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Anecdotario apresurado sobre Frank Sinatra

12 Dic

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Nombre completo: Francis Albert Sinatra. Lo utilizó en el disco que grabó con Antonio Carlos Jobim -donde canta “la chica de Ipanema”- porque no estaba dispuesto a aparecer con sólo un apellido si el otro aparecía con dos.

Color favorito: naranja. En alguna ocasión montó un escándalo en un hotel porque el teléfono de su suite no era de ese color.

Despreció a los Beatles, pero acabó añadiendo Something a su repertorio. De ella dijo: “Es una de las canciones de amor más hermosas que se han escrito nunca, y en ella nunca se dice te quiero”.

Entre los objetos personales de Lucky Luciano, la policía encontró una pitillera de oro con esta frase grabada: “Para Charley, de su amigo Frank Sinatra”.

La historia de que consiguió el papel del soldado Angelo Maggio en De Aquí a la Eternidad gracias a las presiones de la Mafia es confirmada o denegada según qué biografía se consulte. J Randy Tarraborrelli, en A su manera, la desmiente; Sinatra, de Anthony Summers y Robin Swann, la confirma. El papel supondría su regreso triunfal tras años semiolvidado, y el Oscar al Mejor Actor Secundario.

Hablando de biografías, la de Tarraborrelli (publicada en España por Ediciones B en 1998), puede muy bien ser la mejor; la de Summers y Swann, es también recomendable, aunque menos completa. A su manera, de Kitty Kelley, busca demasiado el escándalo y deja muchas historias sin confirmar; de todos modos, Kelley fue quien descubrió que la madre de Sinatra trabajó como abortista clandestina; nada de lo que se contó en el libro le afectó tanto como eso. Es muy recomendable también Rat Pack Confidential, de Shawn Levy.

“Frank Sinatra está resfriado”, de Gay Talese, puede ser uno de los mejores retratos jamás escritos sobre él (está incluído en el libro Retratos y Encuentros, publicado por Alfaguara). Para redactarlo, habló con casi cincuenta personas, pero no con Sinatra. Shirley MacLaine le dedica un capítulo en su libro Mis estrellas de la suerte.

Cuando rodó Como un torrente, se suponía que su personaje iba a morir al final. En lugar de eso, sugirió al director, Vincente Minnelli, que muriera la prostituta ingenua interpretada por Shirley MacLaine. Como resultado, MacLaine se convirtió en una estrella y fue amiga de Sinatra el resto de su vida.

“Frank es un gran amigo y siempre te ayudará cuando lo necesites”, dijo de el Vincente Minnelli. “Lo que pasa es que, en vez de preguntarte cómo puede ayudarte, te dice cómo te va a ayudar”.

My way, quizá su canción más conocida, no fue escrita originalmente para él. En realidad, es una adaptación de Comme D´habitude, cantada originalmente por Claude François. Acabó tan identificado con ella, que en algún concierto la presentaba diciendo: “Ahora vamos a cantar el himno nacional, pero no hace falta que se levanten”.

Compartió amante –Judith Campbell– con el mafioso Sam Giancana y con JFK. Esta triple relación ocasionó que Bobby Kennedy ordenara cancelar el fin de semana que el presidente iba a pasar en casa de Sinatra en Palm Springs. Al oír la noticia, Sinatra se puso furioso y retiró para siempre la palabra a su amigo Peter Lawford, cuñado de Kennedy. Tambien se dice que J Edgar Hoover aprovechó esta información para asegurarse de que los Kennedy no amenazaran su puesto como director del FBI.

“Nunca bosteces delante de una dama”.

En 1971, anunció su retiro. La última canción que cantó en su concierto de despedida fue Angel Eyes. Volvió a actuar dos años después. La primera canción que cantó en su concierto de regreso fue Let me try again.

Eran conocidas sus propinas de cien dólares a los abrepuertas o a los camareros.

Una vez que cortaba su relación con alguien, no volvía a dirigirle la palabra durante el resto de su vida. En cambio, mantuvo buenas relaciones con sus tres ex esposas: Nancy, Ava Gardner y Mia Farrow.

Creó su propia productora discográfica, Reprise, y también cinematográfica: Artanis Pictures (Sinatra al revés).

En sus últimos años, llegó a tener hasta una docena de peluquines, alguno valorado en 2.500 dólares.

A finales de los 80, Bob Dylan y Bruce Springsteen fueron a cenar a su casa para convencerle de que participara en un programa televisivo de homenaje a su obra. Acabaron los tres borrachos de Jack Daniels y sentados al piano, cantando canciones de Sinatra hasta el amanecer.

Solía despedirse de sus conciertos con esta frase: “Ojala lleguen ustedes a los cien años, y que la última voz que oigan sea la mía”.

Mr. Holmes y el peso del actor

13 Sep

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Aunque la lista de actores que han representado a Sherlock Holmes se cuenta ya por cientos, los aficionados retenemos en la memoria a los pocos que supieron coger el personaje con verdadero carácter: Basil Rathbone, Peter Cushing, Jeremy Brett, Benedict Cumberbatch. La prueba es que, puestos juntos, sus respectivos Holmes no se parecen demasiado; cada uno le ha dado su impronta personal, pero al mismo tiempo es indiscutible que todos son Holmes; ninguno se ha dejado engullir por la sombra del personaje hasta desaparecer dentro de él, y ninguno lo ha devorado con su interpretación hasta imponerse a él. Ese equilibrio entre actor y personaje, tan difícil de conseguir, es lo que distingue a los Holmes más sobresalientes.

El actor que le da vida es lo que puede llevar o no a los sherlockianos a interesarse por cada nueva versión del detective. En este sentido, el anuncio de que nada menos que Ian McKellen iba a interpretar a un Holmes anciano en la película Mr. Holmes (Bill Condon, 2015) tenía que llamar necesariamente la atención. Vamos a dejarnos de tonterías como Gandalf o Magneto, que han garantizado a Sir Ian una jubilación dorada, y concentrémonos en que es un actor superlativo, formado en décadas de teatro clásico donde se ha batido con éxito con todos los grandes autores (una anécdota: cuando le llamaron para retomar el papel de Magneto en X-Men. Días del futuro pasado, estaba de gira teatral, haciendo Esperando a Godot junto con Patrick Stewart, el Profesor X en la saga de mutantes). Los sucesivos trailers iban abriendo el apetito, y convenciéndonos de que íbamos a estar frente a un Holmes que, sin duda, merecería la pena ver.

¿Es así? Después de haber visto la película, y tras haberla dejado reposar lo necesario en el recuerdo, diría que Ian McKellen es al mismo tiempo lo mejor y lo peor de Mr. Holmes. Y lo es, precisamente, por su magnífica interpretación. De la misma manera en que el Holmes de Conan Doyle recordaba constantemente la necesidad de separar los datos de la especulación, en este caso como en pocas películas es necesario separar la labor de su actor principal del resto de la cinta.

McKellen está perfecto, lo cual no es de extrañar, a pesar de la tarea de dar vida a un personaje en tres (y no dos) momentos de su vida: uno es cuando cuenta alrededor de sesenta años y se enfrenta a su último caso, ése que precipitará su retiro; y los otros dos cuando, ya con noventa y tres, alterna los momentos de lucidez con episodios de senilidad y vacíos mentales cada vez más frecuentes. En muchas escenas, sin necesidad de palabras, se sobra con esos ojos vacíos para transmitirnos el terror ante la constancia de estar perdiendo su capacidad mental, algo que resulta traumático para cualquier persona, pero especialmente terrorífico para alguien como Holmes, cuyo mayor tesoro es, precisamente, su intelecto. La amistad que desarrolla con el hijo de su ama de llaves está basada precisamente en el intelecto -el niño es especialmente inteligente- pero al mismo tiempo sirve para dar esa imagen de afabilidad que de vez en cuando aparece en los relatos originales, pero que ha sido borrada por sistema de las adaptaciones. Y en la escena que desencadena el caso, cuando el marido acude a su consulta, es imposible no pensar que, sin gorra, sin pipa y sin más aditamentos, nos encontramos ante el auténtico Sherlock Holmes.

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La pregunta es si todo funcionaría igual de bien sin McKellen. El poder de su trabajo sirve para apuntalar una estructura cuyos fallos quedarían más en evidencia si un actor menos adecuado hubiera protagonizado la cinta. La parte situada en Japón no termina de funcionar, y la subtrama que presenta tiene más aspecto de relleno que otra cosa. En cuanto al tema principal, no se trata de revelar nada a quienes aún no la hayan visto, pero toda la clave está en el encuentro que Holmes y la señora Kelmot (magnífica también Hattie Morahan) mantienen en el parque. Es, como habría dicho el propio Holmes, un tiro de alcance muy largo; algunos aficionados admiraran el riesgo que supone en la cara que revela de un personaje sobre el que en principio está dicho todo, otros no estarán de acuerdo en absoluto. Personalmente, creo que es una historia que habría necesitado de más desarrollo para hacerla creíble, y que lo que debería ser el corazón de la película es, precisamente, su punto más débil.

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Dicho todo esto, sigue siendo una excelente recomendación para los aficionados a Holmes, al cine, o, como es el caso de quien les bloguea, a las dos cosas. Este reencuentro con nuestro detective me ha gustado mucho más que las indigestiones de efectos especiales protagonizadas por Robert Downey Jr. En lugar de eso, aquí se puede disfrutar del trabajo de un director que, acertado o no en su camino argumental, nos lleva por un paseo tranquilo pero intenso, donde deja brillar la ambientación y el trabajo de sus actores.

El menú agridulce de Orson Welles

19 Ago

Mis_almuerzos_Orson_Welles Cob4b.inddLos libros de entrevistas con personajes relevantes son un subgénero a caballo entre el documento histórico y el periodismo que han producido algunas piezas inolvidables. Dentro de este subgénero hay otro subgénero, más ligero si se quiere, pero al mismo tiempo más jugoso, ya que deja más libertad a la expresión espontánea de anécdotas y opiniones: los libros de charlas.

Se diferencian de los primeros en que la conversación no suele estar constreñida por el corsé de un guión previo, y a veces ni siquiera está destinada a su publicación. Puede que el interlocutor del protagonista no sea ni siquiera un periodista, sino un colega o amigo. A veces, los libros recogen la charla entre dos personajes de idéntica talla intelectual, y en esos casos el periodista se camufla en un segundo plano, interviniendo sólo puntualmente para preguntar o encauzar las palabras de los maestros por su curso inicial, evitando excesivos desvíos.

Algunos de estos libros me han proporcionado no sólo información, sino también abundante diversión. El clásico del género de entrevistas sería El cine según Hitchcock, de François Truffaut, pero no hay que perderse otros títulos, aparecidos muchos años después: Conversaciones íntimas con Truman Capote, de Lawrence Grobel, donde un escritor genial en las postrimerías desata con fuerzas renovadas su lengua viperina; La buena memoria de Fernándo Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen, con Diego Galán como moderador; Conversaciones con Al Pacino, también de Grobel, con menos mordiente pero con mucho interés, dado lo reacio que ha sido siempre Pacino a conceder entrevistas; o el dedicado a un cineasta del cual nunca se escribirá lo suficiente, Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe.

Mis almuerzos con Orson Welles es por ahora el último libro aparecido de este género. Recoge las conversaciones que el autor de Ciudadano Kane mantuvo con el también cineasta Henry Jaglom durante sus comidas en el exclusivo restaurante Ma Maison, en Los Ángeles. En un momento dado, y con el permiso de Welles, Jaglom comenzó a grabar las conversaciones, sin ningún propósito definido, quizá sólo con la intención de conservar su voz. Muchos años después, el historiador del cine Peter Biskind las ha rescatado y editado en este volumen, publicado en español por Anagrama.

Lo fácil sería decir eso de que es un volumen de lectura obligatoria para los amantes del cine de Orson Welles, o simplemente para los amantes del cine. Y, aunque es cierto que sus páginas se pasan solas, si su lectura sabe a poco es porque, a fin de cuentas, no estamos antes ningún repaso o análisis serio de la trayectoria de Welles. Son lo que el título anuncia, charlas de sobremesa, sin ninguna intención de pasar algún día a la posteridad. Los temas surgen y se despachan con idéntica ligereza, desde sus juicios a otros cineastas –Hitchcock o Cukor son algunos a los que destroza sin miramientos- a los recuerdos sobre su vida y su carrera, o su opinión sobre diversos temas de actualidad. Otros nombres famosos del cine se dejan caer por su mesa, y así como está encantado de ver a Jack Lemmon, se queda uno helado al ver la grosería con la que despacha a Richard Burton, con quien había trabajado en Hotel Internacional.

La mayor virtud de este libro es también su mayor defecto; no hay que olvidar que Welles fue también el autor de Fraude (1973), una de sus obras maestras para quien esto bloguea, donde somete a un juego de espejos los conceptos de realidad y mentira, de falsificación y veracidad. El mismo juego al que, con el paso de los años, fue sometiéndose a sí mismo. De ilusionista pasó a fabulador, y de allí a uno de los grandes embusteros de un entorno que nunca ha estado escaso de ellos. Así que es difícil saber cuánto de lo que cuenta es cierto, cuánto se lo inventa, cuánto lo dice sólo para provocar o tomarle el pelo a Jaglom. Nada le detiene a la hora de narrar u opinar, y a lo largo del libro se declara experto en no menos de media docena de materias diferentes. Así que lo mejor que podemos hacer como lectores es no olvidar ni por una línea que estamos frente a Welles, y divertirnos, con una ceja alzada, ante sus trucos de prestidigitación verbal.

Hay otra parte más sombría, que se extiende página tras página; los almuerzos tuvieron lugar en los últimos años de la vida de Welles, donde ya era una sombra, si bien inmensa, de sí mismo, y donde tenía que enfrentarse que su leyenda como cineasta había sido sobrepasada por su fama de creador caprichoso y anticomercial. Así que buena parte de las charlas con Jaglom tienen como tema sus últimos proyectos, la búsqueda desesperada de dinero con que financiarlos, sus escrituras y reescrituras, sus intentos y sus desilusiones. Son párrafos dolorosos de leer, ya que todos sabemos que ninguno de esos proyectos llegó a ver la luz, y como lectores tenemos que enfrentarnos a una historia cuyo final amargo ya conocemos desde el principio.

Por eso este libro deja un regusto agridulce. Por eso también, su lectura es altamente recomendable. Hasta al mejor mago del mundo se le acaban los trucos que oculta en la manga para seguir resucitando décadas después de muerto. No desaprovechemos este.

Robin Williams, genio oculto

18 Ago

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Cuando muere un cómico, no nos quedamos necesariamente más tristes que cuando se va cualquier otra celebridad que nos haya hecho disfrutar o haya dado con su arte un poco de color a nuestra vida. Pero cuando un cómico se suicida, queda en el aire como una sensación de injusticia. Alguien, en algún momento, ha sido engañado. Su público, por creer que la simpatía y el dinamismo que tan fácilmente se nos contagiaban procedían realmente del interior de esa persona, en vez de ser en ocasiones el producto de años de oficio, sirviendo de tapadera a un estado interior que poco o nada tenía que ver con lo que percibíamos.

Y el sentimiento de injusticia no puede evitarse al pensar que toda la alegría que transmitía esa persona se mostraba inútil para ayudarle. La risa ayuda, contribuye a nuestra buena salud física y mental, y por tanto quienes la provocan son, entre otras muchas cosas, sanadores de muchas personas. Han sido bendecidos con un don del que, en una cruel paradoja, ellos mismos a veces no pueden servirse.

Robin Williams fue un gran cómico que a veces parecía empeñado en demostrar que no lo era. Su filmografía está llena de repeticiones y mediocridades que hay que rastrillar bien para poner al descubierto sus mayores logros. Es curioso que los trabajos que antes vienen a la memoria sean los peores o los más monótonos, como aquellos que le convirtieron en la estrella obligatoria de Hollywood cuando tocaba interpretar a niños en cuerpos de adulto (Jack, Hook, Patch Adams, Jumanji). Más aún teniendo en cuenta que, como otros actores que alcanzan la fama por su talento para la comedia, Williams comenzó a hacer papeles dramáticos en cuanto tuvo el poder suficiente para elegir.

Estuvo a la altura de Robert de Niro en Despertares (Penny Marshall, 1990), y de Al Pacino en Insomnio (Christopher Nolan, 2002), donde interpretaba al asesino; ese mismo año dio vida a otro psicópata en Retratos de una Obsesión (Mark Romanek), y antes había llenado la pantalla de dolor con ese hombre dispuesto a darlo todo –literalmente todo- por recuperar el alma de su mujer en Mas Allá de los Sueños (Vincent Ward, 1998). Ganó un Oscar como Mejor Actor Secundario por El Indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), y cuando se estrenó El Club de los Poetas Muertos (Peter Weir, 1989), la idea de que cualquier otro actor hubiera podido interpretar a John Keating pareció, de repente, absurda.

En la comedia acabó a veces, como otros muchos, atrapado por sus propios tics, pero cuando cogía el personaje, sentaba cátedra. Y nunca la sentó más que cuando grabó dieciséis horas de material ante los animadores de Disney, que escogieron lo mejor de aquella enloquecida máquina de improvisar para crear al ya clásico e inimitable Genio de Aladdin (1992). Además de un personaje, el Genio es una descarga de adrenalina, un torbellino. Y Friend Like Me, una canción que electrifica el ánimo.

El Genio tenía los ojos alegres. A pesar de todo lo que nos hizo reír, Robin Williams, si nos fijamos bien, no los tenía.

Truman, Marilyn y recuerdos del champán con hielo

17 Ago

CAPOTE MaRILYNAndaba ayer haciendo tiempo por el aeropuerto de Palma de Mallorca, y me fijé en un puesto especial que había instalado en la Duty Free la firma Moët Chandon. Un quiosco blanco con mostrador blanco, dependientes con camiseta blanca, y botellas blancas. Las de su nuevo champán Ice Imperial, pensado especialmente para degustarlo con hielo, a 46,50 euros unidad. Es, desde luego, una promoción que parecía a la medida del lugar, más aún teniendo en cuenta que el español era la segunda, o la tercera, lengua de los dependientes del puesto. Es, dicen, “una nueva experiencia que combina sensaciones divertidas, frescas y libres”, descripción que vale tanto para beber champán como para aprender a nadar a braza o hacer parapente.

Había allí también un pequeño homenaje al cine y la literatura, pero los vendedores no tenían mucha idea de ello. ¿Se puede beber el champán con hielo? Se puede, y de hecho lo hicieron, el 28 de abril de 1955, Truman Capote y Marilyn Monroe en un restaurante chino de Nueva York. Según narra el escritor en su cuento ya clásico, Una hermosa criatura, salieron de un funeral y buscaron un sitio donde tomar algo sin que nadie les reconociera. Por eso acabaron en ese restaurante, donde les trajeron la botella de champán “sin enfriar y sin cubo, así que nos lo bebimos en vasos largos con hielo”.

Uno no sabe si este tipo de historias podrían haber interesado al departamento de marketing de Moët cuando planificaron el lanzamiento de su nuevo champán. Quizá nadie había leído a Capote, o quizá sí, y decidieron que la historia era demasiado antigua, demasiado de otros tiempos, para un producto que se promociona con DJs con camiseta. Recuerdo que de ese conmovedor retrato de Marilyn me quedó grabada la idea del champán con hielo, y que en ocasiones lo he probado, por ejemplo para liquidar el sobrante (siempre sobra) cuando se prepara un arroz al cava.

O pudo haber otro motivo: que el champán que bebieron Truman y Marilyn no era Moët, sino Mumm Cordon Rouge. Como en el mundo de la gastronomía las ideas de éxito no tardan en tener seguidores, podría ser que en Mumm acabaran planteándose sacar su propia marca de champán para hielo, al igual que ahora proliferan los bourbon aromatizados a la miel. Si lo hacen, aquí tienen un referente para incluir en sus notas de prensa. No es sólo el champán, sino quienes lo beben, los que pueden llenar de Glamour una mañana cualquiera un restaurante chino de la Segunda Avenida de Nueva York.

Una entrevista única con Eli Wallach

25 Jun

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“De todos los papeles que he hecho en teatro y cine durante cincuenta años, yo creo que en mi tumba aparecerá como epitafio El Feo”. Pero Eli Wallach fue mucho más que El Feo. A una carrera intensísima en cine, teatro y televisión le puede añadir el curioso (que no dudoso) honor de haber sido el único actor entrevistado por la revista Dirigido Por en más de veinte años.

Como saben los aficionados, Dirigido… es una magnífica y veterana revista de cine con un grupo de críticos formado con vocación de Tendido Siete; al que le gusta más de una película cada seis meses le miran de reojo, este chico se nos está ablandando… Y centran su atención sobre todo en los directores. Pero en 1996, aprovechando que Wallach estaba en España para el estreno de Two Much, de Fernando Trueba –donde hacía de padre de Antonio BanderasAntonio Castro le entrevistó. Tenía entonces ochenta años, y el crítico recuerda que “estuvo encantador, de un perpetuo humor excelente, y asombrándose él también de que a su edad todavía se acordase del título de sus películas”.

He andado rebuscando por casa, y he encontrado el número. No me resisto a dejarles aquí, esperando que no importe a Antonio Castro ni a los chicos de Dirigido… algunos de los mejores momentos:

 “Después de dos años de teatro, me ofrecieron una película en San Francisco. La dirigía Don Siegel y cuando hablamos del precio, como chiste, como broma, dije: quiero diez mil dólares por muerto, y como en la película mataba a cinco personas…”

 “Prefiero el teatro (al cine): el teatro es como una corrida de toros. Cuando sube el telón solamente quedamos en el ruedo el toro y yo. No se puede cortar, no se puede uno cubrir, no se puede repetir si sale mal. Es un reto mayor, pero si alguien me para en la calle y me reconoce, puedes estar seguro de que no es por mi interpretación en el teatro, sino por algunas películas. Sobre todo por los westerns”.

 (En Los Siete Magníficos) hay una escena en la que Yul Brinner me dispara y yo caigo. Cuando mi hijo de doce años estaba viendo la película se enfadó mucho y me dijo muy molesto: ‘Papá ¿es que no eres capaz de disparar más rápido que Yul Brinner?’”

 (Elia) Kazan era muy listo. Era como un pescador que sabía sacar lo mejor de Brando, de James Dean. Dean me dijo una vez: ‘Él quiere que haga una película’. Yo le respondí: ‘Pues hazla’. Él dijo: ‘No estoy nada seguro’. Insistí: ‘Hazla’. El fue e hizo Al este del Edén”.

 “(En Los Vencedores) yo tenía una escena en la cama con Jeanne Moreau. Y para protegerme me hice un tatuaje en el brazo con el nombre de mi mujer”.

 “Yo he estado prácticamente en el mundo entero, salvo en la India y en Australia. Pero lo que me gusta de las películas de cine es que te metes en culturas diferentes y tienes que aprender a entenderla. Y es una experiencia verdaderamente enternecedora, que nosotros en América pensamos que tenemos las respuestas para todo, pero a la hora de la verdad, no sabemos nada de nada, nos falta tradición y cultura. Yo bebo por la noche con los gitanos en Granada o en Murcia y el baile español es maravilloso”.

 “Cuando Coppola hizo El Padrino III, me dijo: ‘Tú vas a hacer el papel de un viejo, viejo amigo de la familia’. Yo le respondí: ‘Si soy tan viejo, viejo amigo de la familia ¿cómo es que no he salido en El Padrino y El Padrino II?’”

 “Conocí (a Sergio Leone) en California. Me dijo que quería que interpretara un papel importante en la película. Yo le pregunté qué clase de película era, y me respondió que era un Western. ‘¿Un Western italiano? Eso suena a pizza hawaiana’”.

 (Sobre su papel de Napoleón en Las Aventuras de Gérard) “Cuando me llevaron el uniforme, habían dejado un hueco en la guerrera para que pudiera colocar la mano. Y pregunté: ‘Pero ¿qué es esto?’ Y me dijeron que era para que no se deformara el uniforme cuando colocara la mano allí. Pero yo les dije que no iba a poner la mano ahí. ‘Pero todos los Napoleones lo han hecho’, me replicaron. ‘Por eso mismo yo no lo haré’”.

 “Fernando Trueba es muy joven, pero muy brillante (…) Tiene una gran ventaja. Es muy tranquilo. Las cosas pueden ir mal, parecer toda una locura, pero siempre es él el que lleva la batuta o el volante. Con él se trabaja muy tranquilo, porque sabe lo que quiere. Al principio, como tiene un ojo malo, yo no sabía dónde mirar (…) Le dije que me gustaría decir (en la película) lo único que sé decir en español. Él se rió y dijo que no. Era esta frase: “Quien temprano se levanta, tiene una hora más de vida y en su trabajo adelanta”.

 (En castellano en el original)

Lo que mi jardinero me enseñó sobre comunicación

20 May

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No sé si han visto ustedes Conversaciones con mi jardinero, de Jean Becker. Se la puede clasificar en el subgénero de película francesa bonita, donde encontramos cosas como Amelie, El Marido de la Peluquera, La Fortuna de Vivir, Intocable, ya se hacen a la idea. Esta cuenta la historia de un pintor famoso que busca a un jardinero que le cuide las plantas y el huerto de la casa familiar; el jardinero es un amigo de la infancia, y por supuesto, con su manera de ser, sencilla y entrañable, consigue abrirle los ojos y hacerle reflexionar sobre lo que de verdad importa en la vida… Bueno, lo dejo aquí porque no quiero estropearles el final.

Yo también he aprendido mucho gracias a mi jardinero. Pero más que sobre el sentido de la vida, mi aprendizaje ha tenido que ver con el mundo de la comunicación, que ocupa parte de mi actividad profesional. Nunca se es demasiado viejo para ampliar conocimientos, de forma sencilla y entrañable, así que paso a hacerles un breve resumen de cómo transcurrió la historia y de su paralelismo con el ámbito de las RR PP.

Llegó un día en que en casa nos dimos cuenta de que necesitábamos ayuda profesional para tener el jardín mínimamente cuidado. Por sí solos no dábamos abasto, como tampoco lo dan los departamentos de comunicación de algunas empresas. Así que, como hacen ellas, buscamos ayuda externa, en una agencia, perdón, empresa de jardinería de la zona. No estamos hablando precisamente de la jungla de Jumanji; es un jardincillo de tamaño normal. En términos de agencia, sería una cuenta pequeña. Así que acordamos el siguiente trato:

  • La agencia, es decir la empresa de jardinería, se comprometía a prestarnos unos servicios a cambio de un fee mensual.
  • Dichos servicios comprendían un equipo formado por el director de cuenta (el jardinero jefe) y el ejecutivo (el jardinero subordinado). Trabajarían para nosotros durante un determinado número de horas semanales, en un día de la semana mutuamente acordado.
  • Durante esas horas, llevarían a cabo unas labores previamente establecidas; en una agencia de comunicación estas suelen comprender elaboración de notas de prensa, recogida de clippings, atención a los medios, consecución de entrevistas. En nuestro caso, comprendían elaboración de arriates, recogida de malas hierbas, atención a las plagas (nada que ver con los periodistas, por Dios) y consecución de chapuzas puntuales.
  • Los servicios no recogidos en el fee mensual, como organización de eventos o elaboración de obras menores, serían presupuestados aparte en tiempo y materiales.

Una vez establecidas las bases del contrato, el equipo comenzó a trabajar con entusiasmo. Colocaron grifos nuevos, arreglaron el riego automático, podaron, desbrozaron, plantaron, barrieron y cavaron. Llegaban a la hora establecida en el día de la semana acordado, y trabajaban el número de horas estipulado. Los resultados (el clipping) se hicieron evidentes, y el cliente (nosotros) estaba satisfecho con el ROI obtenido.

Entonces, las cosas comenzaron a cambiar.

  • Primero, la agencia (los jardineros) cambió unilateralmente el día y la hora de llegada. De la mañana de los lunes se pasó a la tarde de los viernes. Hablamos con ellos. Sentían no habernos avisado, pero tenían otro cliente que les había surgido de modo puntual, y en cuanto terminaran con aquello volverían a su horario habitual. Primer mosqueo.
  • Segundo, el equipo de la cuenta (o tal vez la agencia entera) se cogió vacaciones sin molestarse en dar aviso previo al cliente de cuándo se iban, ni de cuándo pensaban volver. Hablamos con ellos (cuando volvieron, claro). Se disculparon. Segundo mosqueo.
  • Tercero, el cliente (nosotros) pidió presupuesto y tiempo estimado para la realización de un proyecto no contemplado en los servicios. Solicitamos que se llevara a cabo dentro de las horas contratadas, ya que no era cosa urgente y en invierno tampoco había tanto que hacer. No les gustó, pero aceptaron. El ritmo de trabajo comenzó a decaer. El presupuesto establecido se quedó corto por un error de cálculo, y era necesario comprar más materiales. El cliente (servidor) agarró el coche y condujo hasta un vivero al lado de casa, y descubrió que. pidiendo ahí el material, se conseguía un ahorro de 80 euros con respecto al presupuesto ofertado por la agencia. Hablamos con ellos. Pasamos del mosqueo al cabreo de nivel medio.
  • Cuarto, de un tiempo a esta parte el equipo encargado de gestionar la cuenta se reduce. Llegan el director y el ejecutivo, pero el director se echa un cigarrito en el jardín, y después de tirar la colilla entre los rododendros, se larga, y no regresa hasta última hora, para recoger el material y al ejecutivo. Hablamos con ellos. El cabreo sube ya a niveles propios del Krakatoa y nos convertimos en un cliente descontento. De forma sencilla y entrañable, les deseamos que se la pique un pollo tomatero, que se la succione un camello con los dientes cariados y que se la machaque un gorila con parkinson.

Ahora, quien no encuentre algunas coincidencias entre la jardinería y las agencias de comunicación, que levante el dedo, que en Colón hay una estatua muy maja que le quiero vender. Cambio unilateral de las condiciones del contrato. Equipo profesional inferior en número y categoría al acordado. Cobro por servicios suplementarios a unas tarifas completamente subidas de madre. Hasta que al final, los intentos de abusar del cliente terminan provocando su pérdida. El cliente se busca otra agencia –u otro jardinero- y la agencia –o el jardinero- que no aprende, se lanza en busca de otro cliente a quien tangar. Ambos suelen encontrarlo, y la vida sigue. Como en las películas francesas.

Conclusión: tanto en el mundo de la jardinería como en el de las RR PP, lo mejor es que no te toquen demasiado el gladiolo.