodismo de verdad?

Lotería Nacional: que inventen ellos

29 Jul

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En las pasadas Navidades, este blog fue uno de los muchos que opinó sobre aquel famoso anuncio de Campofrío y la polémica levantada por él. Ahora, en cambio, me siento muy solo frente a otra campaña publicitaria, con la que se me llevan los demonios cada vez que la veo o, mejor dicho, que la oigo. Desayunarse con los anuncios que ha lanzado la Lotería Nacional para celebrar su 250 aniversario, y luchar por que las bascas no te hagan echar el café por el mismo sitio que entró, es todo uno.

No tiene que ver con el anuncio pensado para las televisiones (ahí arriba lo tienen), rodado con generoso presupuesto, de factura impecable y al que si acaso se le puede acusar de un excesivo blandorrismo y una imaginación más que generosa sobre cómo el Gordo te puede cambiar la vida (al ancianito protagonista le ha debido tocar más veces que a Fabra). Pero los de la radio. No sé si los han oído. A la hora de hacer historia sobre cómo la Lotería ha estado presente en la vida cotidiana de los españoles, no se les ha ocurrido mejores ideas que estas (cito de memoria, así que esto no es una transcripción literal, pero sí bastante exacta):

En el año 1908 los americanos luchaban por fabricar el primer coche que fuese accesible para la gran mayoría de la gente. Mientras tanto, en España, todos los que tenían un billete de Lotería en el bolsillo esperaban tranquilamente para comprar la versión limusina.

En el año equis, un grupo de emprendedores americanos trabajaba para inventar cómo mejorar las zapatillas de deporte introduciendo bolsas de aire en las suelas. En España, los jóvenes que tenían un billete de lotería esperaban a que llegaran para comprarlas y lucirlas el fin de semana.

Todo esto largado por un locutor que pone una voz de suficiencia, como perdonando la vida a estos extranjeros imbéciles que se dedican a trabajar para crear inventos que cambien la sociedad, en vez de seguir el ejemplo español de rascarse las gónadas, comprar su billetito de Lotería, y dejar que inventen ellos.

La idea de por sí ya da vergüenza ajena, pero pensar que la han soltado en un momento en que la ciencia española está no en su habitual situación paupérrima, sino a punto de desaparecer, es como para pedir responsabilidades serias. Al propio organismo, o a la agencia de publicidad. ¿Hay que recordar que mientras se emiten estos anuncios el CSIC se enfrenta a unos recortes que hacen casi imposible su supervivencia y, por lo tanto, la de la investigación pública en España? ¿Que la fuga de cerebros, aunque hoy se vea agudizada por la crisis, ha sido durante décadas un problema endémico de un país que apenas ha hecho nada por impedir la marcha de sus investigadores mejor preparados? ¿Que la falta de medios e interés de las instituciones españolas provocó que España apenas fuera un extra con frase en la gran película mundial de la genómica, y actualmente esté jugando el mismo papel en la era digital? ¿Que campos tan básicos en la economía de otros países como la I+D jamás han tenido un peso específico mínimo en la de nuestro país?

Frente a este estado de las cosas, la campaña de la Lotería nos ofrece Marca España sin adulterar: atraso, vagancia, desprecio por la innovación y el conocimiento, ignorancia complaciente y catetismo ilustrado. Lo que hemos sido y, muy probablemente, seguiremos siendo cuando la Lotería Nacional cumpla 500 años. Me quedo con campañas anteriores de un organismo que otras veces ha estado mucho más acertado a la hora de transmitirnos todo lo que puede significar la compra o el regalo de un décimo, las esperanzas, la ilusión o la alegría, como complemento, y no como sustituto, al trabajo, el esfuerzo y el deseo de crear e innovar. Porque con esta, de verdad, se han lucido.

¿Quién necesita científicos teniendo a Iker Jiménez?

13 Jun

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Hace un par de semanas, la prensa se puso de lo más esotérica. Por un lado, me encontré con el amigo Luis Miguel Ariza publicando en El País Semanal un reportaje sobre James Randi, el ilusionista profesional que lleva décadas desarrollando, como actividad paralela, la puesta en evidencia de videntes, psíquicos, médiums y demás parajetas, y que ofrece un millón de dólares a cualquier persona capaz de demostrar sin asomo de dudas que posee poderes paranormales, dinero que, no hace falta decirlo, nadie ha sido capaz de recoger. Ni con la crisis.

Lo que son las cosas, ese mismo día, en el periódico, apareció la noticia de que el Ex presidente del Castellón llegó a pagar 165.000 euros a una quiromántica, a la que posteriormente amenazó cuando vio que, por increíble que pudiera parecer, sus conjuros para conseguir que una mujer se enamorara de él no surgieron el menor efecto.

Para rematar la jornada, otro amiguete, el astrofísico y divulgador Javier Armentia, denunció en una entrada de su blog la tendencia de nuestro cuerpo de policía a hacer sin complejos el canelo, recurriendo a la ayuda de videntes para que les ayuden a desentrañar casos como la desaparición de Marta del Castillo. Todo lo que podría comentar uno sobre este tema, ya lo ha hecho Javier, y bastante mejor. Lean el post.

Todo aquello junto fue como regresar a los años 70, cuando la información paranormal convivía en la prensa nacional (de lo más nacional por aquel entonces) con la teóricamente seria. Extraterrestres, fantasmas y yetis campaban por las páginas de los periódicos con la misma frecuencia con que hoy lo hacen los políticos imputados. Y, por cierto, solían ocupar un espacio equivalente –en extensión y en emplazamiento- a las noticias que se publican hoy sobre genética, antropología o astrofísica. Que unos temas fueran desplazados por otros sólo fue posible cuando el periodismo científico comenzó a tomarse en serio en nuestro país. En los años 80 primaba la astrofísica – Stephen Hawking tuvo bastante que ver aquí- en los 90 la genética y en la década siguiente, la tecnología de consumo y el mundo digital. Vale, está recopilado un poco a lo bruto, pero se harán ustedes a la idea. La ciencia y los medios llevaban el suficiente tiempo de convivencia continuada como para pensar que el público habría desarrollado un interés suficiente por estos temas, en detrimento de la ignorancia y las supercherías. Que estábamos todos, al menos, sólo un poco más educados. Que lo paranormal quedaba, por fin, relegado por lo racional.

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O al menos eso pensaba la lumbrera que les bloguea. Miren, en el momento de colgar este post faltan menos de 24 horas para que el colectivo científico de este país se lance de nuevo a la calle, en una protesta masiva convocada en las principales capitales, para denunciar unos recortes que cercenan no ya el futuro y el presente de miles de investigadores, sino el peso específico que España pueda jugar dentro del concierto científico mundial. Una locura impuesta en nombre de una austeridad irracional, que bloquea el desarrollo de una de las más claras vías de salida de la crisis. Los beneficios económicos de una estructura investigadora fuerte ha sido algo que España jamás ha conocido ni conocerá, ya que el desinterés público y privado ha impedido siempre una apuesta clara para que España pueda jugar aquí alguna vez en primera división.

Un desinterés público que incluye el desinterés del público. Las cifras recogidas por Internet para apoyar la iniciativa de mañana apenas pasan de cuarenta mil, bastante menos que lo que se suele obtener en protestas similares. Hay medios que hacen lo que pueden para concienciar al público, pero sus mensajes no calan. No lo tenemos claro. La ciencia es una cosa rara, de la que se ocupan personas con bata blanca en unos laboratorios que tampoco tienen nada de espectacular, haciendo unas cosas lentísimas y aburridísimas. ¿Cómo vamos a darle a la ciencia el apoyo masivo que necesita hoy más que nunca si no hemos conseguido comprender para qué sirve?

Tantos años de trabajo de periodistas y divulgadores, tanto terreno ganado en los medios, libros, conferencias, webs innovadoras, programas de televisión documentales, y aquí seguimos. En las mismas. Con una policía que se fía de los videntes y con altos cargos que creen en los conjuros de amor. Con adivinos ocupando espacios de madrugada en los canales más siniestros de la TDT, y con un Twitter donde cada lunes, sin fallar uno, son Trending Topic las marcianadas que se contaron la noche del domingo en Cuarto Milenio. Eso sí que mola. Todos sabemos que existen poderes de la mente que la ciencia es incapaz de describir –pero Iker y sus invitados, no-, que las pirámides las construyeron los extraterrestres en régimen de cooperativa y que el que no se pega una buena charla con sus parientes muertos y demás espíritus no es porque no pueda, sino porque es espiritualmente antisocial.

¿Qué más da que haga más de sesenta años que un español no gana un premio Nobel relacionado con la ciencia, y que el último que lo consiguió fuera gracias a una línea de trabajo desarrollada íntegramente en Estados Unidos? El mismo país, fíjense, de donde viene el señor Sheldon Adelson. Ese que nos va a dar trabajo, dicen, en lo único para lo que valemos de verdad.

Insulten a los científicos, por favor

16 Ene

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O bien este país estaba llenito de vagos, aprovechados y matones sindicalistas enchufados sin que el grueso de la población nos diéramos cuenta, o bien cada vez que, en el último año, algún colectivo se ha puesto en marcha para protestar contra recortes, EREs o privatizaciones se ha convertido en la víctima de una campaña de difamación.

Va ser lo segundo. Cautivo y desarmado el ejército de huelguistas de Telemadrid –privilegiados que vivían de la mamandurria y amedrentaban en el más puro estilo Soprano a los pocos trabajadores decentes de la cadena-, el gobierno de la Comunidad se ha vuelto a ocupar de los médicos en huelga, calificando las protestas contra la privatización de la Sanidad como una lucha de poder entre los sindicatos, que han tomado como rehenes a los ciudadanos convalecientes.

Casos muy similares se han producido a escala nacional. No podemos olvidarnos de los maestros, unos indolentes cuyo único problema es que no querían trabajar una hora más, de los mineros que querían seguir viviendo de la subvención, o de los manifestantes del 15M y demás fechas reivindicativas, definidos según el día como borrokos vandálicos, o como pijoprogres (vaya asco de palabrita) hijos de papá que fotografiababan y transmitían sus protestas con sus flamantes iPhones (por eso se manifiestan en la Puerta del Sol: para tener a mano la AppleStore).

Con ser grave este recurso a la manipulación como contraataque –y ser más grave que algunos presuntos medios de información sean los primeros en apuntarse a estas campañas oficiosas-, hay un detalle que es verdaderamente de preocupar: el único colectivo que se ha librado de ser cubierto de inmundicia. ¿O ustedes han leído u oído algo por parte del Gobierno o sus medios de cabecera contra los científicos? Pues no será por falta de provocaciones: protestas, manifestaciones en la calle, recogidas de firmas, denuncias en foros internacionales parecen haber pasado desapercibidos, por lo menos a la hora de preparar alguna campaña de desprestigio con la que detener el mismo derecho a protestar.

Y mira que, si se ponen, hay tema: parásitos que viven del erario público (un clásico), jetas que se meten en líneas de investigación inútiles (hubo quien lo soltó con las células madre embrionarias), vagos que van de congreso en congreso, cobardes que huyen al extranjero, sobrevalorados que han conseguido su puesto por enchufe… Pero nada. Si necesitábamos una prueba definitiva de lo poco que la ciencia importa en España, aquí la tenemos: No es que el gobierno no la considere digna de ser apoyada. Es que ni siquiera la considera digna de ser insultada.

Lo que no sale en el anuncio de Campofrío

23 Dic

Lo malo de que bloguear no sea la principal actividad de uno, es que en ocasiones la gente se te adelanta cuando quieres publicar sobre un tema determinado. Y además, lo hacen mejor. Es lo que ha pasado cuando estaba intentando escribir sobre el mal gusto que me dejó nada más verlo el anuncio de Campofrío, que queriendo repetir las cinco jotas de la entrega de 2012 –aquella impresionante reunión de humoristas en torno a la tumba de Gila- no han conseguido otra cosa que una paletilla mal curada, criada con pienso rancio de tópicos que le recuerdan a uno a épocas de subdesarrollo y complejo de inferioridad.

Pero ya digo, otros han corrido más. No hace ninguna falta que recomiende el magistral post de Iñigo Saenz de Ugarte publicado en El Diario.es, que bulló en cuestión de minutos a merecidísimo Trending Topic. Lo malo es que el tío ya ha contado de sobras todo lo que yo tenía en cartera, y algunas cosas más. Ante un caso así la opción es envainársela y respetar a los mayores, pero como creo que en breve el spot, si nadie lo remedia, tras su espectacular recorrido por la web comenzará su emisión en las televisiones, quizá aún quede sitio para apuntar un par de cosas.

Y la primera de todas es dejar claro que ni queriendo podrían haber conseguido un anuncio más deprimente.

Tiene, quién lo duda, una realización irreprochable –faltaría más estando a cargo Icíar Bollaín- y el protagonista es, simplemente, perfecto. Un Fofito de nuevo en plena forma secundado por Santiago Segura y Enrique San Francisco, y con la aparición estelar de un buen número de cómicos y actores. Todo con la idea de redactar lo que llaman El Curriculum de Todos, donde se recogen todos los motivos por los cuales, a pesar de la que ha caído y está cayendo, tenemos que sentirnos felices e incluso orgullosos de ser españoles. Que las cosas pueden estar muy mal, pero somos un pueblo cojonudo, que disfruta de logros y privilegios muy notables, que a menudo tendemos a olvidar.

Aquí es donde comienza el desbarre. Ya se ha comentado en otros sitios lo paupérrimo de esos supuestos logros –un país con cuatro idiomas, pero con un nivel sonrojante de dominio de lenguas extranjeras, siete premios Nóbel, que es una cifra ridícula comparada con cualquiera de los países que nos rodean, los recursos fáciles al cine y al deporte, y por Dios, otra vez El Quijote y la Generación del 27, tan citados para quitarnos complejos de encima como poco leídos o frecuentados– pero a mí me llama más la atención todo lo que no se menciona en la lista.

De entrada, llama la atención la ausencia de nombres propios. Un país que, teóricamente, ha conseguido tanto, debería contar con algunas referencias incontestables. Pero no. Se habla de premios Nóbel, de generaciones literarias, de Óscar, quizá sabiendo que en un país tan envenenado como este, si se menciona en concreto a una persona que haya logrado un reconocimiento internacional, nunca faltará gente dispuesta a escupirle en la cara. Sigamos con los premios Nobel y veremos que el último –Cela- se otorgó hace ya 23 años, y que el último (o el segundo, como prefieran) otorgado en el campo de las ciencias, hace 53 y su ganador fue Severo Ochoa, exiliado en Estados Unidos tras la criba en el mundo académico y científico perpetrada por el franquismo.

En el anuncio hay una carencia total de logros en los campos de la ciencia, la investigación, el crecimiento académico, la influencia social o política. Y la hay porque nuestra aportación en esos campos no existe, o no se conoce. ¿No nos hubiera gustado escuchar a alguno de los artistas invitados diciéndole a Fofito cosas como “”Oye, y diez universidades entre las mejores del mundo””, “¡Cinco mil patentes registradas en diez años!”, “Veinte empresas internacionales!” “¡Y los científicos, que vienen de fuera a nuestros laboratorios para trabajar!” “¡Publicamos setenta mil libros al año, y nos los leemos todos!” “¡Eso, porque tenemos el índice de comprensión lectora más alto de Europa!”?

¡Ah! Y el silbo gomero…

Si cerramos los ojos a todo lo que hemos hecho mal, si nos apegamos a un patriotismo blando y unas fórmulas de consolación que ya eran viejas en el franquismo, ocurrirá una cosa: que cuando comencemos a salir de la crisis no habremos aprendido nada de las carencias que han hecho que se haya cebado especialmente con este país. Seguiremos siendo un pueblo atrasado, apto sólo para recibir turistas y megacasinos. Y nadie se preguntará por dónde podríamos empezar a mejorar. ¿Para qué? Es mejor tener claro que lo que ocurre es que en Europa, empezando por la Merkel, nos tienen envidia por este sol tan maravilloso. Y por eso nunca ganamos en Eurovisión.

El científico que no volaba en business

25 Nov

Esteban Domingo, presidente de la Sociedad Española de Virología, lo ha clavado: “un país no invierte en investigación porque es rico, sino que es rico porque invierte en investigación”. De todas las reacciones producidas por el anuncio de la disminución de un 7,21% en el presupuesto destinado a I+D+I para 2013, esta me parece la más precisa, y la más acertada. Es precisamente ahora, cuando el tejido productivo del país está paralizado, cuando hay que gastar más que nunca en investigación, no menos. La ciencia puede traer a un país prestigio y avances, pero muy especialmente, puede traerle dinero. Y, desde luego, armas más sólidas que el ladrillo y la especulación bancaria con las que ir alejándose de la crisis en los próximos años.

Abrir la boca para denunciar lo que ha hecho Domingo tiene sus riesgos. Los científicos, ya lo contamos aquí hace un tiempo, no son inmunes a las corrientes de intimidación que desde este gobierno y sus medios de agitación se lanzan contra cualquiera que ose protestar por sentirse perjudicado por sus medidas. Representantes sindicales, maestros y educadores, médicos que defienden la sanidad pública, periodistas que intentan informar y, ahora también, personas que han perdido su casa y sobre los que parece haber surgido una curiosa unanimidad en descargarles toda la culpa: no haberse endeudado. Un mensaje egoísta e insensible –es curioso cómo, cuanto peor es la situación, más nos impulsan algunos a dejar desamparados a los que más sufren- , que también ha hecho suyo alguna representante del gobierno anterior.

Antes de que se comience a atacar a los investigadores –vagos, mediocres, funcionarios que nunca han descubierto nada, inútiles que chupan la teta del erario público, nada nuevo, en fin- creo que este es buen momento para contar aquí una anécdota que no he conseguido olvidar.

Hace años fui a ver a un científico cuya opinión necesitaba para un reportaje que estaba preparando. No voy a escribir aquí su nombre, porque sigue en activo e igual se molesta. Quedamos citados en el centro de investigación donde tenía por entonces sus reales. Cosa rara en él, me hizo esperar un cuarto de hora. Por fin apareció, y se disculpó:

 – Perdona por el retraso. Es que el lunes que viene salgo para Japón, y resulta que me han sacado el billete en business. Y no estoy dispuesto a que se gasten trescientas mil pesetas en llevarme allí, así que he estado liado para que me cambien a turista. Bueno: ¿pasamos al despacho para charlar?

Esta historia me viene a la memoria cada vez que algún gobierno –este no es el primero- intenta disimular la gravedad de sus decisiones aduciendo que, después de todo, no afectarán a la marcha de la investigación en España. No hay que creerlos. A la ciencia en España no se le recortan gastos superfluos; esos ya los elimina ella por su cuenta. Lo que pide, lo que necesita, es el mantenimiento de unos fondos que le son vitales para que el talento de nuestros científicos no vuelva a dispersarse por centros de investigación de todo el mundo, encantados de recibirlos con sueldos y condiciones de trabajo decentes.

La ciencia española es una ciencia sin lujos, pero tampoco los quiere. Esos se los deja a los políticos. Que disfruten de sus viajes en business (y en primera, ojo), sus iPad, sus coches oficiales y sus pensiones vitalicias. A ellos, simplemente, que les den lo suficiente como para dejarles trabajar. Y si quieren, en unos pocos años echamos cuentas y vemos cuál de los dos colectivos ha terminado haciendo más por el país. Yo lo tengo claro.